QUE NO CUENTEN CONMIGO

Pues no. Que no. Que no cuenten conmigo para este viaje. No, no y no. Tanto se me da una figa, que diría el clásico, ser el último de Filipinas. Tanto se me da una figa ser el único superviviente a esta coña marinera, esta del verde, verde, verde, como la albahaca, verde como el trigo verde, y el verde, verde limón.

¿Qué ya todo quisque es ecologista, y si no lo es ha pasado por donde los hay, y ya se sabe que el que anda con un cojo al final cojea, y si no cojea renquea? ¿Qué ya hasta el pepé anda diciendo no a las refinerías, y murmura que si el protocolo de Kyoto, y esto, y lo otro, y tal, y Pascual? Pues bueno. Pues vale. Pues me alegro. Con su pan se lo coman. Pero un servidor sigue en sus trece. Paciencia y proejar, que no nos queda otra.

“Pero es que vamos a destruir el planeta” braman los arúspices del ecologismo.

Pues no, señores ecologistas, no. El planeta no corre ningún peligro. No sean ustedes tan prepotentes. No sean tan soberbios. Afortunadamente los hombres no somos tan poderosos. Sean más humildes e intenten ver algo más lejos de sus narices.

Les voy a contar algo. Vivimos en un planeta que tiene alrededor de cuatro mil quinientos millones de años. En él ha habido vida durante los últimos tres mil ochocientos millones. Primero, bacterias. Después, los primeros seres pluricelulares, los organismos complejos. Posteriormente, las grandes eras con predominio de animales: anfibios, dinosaurios, mamíferos; cada una de ellas perdurando millones de años. Seres que surgían, florecían, dominaban el planeta y, al fin, decaían y desaparecían. Y el planeta, la vida, la Naturaleza, han soportado durante todos estos cientos de siglos emanaciones gaseosas y enormes erupciones volcánicas, a cuyo lado, la contaminación provocada por el hombre es el cuesco de un mocosín. El planeta, y la vida con él, ha sobrevivido al impacto de enormes cometas que produjeron durante cientos de miles de años una radiación inmensamente mayor que la que provocaría la utilización conjunta de todo el arsenal atómico que en el mundo es. Choques de meteoritos que levantan nubes de polvo que dejan al planeta en tinieblas durante siglos. Y mientras tanto, océanos que ascienden y descienden. Continuos y violentos levantamientos de la corteza terrestre. Cambios climáticos repentinos. Cataclismos como el que se produjo cuando las plantas empezaron a producir, como deshecho, un gas tremendamente corrosivo, un veneno auténticamente letal: El oxígeno

Pues bien, el planeta sobrevivió y la vida siempre se ha abierto camino. ¿Y ustedes creen, cegados por su fe en el raciocinio, que nosotros, unos recién llegados, una especie que lleva en el mundo apenas un abrir y cerrar de ojos, vamos conseguir destruir lo que no han logrado todas las fuerzas que en el universo son? Ciertamente, no. Su problema es que consideran al hombre demasiado poderoso, lo consideran el gran dominador de la Tierra, pero en el fondo estamos tan a merced de la Naturaleza como cualquier otro ser vivo. Fíjense. Creemos que somos la pera en bicicleta porque poseemos una vacuna contra la gripe; pero la Naturaleza, cada año, crea un nuevo virus inmune a la vacuna del año anterior y en el mundo sigue muriendo gente a causa de esta enfermedad. Descubrimos el remedio contra muchos males, pero en el mundo florecen virus cada vez más resistentes a cualquier tipo de toxina. No poseemos el control del mundo, señores ecologistas. No confundan los someros conocimientos que poseemos sobre algunos de los procesos naturales, sobre las fuerzas y energías que en ellos actúan, con el control total. No poseemos el control total y, aunque durante algún tiempo la ciencia soñó con poder lograrlo, a día de hoy, por ejemplo, el principio de incertidumbre de Heisenberg o el teorema de Gödel, nos han demostrado que jamás lo poseeremos.

Por ello les pido que no se preocupen tanto por la Naturaleza. Está mucho más allá de nuestra comprensión y de nuestro dominio. Con total seguridad el planeta sobrevivirá a esta pandilla de homos sapiens sapiens y homos menos sapiens que tan fuerte se cree, pero que, por un quítame allá esas pajas, -supongo que conocen el suceso de Barcelona- un fusible que se escagarrucia, un condensador que se va a hacer gárgaras, un pequeño cortocircuito, hala, se queda a merced de los elementos, la vida se vuelve invivible, el mundo inhabitable, y no se puede tomar un cafelito en el bar de la esquina, ni jugar a la pleisteison, ni ver “Los hombres de Paco”.

“Pero la contaminación está provocando un calentamiento global que nos conducirá a catástrofes de incalculables consecuencias” claman los oráculos lorquianos del verde, que te quiero verde, verde viento, verdes ramas. Etcétera.

