La sed
Antes de marcharse, nos habló de la lluvia, de aguaceros terribles, de mares enfurecidos… de la sed que nunca ya conseguiría saciar… Decía que la lluvia era demasiada y muy pocas nuestras manos… ¡No te preocupes!- le dije: ¡Remaremos! Esto fue lo que dijo antes de marcharse definitivamente. A veces, escribir es morir un poco. Aún resuenan en mis oídos aquellas palabras y no me abandona una cierta sensación de sed. Y sé, que aunque sigan siendo pocas las manos, hemos de seguir remando. Por eso, una tarde pintamos su barco del color de la esperanza…y nos convertimos en marineros. Remamos aunque el mundo nos duela hasta hacernos sangre, porque hay quien no tiene escrúpulos, hay quien no entiende que no somos dioses, que los dioses no aman, no sufren, no comen, no sueñan…como los hombres. Remo, y amo a quien me mira a los ojos y siento que puedo entregarle, para que lo guarde a buen recaudo, un trocito de mi alma. Porque seremos de piedra si no nos dejamos mirar, si no nos emocionamos ante lo hermoso que aún, afortunadamente, y pese a la que está cayendo, queda en el mundo. …Y sigo remando. Aún hay ojos que me miran, manos que me tocan suaves como bálsamo; corazones que laten acompasados con su sístole y su diástole, corazones normales, que se toman el tiempo necesario para decir...
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