Función fémina en el Cine Lasi

A menudo nos creemos que muchas de las novedades que aparecen ante nuestros ojos son de lo más moderno. Nada más erróneo. Me refiero, por ejemplo, a las ofertas de los grandes supermercados o agencias de viaje con ofertas del 2×1. Pues esta fórmula ya la utilizó Laureano Simón, el dueño del Cinema Lasi, a finales de los cincuenta y en la década de los sesenta. A las nuevas generaciones les parecerá que hablo de la época de los dinosaurios y, sin embargo, parece que fue ayer. En el pueblo decían que Laureano Simón era la segunda fortuna del pueblo, sólo superado por don Panta, el boticario, que ocupaba el nº 1, no sabemos según qué criterios.

Pero antes de pasar a recordar eso de la Función Fémina, repasaremos la historia del cine Lasi.
Laureano Simón (pariente del doctor Camisón) era el dueño del cine Lasi ─nombre formado por la primera sílaba del nombre y la del apellido.

El Lasi ─según me ha contado una señora que lo recuerda bien─ tardó tres años en construirse y se inauguró en 1946. La primera película que proyectaron fue Las campanas de Santa María. El cine tenía cuatro puertas: se entraba por la principal pero se abrían todas las laterales a la hora del descanso y a la salida. Así se evitaban aglomeraciones. Tenía un bar entrando a la derecha, al que sólo accedían los hombres (las mujeres de entonces no tendrían sed). Por allí se subía a los palcos y a gallinero (que era más barato que el patio de butacas). También arriba había un salón y, a veces, después de misa de doce, hacían baile amenizado por Nino Turra. Cuando encargaban un baile de boda, o en carnavales y fiestas principales, retiraban los asientos para poder bailar abajo.

Las paredes estaban insonorizadas. Las butacas eran de madera dura y se plegaban hacia arriba para pasar. Más tarde, compraron las del cine Capitol de Cáceres, y los traseros pringones disfrutaron de unos asientos tapizados de color rojo la mar de cómodos.

Antes de comenzar la proyección de la película ponían el NO-DO (noticiarios y documentales), una especie de telediario de entonces, que no había televisión.
En el cambio de rollos se hacía un descanso de 15 minutos. Ponían anuncios comerciales en la pantalla, a continuación, la gente salía a pasear por la carrera, y los hombres a echar un cigarro. (Las mujeres no fumaban entonces).

Antes de entrar en el cine y también durante el descanso, paseábamos carrera arriba y carrera abajo, desde la puerta del cine hasta el caño de la carrera, con los primeros bolsos que estaban de moda ─aunque no se llevara nada dentro─, pero ninguna salía de casa sin él. (Antes del bolso, las mujeres llevaban el pañuelo-moquero en la mano, o debajo del tirante del sujetador, palabra). Mientras, por los altavoces se escuchaba a Manolo Escobar preguntando por su carro y voceando que no quería que su novia llevara la minifalda a los toros; Sara Montiel, con su voz pastosa, nos cantaba El día que nací yo, y Antonio Vargas Heredia, flor de la raza calé… , mientras su rival en el cine: Lilián de Celis, se desgañitaba cantando cuplés; Juanito Valderrama, el Dúo Dinámico, Naty Mistral, Marifé de Triana, Antonio Molina, Rafael Farina, Ádamo y Machín, nos acompañaban durante esos paseos por la Carrera y mientras, de tanto escucharlos, acabábamos por aprenderlos de memoria.

Y no faltaban los puestos para el consumo: En una simple mesa, Anastasio y Margarita nos deleitaban con sus famosas pipas saladas y cacahuetes. Se colocaban delante de la puerta de Bonilla. Anastasio tenía gran sentido comercial porque regalaba unas gorras viseras de cartón en las que se publicitaba. Ponía en la visera: “Anastasio González, el Rey de las pipas”. De haber vivido en los tiempos del facebook y twitter, habría llegado lejos. Rosa Matutina, en su casa de la Carrera, nos vendía caramelos, y el puro-zara. En cambio, Elvira Borrego era fiel al Cine España, quizá por ser vecina. Y en el verano, nos refrescábamos con los helados de Felisa Ciliana ¿ O era María?

Laureano Simón puso en marcha la FUNCIÓN FÉMINA. Esto era una manera “comercial” de atraer gente a su negocio. Consistía en que un día a la semana ─concretamente, los jueves─, no sólo la entrada era más barata sino que podían entrar hombre y mujer por el mismo precio.

La entrada de los domingos costaba 3,50 pesetas. Los jueves, sólo 2 pesetas. Y el cine se llenaba. Pero aún así, no todo el mundo podía permitírselo. (Hay que tener en cuenta que el jornal, entonces era de 7 pesetas). Como muchos hombres entraban solos al cine (y les costaba lo mismo que acompañados), las niñas y jóvenes nos acercábamos a la taquilla y cuando veíamos un hombre solo, le preguntábamos si nos dejaba entrar con él. De hecho, cada una de mis amigas tenía un solterón más o menos fijo y, automáticamente, nos convertíamos en su pareja de los jueves, hasta que traspasábamos los cortinones de terciopelo de la entrada. Luego, ‘si te he visto no me acuerdo’. La semana se hacía más agradable con la esperanza de que llegara la noche del jueves para poder ir al cine, ¡y gratis! Así hasta el jueves siguiente.

Por entonces se proyectaba mucho cine negro americano y películas mejicanas con Miguel Acebes Mejías como protagonista, que no se cansaba de cantarnos rancheras vestido con su traje charro. Y Los diez mandamientos, Las diabólicas, Marcelino Pan y vino, Tarzán, Recluta con niño, Lo que el viento se llevó, La hija de Juan Simón… En esa época los hombres fumaban Ideales, jugábamos con recortables (las mariquitas que comprábamos en el quiosco de Carlín), leíamos viejos tebeos y se escuchaban los discos dedicados y seriales por la radio, el equivalente a las telenovelas de hoy.

El cinemascope nos anunciaba el cambio, con La conquista del Oeste. Y a fin de cuentas si las cosas se torcían, en las escuelas nos daban a media jornada leche en polvo, queso salado y mantequilla sosa. Era la ayuda U.S.A. América se acercaba. Y la distribución masiva de la Coca Cola nos hacía creernos ciudadanos del mundo.

Pero como no hay negocio que cien años dure, el cine Lasi lo vendieron hace veintitrés años.

Había otros cines en nuestro pueblo, pero eso lo dejamos para otra ocasión.

Rosa López Casero

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