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La vida en sepia

     No necesito abrir ningún álbum para darme cuenta de que la vida, tarde o temprano, termina por ser una sucesión de instantáneas teñidas de sepia que, dicen, es un color elegante si a alguien le sirve de consuelo. A mí no, desde luego.

     Hubo un tiempo en que esto ni me lo planteaba; como también hubo un tiempo en que me daban lo mismo los movimientos de rotación y traslación…si la luna era el satélite de la tierra o si era la tierra la que le bailaba el agua a la luna girando en torno a ella, a ver si se le pegaba algo de mágico y, a los terrícolas, nos daba por poner los cimientos de un mundo más justo y más amable.

     En aquel tiempo, la luna era una dama transparente que paseaba la noche agarrada a las barandas invisibles del cielo.

     Por otro lado, en aquel lejano tiempo, a mí me bastaba con la explicación que me daba mi abuela que, a mis pocos años, era  la más sabia de las astrólogas o de las astrónomas, que nunca lo he tenido muy claro.

     _Abuela, ¿Por qué el sol sale y se pone todos los días?

     Aquella sabia mujer, no me dijo que Helios conducía todos los días su carro de cuatro caballos a través de los cielos para pasear al sol del este al oeste; ni que Mani, héroe de la mitología polinesia, cortó las trenzas a su amada esposa, Hina, para hacer con ellas una soga que atrapara al sol, en el instante mismo en que éste se levantaba; y así, poder estirar el día cuanto se le antojara al caprichoso Mani.

     Mi abuela no se remontó a Grecia ni a la Polinesia, sino que abrió el Libro de la Vida por la página que tocara aquel día y me lo explicó de una manera tan tierna y tan a mi alcance de persona bajita, que yo me lo creí sin cuestionarlo demasiado.

     Decía la abuela, que el sol era un señor encumbrado que estaba a merced de los portugueses. Por lo visto, nuestros vecinos habían conseguido atar al astro rey con una cuerda, y así, cuando querían nos daban el día y cuando no, nos dejaban a oscuras. Y aquella página del Libro de la Vida de la abuela, seguía diciendo, que ni eran magos, ni tenían poderes sobrenaturales, ni nada de nada, porque ella los conoció en la época del contrabando y eran de lo más normales. En aquella página no decía nada ni de griegos ni de polinesios.

     Los portugueses debían de ser un pueblo unido; eso, o tomarse algún reconstituyente de espinacas, porque: ¡cómo era posible que pudieran atar el sol con una cuerda y tirar hacia su lado para dejarnos a oscuras al atardecer, y cómo soltaban amarras para que al día siguiente, el sol volviera a entrar de nuevo por las rendijas de mi ventana! La abuela decía que portugueses había muchos y que se iban turnando, porque tirar del sol era una tarea en la que se gastaban muchas energías.

     Éste es uno de los recuerdos más hermosos  que guardo de mi abuela, por eso no me resigno a que me pinten la vida de sepia.

     Años después, me explicaron otros, que echaban mano del libro de la ciencia, qué era eso del movimiento de rotación y traslación. Ni que decir tiene que la explicación me resultó fastidiosa y difícil de digerir, y me gustaba pensar que los científicos ni se imaginaban que esos movimientos los inventaron los portugueses; pero, claro eso sólo estaba en el Libro de la Vida de la abuela, a salvo de la falta de imaginación de aquellos científicos tan enrevesados.

     Os cuento esto, porque la perseverancia, la pasión, el deseo de ser libre y de serlo realmente a fuerza de imaginarlo tantas veces, del pueblo egipcio, me ha traído a la memoria a esos portugueses de mi infancia que eran capaces de encender y apagar el sol a su antojo.

     ¿No deberíamos, entonces, poner más imaginación en nuestras vidas, por mucho que algunos quieran condenarnos a revelar una sucesión de momentos desteñidos?

     Si somos capaces de imaginar algo, tarde o temprano lo conseguiremos. Tenemos la impresión de que la imaginación nos evade, en ocasiones, de aquello que no nos gusta; pero, no nos confundamos. Nos evade sencillamente, porque queremos cambiar el mundo que nos ha tocado en suerte. La imaginación es capaz de transformar la realidad, de moldearla tal y como queremos que sea, y esto, no sólo forma parte del Libro de la Vida, sino también del Libro de la Ciencia, porque ha habido científicos que lo han demostrado.

     Esto no es fácil, lo sé, y no se consigue a golpes de varita; pero cierto es, y muy digno, que a fuerza de imaginar que derrocamos dictadores, llega un día que hasta los derrocamos. Más que nada, porque a los dictadores, al contrario de lo que ellos creen, les falta mucha imaginación.

     Lamentablemente, hemos de reconocer que hemos dejado reposar la soga durante mucho tiempo, que en los treinta años en los que Egipto ha estado subyugado por Mubarak, hemos mirado para otro lado, y a ninguno se nos ha ocurrido tirar de la cuerda para noquear ésta y otras dictaduras. Dónde digo Egipto, añádase Marruecos, Yemen, Libia, Corea del Norte, Irán, Sudán, Arabia Saudita…y una lista excesivamente larga, además de las llamadas “dictaduras constitucionales”  que sobrepasan ya los límites de la vergüenza, de las cuales es un buen ejemplo la   Venezuela del impresentable Chávez, entre otras.

     Sí, ya sé, el miedo, eso que yo llamo “la tolerancia negativa”, cosas que pasan lejos e imaginamos que no están sucediendo y que, si suceden, no nos van a salpicar.

      Pero,¡ por todos los dioses!, somos humanos, y algo deberemos tener en común, algo deberán importarnos las cosas que les pasen a los otros, humanos también como nosotros. ¡Maldita desidia!

     Se va haciendo urgente revisar el significado que conferimos a palabras como tolerancia, solidaridad y a otros valores que muchas veces no nos caben en la boca; porque me parece a mí que, entre todos “toleramos” la falta de libertad y de dignidad de muchos de nuestros semejantes; y que vamos dejando que sean ellos los que tiren de la cuerda si les quedan fuerzas para ello. Y no nos damos cuenta que a través de nuestro silencio nos “solidarizamos” con aquellos que también a nosotros, aunque nos quede lejos, nos tiranizan.

     Y aunque alguno habrá que me tilde de utópica trasnochada y me encargue escribir de nuevo sobre el sexo de los ángeles, no puedo por menos que pedirme y pedir al mundo un esfuerzo, para hacer de su lucha, nuestra lucha, y que no volvamos la espalda a los que tanto tiempo llevan imaginando la libertad.

     Dice un proverbio africano que: “ Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador”.

     En nuestras manos está un cabo de esa cuerda, de nosotros depende tirar de ella con el ímpetu suficiente y no seguir llenando de gloria, con nuestro silencio,  a cazadores sin  escrúpulos.

 Mª José Vergel Vega

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2 Comments

  1. MALM

    Simplemente sublime.

  2. juli

    seamos realistas y hagamos lo imposible¡¡¡¡¡

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