MI PUEBLO EN LOS ZAPATOS
No sé si os he dicho alguna vez que me gusta vivir en este pueblo en el que nací hace ya cuatro décadas. Me gusta vivir aquí y estoy orgullosa de mi pueblo. Me reconforta escuchar el revoloteo de los pájaros por las mañanas, el canto de la oropéndola que me ha acompañado toda la vida y que reconocería entre miles de cantos. Es un milagro gozoso ver los primeros rayos de sol que, tímidamente se desperezan, ver como la Señora Niebla saca su varita mágica y se hace dueña y señora de los campos, para después desaparecer con otro golpe de varita y mostrarnos un paisaje que aparece ante nuestros ojos como recién creado. No hay paz como la de mi pueblo, paz campesina, recién inventada. Ni gentes como las de mi pueblo, sencillas, inteligentes, de burla fácil, de fácil sonrisa. Mi pueblo es de los pocos que aún huele a pan recién hecho. Ha sido el paso de los años lo que me ha ido haciendo querer a mi pueblo de esta manera, enamorarme de el hasta el punto de jurarle amor eterno, o al menos, hasta que la muerte nos separe. Os confieso, sin vergüenza alguna, que es aquí donde quiero vivir, puesto que es aquí donde mi vida cobra todo su sentido. Es aquí donde mi alma se conmueve al contemplar los campos, los caminos,...
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