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Próxima parada: XIXI Subway Station. Parte I

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Judith Santano“Tenéis que ir a la taquilla del fondo, con el pasaporte no podéis sacar un billete aquí”- nos alerta alguien en inglés, sacándonos de nuestro ensimismamiento y confusión. Es muy raro encontrar a alguien en China que pueda orientarte en inglés, salvo en Shanghái, esa mole de ciudad entre el mundo de oriente y occidente, pero cuando eso sucede habrás encontrado a los mejores anfitriones: se preocupan por traducirte todo y de darte todas las indicaciones posibles para que no te pierdas en esa maraña de caracteres.

Viajar a China es el descubrimiento de una civilización milenaria, la certeza de haber estado al margen y desahuciados de siglos de avances y conocimientos, la convicción de que la práctica ausencia de China en nuestros libros de Historia tienen mucho que ver con un cierto hastío nuestro hacia lo “chino”. Quizá les interese más recordar que son ellos los precursores de la imprenta o de la pólvora, o qué decir que unos cuantos años antes de nuestra era, al otro lado del mundo utilizaban vaporeras y comían con palillos, o que habían desarrollado unas técnicas avanzadísimas en el trabajo del hierro, el cobre o las cerámicas. Las pruebas de ello se exponen en algún que otro museo del mundo y, por supuesto, de China.

Los chinos y lo chino. ¡Cuántos estereotipos nos suscitan! Más allá de ciertas leyendas urbanas, hablar de China parecer remitir a unos pocos prejuicios, entre ellos, comunistas y devoradores de cualquier tipo de bichejos- la comida del futuro según la FAO. Sobre lo primero, comunistas, poco más de veinte días dan para cerciorarse que los chinos son consumistas voraces, a nuestros ojos, casi enfermizos. Todo puede comprarse y venderse. Hay miles de pequeñas tiendas y restaurantes abiertos durante más de 12 horas, hasta en las madrugadas es posible encontrar un local abierto donde comer. La competencia es enorme y las ayudas estatales escasas o ninguna. Trabajar para comer.

¿Y qué comer? Hablemos de la comida en China y de cuántas veces me han preguntado si ya había probado el gato o algún gusano durante mi estancia allí. Lo cierto es que no vi ninguna cosa rara, o nada que no hubiera visto antes. Ya conocía sus gustos por comer las patas o cresta de gallo, o “pescuezo” de pato. Una buena amiga china, honesta, me dijo que en su país, todo lo que tuviera patas se come, y puede ser pero yo solo he podido constatarlo a través de unas fotografías tomadas por una turista canaria que recogían, como manjares, crisálidas, estrellas de mar o escorpiones. Seguro que añadiendo una salsa estándar, más o menos picante, tendría el mismo sabor que los pinchos de pollo o ternera que pueden adquirirse en los carritos callejeros.

Y cuando no son bichos, quizá alguno piense que sólo de arroz viven los chinos. Una vez más, bastante lejos de la realidad. La comida en China es tan diversa como lo son los propios chinos. ¿Qué esperar en un país de más de mil millones de habitantes? Hay tanto que contar…Os invito a bajar conmigo en la próxima parada, Xisi Subway Station.

Judith Santano

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