El tesoro de Doña Panta
Buscando entre mis cuadernos, he encontrado unos apuntes que bien podrían formar parte de un diario. No sé si recuerdan a Julita, esa niña eterna que se parece un poco a la niña que fui, y que me ayudó a escribir esos artículos de «Aquellos maestros de antaño»…En fin, para no aburriros con introducciones farragosas, esencialmente lo que quiero decirles, es que he pensado que algún miércoles que otro, me tomaré la licencia de ir dándoles cuenta de esto que llamaremos «Aquellas cosas de Julia». ¡¡Buen provecho!! Hay casas que guardan en todo un aire cadavérico, como si nada en ellas pudiera ya volver a la vida, o tal vez esa vida nunca existió en casas como la de Doña Panta. Doña Panta era una viejecita atemporal. Nadie, ni siquiera ella misma, podría saber a ciencia cierta la edad que tenía. Era amable, de mirada profunda y escrutadora. Tenía un pelo blanquísimo, recogido en un moño enhiesto y riguroso. Caminaba a duras penas, ayudada por un bastón de madera que había heredado de sus padres. Era admirable como aquel bastón había aguantado tantos años la joroba terrible de aquella mujer que parecía andar a cuatro patas. Se desplazaba muy despacio, arrastrando las zapatillas y tambaleándose de tal manera que a mí se me antojaba, que a poco que se descuidara, se desplomaría y quedaría en el suelo hecha un...
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