Namasté

Namasté

 

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Namasté es para aquellos que hace algún tiempo emprendieron conmigo el viaje hacia la conquista de uno mismo. Y, por supuesto, para Roberto, el alma que nos guía.

“Mi alma saluda a tu alma”. Escribo en mi Cuaderno de Hadas: Namasté, una de las palabras más hermosas que una puede llevarse a la boca. ¿Hay alguna forma mejor de hacerte saber que me tienes para cuanto necesites?

Namasté es una palabra, pero también un gesto: manos juntas en actitud orante para dar las gracias por poder darnos a la alegría de entregarnos a los demás.

Namasté, el gesto y la palabra , lugar al que acude el náufrago que soy para saber que cada mañana el mundo se abre para mí y que yo me ofrezco al mundo con mis virtudes y defectos.

Digo namasté porque quiero con los pies en la tierra poder tocar el cielo.

Necesitamos confiar en el alma, dejarnos conducir por ella para apreciar el aroma que dejan las pequeñas cosas, esas que tomamos por insignificantes y menospreciamos a diario. Sabed que el alma sabe el camino hacia las estrellas.

Es tiempo de asumir que somos náufragos en esta vida y que la balsa de que disponemos no es otra que nuestra alma.

Namasté, el gesto y la palabra: tender el corazón al mundo aunque esté herido. Las llagas se lamen mejor en compañía.

Namasté, echar raíces y anclarlas en tierra porque ella, la Madre Tierra, está muy cerca del cielo.

El náufrago emprende su camino hacia la isla de la tranquilidad, del sosiego que vivifica, de la Paz que cada uno alberga en su interior, porque el camino del náufrago  es un camino hacia los adentros.

Me busco y sé que sólo puedo encontrarme en medio del silencio. En sus dominios de bruma me despojo de lo que me fragmenta y deshumaniza. Sólo desde el silencio comprendo que soy yo gracias al otro y en él me reconozco, y sólo así él puede descubrirse en mí.

Como un asceta me contemplo y me repito el  mantra necesario de que nada es tan importante como aquello que se desgaja del alma como un torrente de luz, como una cascada de agua cristalina desde la más alta de las montañas.

Namasté, el gesto y la palabra, como el yugo que une mi cuerpo con mi espíritu,  mi alma con el alma universal que es también la tuya. Fundirnos en el Absoluto como se funde una pequeña gota de agua en el mar inmenso.

Namasté, yugo que me hace libre.

Aunque el mundo me ofrezca dolor, no devolveré dolor al mundo. Saldrán de mi lengua palabras hermosas que al rozar el aire nos muestren el camino hacia la armonía.

Juro por mi alma que buscaré la luz como la busca la Flor de Loto que crece pura desde el fango, elevándose hermosa sobre las aguas. Cuenta la leyenda que cuando el niño Buda dio sus primeros pasos, en todos los lugares en los que pisó, florecieron flores de Loto.

Namasté, para los que están perdidos en la vorágine del mundo, para aquellos que les robaron el destino y se sienten náufragos de sí mismos.

Yo náufrago, me ofrezco a ti naúfrago, y me uno a tí para emprender juntos el camino hacia la luz que dignifica al hombre por el hecho de serlo, y prometo darme a la aventura de entregarme a mí mismo para que te reconozcas en mí ,pues en ti y sólo a través de ti, vivo.

Yo honro ese lugar en ti

donde habita el universo entero,

yo honro ese lugar en ti que es

un lugar de amor, de verdad, de luz.

Y sé que cuando tú estás

en ese lugar dentro de ti,

y yo estoy en ese lugar dentro de mí,

Tú y Yo somos uno.

Mª José Vergel Vega

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