QUE NO CUENTEN CONMIGO (II)

Prever el clima que tendrá el planeta dentro de unas décadas atendiendo a patrones científicos es un propósito desorbitado, ya que no podemos meter el mundo en una probeta para analizar todos los factores que intervienen en él. Intentar pronosticarlo atendiendo a la evolución del clima durante los últimos años es tan absurdo como intentar adivinar el precio que tendrán las acciones de Telefónica dentro de dos años, atendiendo a las fluctuaciones de su cotización durante los últimos cuatro días. Atribuir los cambios del clima a la contaminación es otro desatino. En realidad no poseemos ninguna certeza sobre los efectos de la contaminación en el clima. El propio concepto de contaminación es algo muy relativo. Los hombres, al respirar, emitimos dióxido de carbono, un gas que perfectamente se puede englobar en la categoría de los contaminantes; los traques de vaca contienen una gran cantidad de metano, un gas que también se considera contaminante; ya les he dicho que cuando las plantas comenzaron a producir oxígeno, se produjo una catástrofe para muchas formas de vida, que perecieron víctimas de sus efectos corrosivos. Aún hoy, nuestras células envejecen debido a esos efectos. Una atmósfera demasiado rica en oxígeno se volvería irrespirable, por lo que también podríamos clasificar este gas como contaminante. Ningún elemento o compuesto químico es contaminante per se, sino dependiendo de la proporción que alcance en el aire. Es lo mismo que sucede con las medicinas. Una misma medicina puede, con cierta dosis, aliviarte algún problema y, aumentando la ración al doble, convertirse en un veneno mortal. ¿Cuánta “contaminación” existe en la atmósfera? Es una pregunta imposible de responder con exactitud. Lo que si está claro es que los ecologistas han encontrado en la “contaminación” una nueva caja de Pandora.

No sé si ustedes recuerdan aquella escena de “Casablanca” en que se dice la frase famosa “detengan a los sospechosos habituales”. Hoy el “sospechoso habitual” es la contaminación. Si el planeta se enfría, es debido a la contaminación; si se calienta, es a causa de la contaminación; si padecemos unos años de sequía, es consecuencia de la contaminación; si le da por mearnos encima a toda la pléyade celestial, ángeles, arcángeles, serafines, querubines, tronos y dominaciones, y el patatal se nos anega, seguro que la contaminación tiene algo que ver con ello. La única verdad, sin ambages ni veladuras, es que no existe ninguna teoría sólida, ninguna certeza inexorable y empíricamente comprobada sobre si la contaminación tiene algún efecto sobre el clima, si enfría el planeta, si lo calienta, o si no hace ni una cosa ni la otra. Incluso el famoso efecto invernadero es tan sólo una hipótesis, una conjetura que no se ha logrado probar de forma fehaciente.

¿Debemos preocuparnos entonces por un cambio climático? Hombre, pues por un lado no sé, y por otro que quieren que les diga. También podríamos preocuparnos porque, en este momento, un virus estuviera mutando, convirtiéndose en un ser indestructible y mortal de necesidad, y nos mandara a todos a criar malvas. O podríamos preocuparnos porque un asteroide del tamaño del sol chocase dentro de algunos años con nuestro planeta, y todos calvos. El caso es que no podemos preverlo, y aunque lo hiciésemos, no podríamos hacer nada por evitarlo, ya que no conocemos sus causas. Todo eso que llaman “medidas para frenar el cambio climático” no son más que engañifas y pataratas. Si estuviésemos acercándonos a un violento cambio de este tipo, intentar frenarlo sería como intentar hacer descarrilar un tren colocando cucarachas en los raíles.

De todos modos, desde que a nuestros antepasados les dio por bajar de los árboles, la especie humana ha sufrido varios de estos cambios climáticos, y, mal que bien, se las ha ido apañando. Y catástrofes naturales como las pestes, las inundaciones, las sequías, los tornados, los tifones, las tormentas tropicales, los huracanes, los tsunamis, los terremotos y los impuestos, también han existido desde mucho antes que el hombre comenzara a “contaminar”. Los ritmos del planeta son demasiado lentos y complejos para que el hombre pueda entenderlos, y además carecemos de la humildad necesaria para intentarlo.

“Pero estamos acabando con los recursos del planeta. Es necesario apostar por un desarrollo sostenible” aseguran los quiromantes del asunto ecológico.

Esta hipótesis es ya muy antigua. Allá por el siglo diecinueve – y sirva esto para que los señores verdes, y no me refiero a la guardia civil, sepan que sus ideas no son tan modernas – ya existió un movimiento que defendía que el modelo de desarrollo ¡de hace más de un siglo! era insostenible, ya que, al ritmo al que se avanzaba, las reservas de carbón del planeta pronto se agotarían. Conservamos obras literarias del siglo tercero en las que se aseguraba que las reservas de metal del planeta estaban prácticamente agotadas. Allá por los años cuarenta del siglo pasado, tuvo una gran repercusión una teoría de carácter malthusiano que venía a decir que, si la población mundial seguía creciendo al ritmo al que lo estaba haciendo, el hambre pronto se extendería por todo el mundo, Europa incluida, ya que los recursos alimenticios del planeta no serían suficientes para atender a las necesidades humanas. El ritmo de crecimiento de la población no sólo se ha mantenido, sino que ha aumentado de forma brutal, y, sin embargo, el porcentaje de hambrientos en el mundo cada vez es menor.

