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Pájaros en la cabeza

Pájaros en la cabeza
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“En la transparencia delirante del aire las cosas más lejanas adquieren una exactitud de cristales de hielo”
A. Muñoz Molina, El jinete polac

El verano es también tiempo de reencuentros con lecturas que nos llevan a las puertas de un tiempo azul y despreocupado.

Cada vez estoy más convencida de que somos en gran medida aquello que leemos.

Hay libros que están irremisiblemente ligados a una época de nuestras vidas y volver a tenerlos en nuestras manos es tener el coraje de revivir aquello que nos resultó placentero, desoyendo las voces que nos advierten que no debiéramos tratar de volver a los lugares en los que fuimos felices.

Escribo en mi Cuaderno de Hadas que desde que Alfanhuí puso su mundo en mis manos, sé que las abuelas tienen cintura de almendro, y que los desvanes en los que crecimos “están llenos de sueños”. De hecho, si hoy escribo historias, es gracias a los desvanes y alacenas oscuras donde vivían ratones y culebras, aliados de los mayores, con los que nos asustaban cuando nos tomábamos la justicia por nuestras manos inocentes. Hoy esbozo una sonrisa al recordarlo, porque difícilmente pueden convivir ratones y culebras en un cuarto cerrado, ya que las segundas darían buena cuenta de los primeros, pero no es menester decir que los pocos años nos eximían de saber ciertas cosas.

Alfanhuí sabe de la importancia de las palabras y de los colores. Desde muy niño supo que el fuego es capaz de encender miles de historias.

Guardo mi Cuaderno en la mochila y me dispongo a emprender el camino de la mano sabia de Alfanhuí. Soy una mendiga cubierta con los harapos del tiempo…y el grito de los alcaravanes se estrella contra las colinas somnolientas de mi alma: ¡Al-fan-huí…al-fan-huí… En uno de los bolsillos remendados palpo, de vez en cuando, una culebra de plata para las noches sin luna.

Se van marchando las tardes estivales mordiendo con gula las esquinas de la memoria. Digo: ¡Al-fan-huí! y viene a mí un tiempo de risas y llantos, de sentimientos subidos a una noria descontrolada, en que íbamos y veníamos alocados por los pasillos del instituto entre la tabla periódica de los elementos, las declinaciones latinas, mi odio declarado a las matemáticas y el cruce nervioso con unos ojos especiales antes de entrar en clase.

A veces me pregunto si él recordará también mi nombre y si sonríe o se le nubla la mirada cuando recuerda, pongamos por caso por accidente, aquellos años despreocupados… Sin darme cuenta, dejo escapar una sonrisa melancólica cuando dentro de mi cabeza se cierra la puerta de la clase y cada cual se iba a sus asuntos: él a sus problemas de química y yo a traducir aquello que en resumidas cuentas venía a decir que César cruzó el Rubicón y consideró que la suerte estaba echada, tanto da ahora que la sentencia fuera pronunciada en griego o en latín.

Alfanhuí está lleno de la poesía que se arranca a las cosas cotidianas: el arar de los bueyes, la pesca con trasmallo en barcos romboidales…el nuestro lo pintamos una tarde del color de la esperanza, y ahí sigue, como si el tiempo no hubiera pasado, amarrado a la orilla esperando las manos invisibles de algún marinero.

Por Alfanhuí pululan las mentiras de los cazadores, los tesoros encerrados en las arcas de la abuelas…la caza de ranas con carburo con sus ojitos grandes y asustados y el abuelo que decía: ¡Ranas al morral! y notaba como se movían en aquella caverna de tela oscura y húmeda haciéndome cosquillas en las piernas.

Alfanhuí me recuerda que “… lo que ocurrió bajo la lluvia, sólo bajo la lluvia puede ser contado y recordado”. No puedo estar más de acuerdo, pues hay recuerdos tan especiales que sólo afloran cuando te abandonas en brazos de la lectura adecuada.

Recuerdos como el canto de los alcaravanes, solitarios y desconfiados: ¡Al-fan-huí…, pero también el de otros pájaros que me resultan más cercanos, y que también llevo en la cabeza: el grito de los vencejos en las tardes de verano, que me traslada a aquellos atardeceres de los agostos de mi infancia… el Yoni que llegaba con su puñal de piedra metido en la cinturilla de las calzonas, y mientras recobraba y no el resuello, cruzaba las manos detrás de la espalda, como el tipo a la vez duro y vergonzoso que era, y le preguntaba a la abuela: “Señora, que si sale Julita después de cenar”.

Y cuando más descuidado estaba el Yoni,  la abuela, de un golpe certero, le quitaba el puñal de piedra, descantillado de tantas batallas en el descampado, y se lo requisaba hasta nueva orden: “¡Mi nieta no sale con piratas!”

Y aquel Sandokán rubio que se las daba de tipo duro salía, desarmado, arrastrando la mirada por el suelo y, nada más pisar la calle, echaba a correr como si no hubiera más noches para correr aventuras.

Mientras a la abuela se le pasaba el enfado, yo me sentaba en el umbral mirando cómo se alejaba el que sin duda era mi héroe y me entretenía en descifrar los gritos de los vencejos: Suiií si eran hembras y Sriií si eran machos y  contemplaba embelesada su vuelo delirante porque yo sabía que  jamás dejaban de volar, ni para comer, ni para copular, ni para dormir…en aquellos años llegaron a convertirse en  los animales más interesantes de cuantos conozco.

Hasta donde recuerdo, la vida en aquel tiempo, ese que debo a Alfanhuí el milagro de haberse hecho de nuevo presente, es alegre como el vuelo de los vencejos a las puertas de una noche clara de Agosto.

 

Mª José Vergel Vega

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