Los túneles de la fe

Los túneles de la fe

“La diferencia entre Sócrates y Jesús estriba en que nadie ha sido condenado a muerte
en nombre de Sócrates. Y ello se debe a que las ideas de Sócrates nunca fueron convertidas en ley”

(E.L. Doctorow, El libro de Daniel)

Santuario de Fátima (Portugal) - MARÍA JOSÉ VERGEL

Santuario de Fátima (Portugal) – MARÍA JOSÉ VERGEL

Dice mi médico que lo que yo tengo se resume en un claro cuadro de “astenia primaveral”, mezclada con alergia a gramíneas y otros hierbajos. ¿Astenia primaveral? ¡Pero si acaba de empezar el verano! Pero él insiste en que se trata de eso y no de otra cosa, y que con unos antihistamínicos y vida sana, se arregla, seguro.

Perdonen que les diga, pero mi médico no tiene ni idea. Ya me he tomado la mitad de la caja de pastillitas diminutas y,  aparte  de entrarme una modorra del copón, sigo más mustia que flor en casa de una que yo me sé.

Con el respeto debido a mi médico de cabecera (¡qué bonita expresión ésta!), el diagnóstico es otro muy distinto y puede deberse a dos razones principales:

-Primera y muy importante: que el “Sandokán rubio” del Yoni ha vuelto a tocarme de mala manera mi corazoncito sensible, echándome a perder  sístoles y  diástoles.

-Segunda, e igual de importante que la primera: que esa que fisgonea en  mis cuadernos, no se le ocurre otra cosa que, para animarme un poquito, invitarme a una peregrinación a Fátima: ¡Toma pastillitas!

Ya sé que están pensando que soy una desagradecida; nada más lejos de la verdad. Yo reconozco que la intención fue buena; pero entre vosotros y yo, el remedio fue peor que la enfermedad, y si no, mirad lo que escribí en mi “Cuaderno de Hadas”:

.

Cada vez estoy más convencida de que la fe y la oración es cosa de mí y ,estrictamente,  para conmigo. Así, como suena, en primera persona del singular.

Está bien que cada cual tenga su tótem, su icono, su imagen sagrada, su entelequia, su dios supremo, su incógnita…a quien elevar sus plegarias; pero que nadie las guíe oficialmente, porque entonces estás perdido.

Confieso que soy bastante mía para estas cosas, y que no debí embarcarme en aquella peregrinación, porque luego corroboras, con creces, lo que ya te imaginabas: que la Iglesia es un emporio de padre y muy señor mío, Amén.

La Santa Madre Iglesia nos machaca una y otra vez con que tenemos que reconocernos pequeños y humildes : ¿para ser Ella más grande y temible? Eso es justamente lo que me pasó al entrar en los dominios de Fátima: que me sentí pequeña, pequeñísima, que se me revolvió el estómago, que sentí miedo y ganas de llorar. Ni se imaginan la sensación de ahogo que me paralizaba. Por primera vez en mi vida supe lo que era padecer agorafobia en medio de aquel redil de asfalto y riquezas que yo no sabría calcular.

El resultado de todo ello fue que me puse de una mala leche supina. Notaba el corazón encogido , ¡y unas ganas de decir palabrotas! Pero no las dije,  porque seguro que me hubieran exorcizado al momento y porque una, ya lo saben ustedes, tiene demasiado glamour y, …en fin, la rabia, cuando una aprender a digerirla, tampoco sabe tan mal. A todo se acostumbra una, por desgracia.

A ver, unas preguntitas- si no queréis no las respondáis, que ya me hago yo  el cargo de que son retóricas- :

¿No eran pastorcitos a quienes se les  apareció la Virgen? ¿Pues a qué viene esa parafernalia de basílicas por todo lo alto, inmensas hasta sentirte tan nimia que, yo no sé los demás, pero yo me encontraba tan poca cosa, que miraba a todos lados por si las moscas, porque sentía que podía desintegrarme en el momento más inesperado. ¿A qué viene tanta corona de tropecientas toneladas? ¿ A qué vienen esos túneles mineros llenos de vagonetas que se llevan lo que los desesperados en esta vida donan para merecer un milagro?

