Sobre héroes y otros asuntos…
Os dejo, un miércoles más , esas cosillas menudas de Julia. ¡Buen provecho! Para visitar a Doña Panta y a su ilustre hijo, la abuela Julia se ponía el traje negro de los domingos. Desde que murió el abuelo, jamás le había visto ponerse nada de color. Siempre la recuerdo vestida de riguroso luto: vestido negro, rebeca negra, medias negras tupidas, zapatos negros curapiés por los juanetes, y un velito negro que le tapaba la cara. A mí me daba mucha pena que la abuela se pusiera aquel velo, porque , palabra de Julia, la abuela era una mujer hermosa. Afortunadamente, sólo lo llevaba cuando iba a misa y cuando visitábamos a Doña Panta que era, por otra parte, como ir a la iglesia. Fuera de este luto externo, la abuela Julia era una mujer alegre, que me quería más que a nada en este mundo y así me lo hacía ver. Vivía en una ciudad pequeñita, pero preciosa, la Samara de los veranos felices de mi infancia. Su casa estaba en un barrio recoleto de casas bajas, casas de vecinos que en todo se ayudaban, y que cuando nos pasábamos un poco de la hora se asomaban a las ventanas y nos llamaban a coro: ¡Yoni, Tere, Julita…a cenaaarrr! y todas repetían a modo de coletilla final, mientras una tras otra se iban cerrando las ventanas: ¡¡Ay,...
Read More