El abajo firmante no había nacido en los años setenta pero, afortunadamente, resulta bastante sencillo acceder a las hemerotecas. Por aquellos años, los científicos descubrieron que el planeta estaba enfriándose. El hielo de los polos aumentaba. Como consecuencia de aquel descubrimiento, comenzaron a surgir teorías sobre una nueva era glaciar, y el movimiento ecologista se lanzó a advertir a la humanidad. Si no dejábamos de contaminar el planeta, la mayor parte de él quedaría sepultada por el hielo en pocas décadas, aseguraban. La doctrina tuvo un gran seguimiento mediático y social y no pocos políticos se apresuraron a tomar medidas. Nadie osaba dudar de que en el futuro el mundo sería más frío que el hocico de un perro, pues lo aseguraban la tele, la radio, los periódicos, las revistas y el chico de la Gervasia, que tenía estudios, y era un mozo muy leído y muy escribido.

Se equivocaron.

Resulta que el planeta lo que está haciendo desde hace unos pocos años es calentarse. Los polos pierden volumen. Y los aprendices de Nostradamus, que están a la que salta, vuelven a darnos la tabarra con el asunto del cambio climático, sólo que al revés. Ahora parece ser que lo que produce la contaminación es un calentamiento global del planeta, y debe ser verdad, dice mi madre, porque lo dicen en los telediarios y en la cadena Ser. Nos hallamos a las puertas del Apocalipsis, anuncian los augures, y ya se escucha el primer toque de trompeta.

Ahora bien, los mismos que hace treinta años metieron la pata hasta el corvejón con la nueva era glaciar, ¿tienen alguna posibilidad de acertar ahora?

Lo más probable es que no. Miren, la ciencia está muy bien para algunas cosas. Puede hacer predicciones bastante exactas en un laboratorio, donde todo está medido, pesado, aislado, homogeneizado, sellado, lacrado, pasteurizado y envasado al vacío. Puede prever con un alto porcentaje de acierto el comportamiento de sistemas simples como un motor de cuatro tiempos, una órbita planetaria, o un ordenador. Pero falla estrepitosamente en cuanto intenta establecer modelos para sistemas complejos, como el clima, en los que entran en juego multitud de elementos imposibles de valorar o cuantificar.

No sé si me explico. Imaginen que estamos ante una mesa de billar y somos capaces de golpear una bola con una potencia tal, que ésta permanece en movimiento, chocando contra los bordes, durante varios minutos. Sabiendo el ángulo de golpeo, podríamos predecir la trayectoria de la bola mediante un simple patrón matemático. En teoría, podríamos saber cual va a ser el comportamiento de la bola durante horas y horas. Resultaría muy sencillo. No serían necesarios grandes conocimientos matemáticos para ello.

Sin embargo, cuando golpeásemos la bola, su trayectoria se ajustaría a nuestro patrón durante apenas unas décimas de segundo. Muy pronto su comportamiento comenzaría a variar ostensiblemente respecto a lo previsto. En un minuto, la bola podría muy bien hallarse en el extremo opuesto al que nosotros habíamos pronosticado, y podríamos mandar al carajo alegremente nuestro hermoso y sesudo trabajo matemático. ¿Por qué? Porque existen variables imposibles de cuantificar. En nuestro patrón habíamos supuesto una bola perfectamente redonda y lisa, una mesa completamente plana y unos bordes igualmente lisos y perfectos. Pero, en el mundo real, no existe nada perfectamente redondo, perfectamente plano o perfectamente liso. Si, por ejemplo, los pistones y los cilindros de un motor fueran perfectamente lisos y redondos, no sería necesario el lubricante. La bola de billar posee poros microscópicos, la mesa y los bordes están trufados de ínfimas e imperceptibles arrugas e imperfecciones. Estas banalidades, imposibles de valorar, dan al traste en pocos segundos con nuestro concienzudo modelo científico.

Con el clima sucede algo parecido. Es un sistema tremendamente complejo, plagado de factores de imposible valoración. Millones de organismos vivos se mueven por el mundo emitiendo calor, provocando nimias corrientes de viento, cambiando la composición de la atmósfera a cada segundo, produciendo dióxido de carbono algunos, oxígeno otros, alimentándose de determinados componentes del aire una gran parte. La orografía del terreno cambia de forma lenta pero constante. Los propios aparatos de medición alteran el clima de tal forma que sus mediciones no son nunca exactas. Por ello, los más potentes superordenadores, esos con muchos gigas y megas de ram, de rom y de rim, alimentados por infinidad de datos sobre temperatura, humedad, presión atmosférica, fuerza del viento, corrientes marinas, orografía, composición geológica del terreno, y procesándolos según sofisticados patrones elaborados mediante la combinación de complicadísimas ecuaciones, sólo son capaces de predecir con cierto grado de exactitud la tendencia general del clima durante el plazo de unas pocas horas. Las predicciones sobre el tiempo que hará dentro de dos días son susceptibles de fallar clamorosamente, y aquellas hechas con una antelación de una semana son simples aventuras.

Por esto es por lo que las teorías sobre el calentamiento global, al igual que las que hace treinta años pronosticaban un enfriamiento global, al igual que nuestro patrón teórico sobre el comportamiento de la bola de billar, tienen las mismas posibilidades de acertar que las que usted pueda tener de acertar los seis números de la primitiva del jueves.

Jonás Fernández León

Este texto es el primero de tres entregas en las que se ha dividido el artículo “Que no cuenten conmigo” de Jonás Fernández León. La segunda parte se publicará mañana día 7 de septiembre y la tercera, el sábado 8 de septiembre.

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