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Las miradas del MEIAC

«La crónica de la humanidad es una lista de violencias»

(Miguel Torga, «La creación del mundo«)

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Fotografía de Gervasio Sánchez

Aquella mañana agradable de Enero, Julita estaba más contenta que unas castañuelas. No solamente porque la hubiera llevado de excursión, sino porque los Reyes, le habían traído un Cuaderno Mágico para ir apuntando esas cosas que a ella, a su manera, le salen del alma.

No sé si le costó trabajo decidirse, pero declinó el “shopping” tentador y la locura de las rebajas, y se decantó por el silencio del MEIAC, donde salpicó su regalo con estas líneas de amargura y esperanza.

Ambas llevábamos prendida en el alma una historia que acabábamos de descubrir, y que a las dos nos había calado hondo: “El niño y el basilisco” de L.E.Aute, que sigue poniendo banda sonora a nuestras vidas, porque, a fin de cuentas, somos dos niñas que siguen mirando al mar.

El MEIAC estaba repleto de miradas que a lo largo del tiempo había ido captando, con toda la ternura del mundo, el objetivo del periodista Gervasio Sánchez.

Miramos aquellos rostros y nos dejamos mirar por ellos.

Dicen  que los ojos son el espejo del alma. Pero hay ojos que ven más allá, y se nos muestran para que recojamos su mirada en la nuestra y así sanar heridas.

La vida continúa detrás de una mirada triste, detrás de la luna agujereada de un coche donde un rostro de ángel sonríe; detrás de los pechos resecos de esa mujer del Congo, que se empeña en engañar el hambre de un bebé famélico. La vida continúa, en blanco en negro, detrás de los ojos de niños con fusiles, a los que la sombra de la guerra les robó la inocencia.

¡Qué ternura hay en esas miradas, cuánto amor y cuánto dolor que, los que nacieron  para ser víctimas, muerden a diario para seguir sobremuriendo!

¿Y nosotros tenemos el cuajo de quejarnos?, pregunta Julia, no sé si retóricamente. Y lo hace clavando sus ojos vivos en los ojos de dos niños ocultos bajo una manta, dentro de una vieja camioneta que quizá los lleve, por caminos polvorientos y repletos de víctimas, allá donde la guerra no los fulmine con su mirada de basilisco.

Y quizá contemplemos a esos mismos niños, hacinados en campamentos, jugar sin brazos, sin manos, sin piernas, sin pies, con cicatrices que les deforman el rostro de parte a parte. Y hemos de verlos reir, porque a pesar de todos los desastres de la guerra, la vida siempre tiene una chispa de belleza para aquellos que descendieron al infierno.

Miro a Julita y no sé qué contestarle.

 Detrás del dolor y de las vidas minadas, los niños juegan porque siempre hay una rendija abierta a la esperanza, porque si nos regalaron la vida, algo bueno debe de haber en ella. Estos niños han de jugar, para olvidar las miradas de tantos muertos a los que nadie pone nombre, muertos anónimos que piden clemencia detrás de estas fotografías que nosotros, tan vivos , contemplamos ahora.

Es duro pasar las páginas de este álbum de miradas.

Julia debió notarme el pulso acelerado y la náusea en la boca del estómago. Me toma de la mano, que sabe que es un gesto  que me serena, y  lee en voz alta unas notas que ha escrito en su flamante cuaderno de hadas y duendes.

“Éstas también son miradas del mundo real. No tenemos ni idea de lo dura que es la vida. ¿Ves los ojos de esas niñas tras la luna de ese coche destrozado por las balas? ¿Ves a todos los que encuentran la muerte en cualquier acera, con los ojos abiertos y las manos entrelazadas?…

Hago un gesto afirmativo y ella prosigue  su lectura, sin soltarme la mano:

Pues hemos de aprender a mirar como ellos; aunque sepamos que el hambre, las guerras, las tiranías, todos los horrores de que el mundo está hecho, sean basiliscos dispuestos a comerse los ojos inocentes de los niños.

Hay que mirar al mundo sin miedo, pese a todos los monstruos que lo pueblan. Esas miradas han estado en el infierno, pero aún desprenden vida, y encaran el futuro con coraje”.

Y es cierto, al mirar esos rostros, una tiene la impresión de que no todo está perdido, porque todavía hay quien levanta al que cae, aunque él también esté caído.

Habrá que seguir mirando al mar, porque en él está la esperanza.

Las dos comprendimos aquella mañana, que el basilisco sólo mata a quien no es capaz de sostenerle la mirada.

Mª José Vergel Vega

 

 

 

 

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