La caída de Mubarak
A todos los capitostes de Occidente los dedos se les están haciendo huéspedes para saludar, con plácemes y norabuenas al pueblo egipcio, la caída del régimen de Mubarak y para, solemnes y unánimes como los cisnes de Rubén Darío, celebrar el inicio de un proceso de democratización del país. El cinismo y la hipocresía no conocen límites, muy especialmente en lo que a diplomacia y relaciones internacionales se refiere. Muchos de los que hoy tanto se felicitan por la caída del dictador son los mismos que, hasta la fecha, no habían movido un dedo por contribuir a su derrocamiento y, verbigracia, también son los mismos que, asustados por la victoria electoral del Frente Islámico de Salvación en Argelia, aplaudieron el golpe militar que cercenó la incipiente democracia en este país. La política exterior está llena de paradojas de este tipo y es un terreno en que los ideales suelen ser barridos por el posibilismo. No cabe duda de que el Primer Mundo, ante el dilema moral de apoyar, aunque sea tibiamente, dictaduras aliadas de los intereses occidentales, o favorecer sistemas democráticos que puedan facilitar el acceso al poder a grupos no afectos, léase integristas islámicos, suele inclinarse por lo primero, aunque sea, por cubrir las apariencias, a través de un apoyo más tácito que explícito basado en el “laissez faire, laissez passer”, o sea, y hablando en plata, en...
Read More

