Me repito a mí misma que el verano debería estar lleno de pañuelitos de seda tendidos al sol en las frescas praderas de la infancia , invertir los largos días en  dejar que la mirada se pierda desde el más alto de los acantilados, e imaginar hasta dónde es capaz de llegar el mar con todos sus misterios.

El verano deberían estar poblado de  hormiguitas recogiendo granos para un invierno, que se prevee largo y lleno de días tristes.

Deberíamos aprovechar el estío  para tostarnos al sol, al refugio de alguna playa; leer un libro tras otro en la sombra del porche, hasta saciar nuestra sed de aventuras, hasta encontrar ese personaje en el que depositas todas tus ganas de cambiar el mundo.

Nunca el verano debería ser un dolor de vidas truncadas por la sinrazón. Siempre me he preguntado por qué ante el horror, ante el no entender cómo puede nadie conducirse por los mandatos del terror, por qué somos capaces de encontrar palabras hermosas que nos sanen a unos y a otros, palabras que, al menos, palíen esa parálisis en la que parece instalarse en algunas ocasiones, el sentido común.

Las palabras sanan y más si son de amor hacia el hombre. Lo malo es que muchas veces, no sabemos o no queremos encontrar las palabras de amor.

De un momento para otro, el verano te envuelve con el aroma triste de vidas que no verán un mañana, y la pena se instala en el corazón y se hace fuerte.

¿Hay algo más sagrado que la vida? Estar vivos, ser seres vivientes, es el más preciado tesoro que poseemos los seres humanos. Nadie, con cualquiera que sea el argumento, debería arrebatarnos ese regalo. Y todos, cuando alguien osa cometer la monstruosidad de llevarse por delante esa vida que es sagrada, deberíamos hacer saber a ese monstruo que las engulle nuestra repulsa más absoluta, abrace el credo que abrace y venga de donde venga. Y los muertos merecen ese altar que vayamos llenando de flores, de palabras, de rayitos de sol, de besos, de caricias invisibles, de lágrimas de amor, como equipaje para instalarse en esa otra dimensión fría, hacia la que parten solos y alejados del cariño de sus seres queridos.

Me duelen todas las palabras que no curan, aquellas que no han sido utilizadas para restañar heridas, para llevar consuelo a los que han sufrido, y seguiremos sufriendo,  la sinrazón del terrorismo. Hay ocasiones en que la ironía hay que dejarla guardada en un cajón, quien hace chistes de algo tan doloroso, debe tener el corazón enfermo.

Me duele que todo se politice, que los que nos gobiernan aprovechen el dolor de tanta gente para ponerse en la foto y decir, con su perfil más favorecedor, que estuvieron allí porque les importa la vida y la convivencia pacífica y blablablá…cuando en realidad, todos sabemos que la mayoría de ellos- también los hubo que fueron honestos- estuvieron para cumplir el expediente, porque , en realidad, quedó patente, que los muertos les traían al pairo, aunque suene duro.

Unos y otros, aprovechando que lo ocurrido había tenido como escenario Cataluña, pensaban más en lo que pudiera ocurrir el 1 de Octubre, en si habría urnas o no las habría, en si unos y otros tendrían los bemoles suficientes para echar un pulso, a ver quién le pone o le quita el cascabel al gato de la independencia con más salero. Ninguno de ellos, vuelvo a repetir, o muy pocos, pensaba en los muertos, sino en sus réditos políticos.

¿Cómo hemos llegado a estos extremos? ¿Cómo tenemos el cuajo de parecer y ser tan inhumanos?

El lema de aquella manifestación era “No tenemos miedo”. Desde estas líneas, yo confieso que lo tengo, pero no de compartir mi espacio vital con personas que no piensen como yo, que crean en los preceptos de tal o cual religión que no coinciden con los míos, que vayan tapados o destapados, sean simpáticos o cascarrabias. Lo que me da miedo es cómo se conducen algunos ilustres mandatarios y sus acólitos que, cada vez más, nos muestran sin ningún pudor, sus procedimientos más trogloditas y para conseguir sus fines, no dudan en utilizar como medios a víctimas inocentes. España es diferente y de qué manera.

Harta estoy de etiquetas, del tú eres bueno porque piensas como yo y perteneces a la categoría de seres civilizados, y tú eres malo porque has venido a aprovecharte de nuestro bienestar y porque te conduces de manera diferente por la vida, rezas otras plegarias, comes otras cosas, te vistes diferente… Y por todo ello, y otras idioteces más, que no sé ni cómo no nos da vergüenza pronunciar y compartir en el ancha es Castilla de las redes sociales, eres sospechoso de no ser buena persona.

¡Qué hartita de tonterías! Por encima de musulmanes, cristianos, protestantes, agnósticos, ateos, budistas…somos personas, seres humanos que nos merecemos disfrutar en paz del más grande de los dones: la VIDA.

Estos días se han vertido, y continúa la marea, ríos de tinta. La mayoría son artículos en los que prima el amor por el ser humano, y el llamamiento a la PAZ y a la unión de todos los que en el mundo somos y estamos. Pero también los hay con muy mala leche, o ansias de protagonismo, que también entra dentro de lo plausible, que aprovechan que es época de vuelta al cole  para hacer estallar la viga de la intolerancia que les adorna, en el corazón ajeno. Entre ellos, un viejo amigo, de esos que ocupan un lugar preferente en el Olimpo de los escritores y en mi Olimpo particular como lectora, y quizá por eso me duela más. Querido Pérez Reverte, una vez más me desconcierta usted, y quiero que sepa que no me da miedo en absoluto que maestras de fe musulmana, pues a ellas se refería usted en su artículo; por cierto, maestras musulmanas con hiyab, no olvidemos el objeto de su desasosiego. Decía que no me da miedo que estas maestras con hiyab eduquen, no ya a mis hijos, que ya están creciditos, pero sí a mis nietos cuando los tenga. Seguro que les inculcarán hermosos valores, porque el hábito no hace al monje, señor mío. Y le diré más, una ha sido educada por monjitas que llevaban hábito y toca y en ningún momento, a mis padres, les parecieron sospechosas de nada.

Yo no tengo miedo de convivir con personas que a diario me demuestran que su camino es el mío, porque todos tenemos cabida en este mundo si nos conducimos con amor y con respeto hacia los demás. Nunca tendrán cabida en mi mundo los intolerantes y los que no respetan la vida de sus semejantes, ni los que afirman barbaridades que no tienen justificación.

A todas esas voces que, amparadas en sus perfiles -que creen intocables-, de las redes sociales, les lanzo un mensaje: no voy a considerar entre mis amigos a quienes osen insultar abierta o veladamente, a ninguna persona en razón a su manera de ser, de pensar, de creer, de amar, de comer, de emplear su tiempo libre, de ser humano en definitiva.

Dicho esto, vuelvo a mi retiro de espuma y caracolas, al sosiego de la cortina blanca que ventila mi casa a la hora de la siesta, mientras escribo versos prohibidos hechos de jirones de dolor ,con los que a la caída de la , remendaré las velas de este barco que aún sigue pintado de esperanza.

Mª José Vergel Vega

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