Se equivocaron unos, se equivocaron los otros, y lo más probable es que se equivoquen los que ahora sostienen teorías parecidas.

Se equivocaron porque no podían prever que la tecnología haría aumentar el rendimiento de las tierras; que nos permitiría excavar más hondo en la corteza terrestre en busca de nuevos recursos; que los hombres accederían a nuevas fuentes de energía como el petróleo o la energía nuclear. Se equivocaron porque intentaron prever un futuro en que los conocimientos humanos fuesen iguales a los de su época.

Si vemos las cosas con propiedad, es fácil llegar a la conclusión de que el hombre no ha hecho más que arañar un poco la corteza terrestre. Suponiendo que en el volumen total del globo existieran poco más o menos los mismos recursos minerales, y de hecho debe haberlos, puesto que la Tierra no está compuesta más que de unos u otros elementos y compuestos químicos, que en la infinitesimal parte de ese volumen que el hombre ha utilizado hasta ahora, tendríamos recursos naturales, aun creciendo al ritmo actual y sin contar con el reciclaje o la posible reutilización de muchos de estos recursos, para varios millones de años.

En cuanto a los recursos alimenticios, la tecnología genética ha abierto un amplio campo de investigación que puede aumentar espectacularmente la productividad de las tierras, mediante plantas más resistentes a las enfermedades y epidemias o que generen una mayor cantidad de frutos comestibles. Cada día existen mejores abonos y mayor tecnificación de la agricultura. Los conocimientos humanos aumentan de día en día, y con ello, la capacidad para producir más y mejores alimentos. No existe un límite conocido sobre cual es la capacidad máxima de producción del planeta pero, aunque existiera ese límite, que lo dudo, todo apunta a que nos hallamos aún muy lejos de él.

Permítanme que les diga que a mi el rollo macareno este del “desarrollo sostenible” siempre me ha olido a chamusquina, porque, a ver, ¿quiénes son los licurgos, los areopagitas, los próceres y los machotes que marcan en el papel la delgada línea que separa la sostenibilidad de la insostenibilidad? ¿Quiénes son y cómo lo saben? ¿Pueden predecir el futuro? ¿Saben cuáles serán los cambios poblacionales, económicos y tecnológicos que se van a producir en los próximos diez años? Ya les doy yo la respuesta. Todas estas historias del desarrollo sostenible no son más que milongas, embelecos y papandujas, porque nadie puede saber a ciencia cierta cuáles serán las necesidades de los hombres que vivan dentro de cinco años ni que recursos les serán útiles. Es muy probable que dentro de unos años el papel sea un oscuro recuerdo, puede que en poco tiempo sea innecesario el petróleo, o quizá los metales que ahora necesitamos en abundancia sean sustituidos por otras sustancias de mayores cualidades.

Imagínense al ecologista del siglo diecinueve, a ese hombre que defendía la insostenibilidad del modelo de producción. Este señor, al que seguramente movía la mejor intención del mundo, no tenía ni idea de lo que significaban conceptos como los siguientes: Gen, quark, virus, protón, neutrón, antena, onda de choque, robot, televisión, radio, energía nuclear, trasplante, MP3, DVD, resonancia magnética, microondas, radiación ultra violeta, vía satélite, meteorología, presión atmosférica, nanotecnología, SIDA, acelerador de partículas, rayos infrarrojos, cremallera, láser, onda de choque, estructura atómica, ordenador, internet, microondas, laparoscopia, bipolar, túnel del viento, soldadura autógena, acrílico, penicilina, antibiótico, anticuerpo, fibra óptica, parabólica, radar, nailon, ecosistema, retroexcavadora, fregona, trasducción, VHS, máser, táser, DIU, placas tectónicas, neurosis, propulsión a chorro, telecomunicaciones, turbocompresor, inyección electrónica, airbag, aeropuerto, huellas dactilares, fecundación in vitro, cesárea, teléfono móvil, ecografía, tecnología digital, lavadora, frigorífico, vitrocerámica… Son sólo unos pocos ejemplos. Ese hombre no sabía nada del mundo actual. ¿Creen ustedes que podría habernos ayudado? Yo opino más bien que no. Al contrario. Si sus tesis hubiesen sido seguidas, la humanidad habría avanzado mucho más lentamente, y no habríamos logrado el progreso del que disfrutamos hoy. Del mismo modo, nosotros no sabemos nada sobre cómo será el mundo dentro de diez años, y la única forma en que podemos ayudar a los futuros habitantes del planeta es avanzando cada vez más, sin pensar en esa supuesta “sostenibilidad” que no es más que una quimera, una farsa intelectual y una tomadura de pelo.

Jonás Fernández León

Esta es la segunda parte del artículo iniciado ayer y cuya conclusión se publicará mañana sábado 8 de septiembre.

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