¡No me pongan esas caras! Que sí, que sí, que Vítor, el simpático guía que nos acompañó, nos dejó bien claro que los bajos de Fátima, ese lugar de fe y espiritualidad que, dicho sea de paso, te cambia el significado de la fe y la espiritualidad, es todo un laberinto minero con carretillas mecanizadas que se llevan nuestros cuartos, ipso facto, esto es,  en cuantito que son depositados.

¿Entienden ahora que se hagan santuarios, verdaderas obras faraónicas, para, dicen ellos, honrar a la Virgen o santos y santas de turno, como se merecen?

¿Entienden por qué no se erigió un altar, mondo y lirondo, en medio del campo, que es donde, según los pastorcitos, se les apareció la “Señora”?

¿Esto no es acaso reírse de la fe del pueblo?: Vamos a aprovechar lo que dicen estos cuitados y nos montamos un chiringuito de aúpa, ¡a qué ton levantar un altar a campo abierto donde la imagen de la Virgen fuera mancillada por aves y otros animalejos!

A la vista de tanto fasto , que nos deja a algunos noqueados, porque ya no sólo es el Vaticano, que debe ser la antesala del Paraíso y que se me han quitado las ganas de ver en persona, sino las sucursales éstas , que no están nada mal, de Fátima, Lourdes, etc, etc… que hacen a la Iglesia y a sus mandatarios sospechosos, al menos, de arrebatar la fe de un plumazo a sus fieles. ¿Esto es predicar con el ejemplo, o esto qué es lo qué es?

¿Alguien me puede decir a dónde fue a parar el mensaje de Jesucristo? El verdadero mensaje, eh, el de la pobreza, el de la humildad, el de ponerse al lado del que sufre…¿Qué ha hecho con él  esta Santa Iglesia politizada, que mira tan sólo para sí misma y que muy poco le importan las miserias de los pobres?

Comparen la actitud vital de Jesucristo que se mezcló con pobres, putas y fariseos, con aquellos que verdaderamente necesitaban de un mensaje de esperanza que los redimiera de la vida de miseria que les había tocado en suerte…comparen esto con la actitud vital de los que manejan el cotarro de la Iglesia. Es difícil encontrar el parecido, ¿verdad? Lo malo de la Iglesia es, a mi modo de ver, que no cree en la ética ni la practica y por ello ha terminado por asesinar el mensaje primigenio de Jesucristo ,que sí creía en la ética y la practicaba.

Quede claro que mi indignación va contra los politicastros de la Iglesia, no contra los curas, monjas, voluntarios y otros de similares oficios, que viven a pie de barrio y se desviven por sus convecinos, vayan o no vayan a misa. Éstos sí que se dan a los demás y se ponen a su altura, haciéndoles un poco más fácil la vida, olvidándose de engordar sus particulares andorgas.

Pues eso, que los túneles para las minas, no para poner pronto a “buen recaudo” lo que los fieles, dejándose llevar por la desesperación, que es muy mala consejera, depositan en manos de la Iglesia.

Por si no hubiera quedado lo suficientemente claro, os diré, grosso modo, en qué se resume mi credo ético particular:

Yo, palabrita de Julia, creo en el hombre y en la mujer corrrientes y molientes, que rezan de corazón por el que tienen al lado y están prontos a levantarlo si cae.

Creo en el mensaje llano y verdadero de Jesucristo, de amor incondicional hacia el prójimo que es una prolongación de mí misma, pero me asustan esos que quieren imponerme lo que ellos llaman “Ley de Dios”.

Reniego de la inmensa oscuridad de Fátima y santuarios por el estilo y abrazo la luz de Nazaré asomado al océano, la luz que desprendían los ojos dulces de aquella gaviota que posó, paciente, ante mi cámara de fotógrafa inexperta.

Creo y me dejo llevar por las plegarias, humanas y sencillas, contenidas en esas historias de amor marinero , escritas en el corazón de las «mujeres de siete faldas».

Creo y me emociono al escuchar la vieja historia que me cuenta Victoria que, a punto estuvo de casarse , hace ya muchos años, con el hijo del cónsul de Portugal.

Amén.

Mª José Vergel Vega

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