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Miserere o la farsa inmisericorde del mundo

Miserere o la farsa inmisericorde del mundo

 

«Desde entonces tuve el corazón descalzo» (Jaime Sabines)

Algunas veces vuelve la lluvia para resucitar los miedos del pasado. Regresa con ella el monstruo y tenemos frío. Zozobran los barquitos que construimos con manos temblorosas. Una y otra vez somos obligados a morder la manzana del pecado que nos arroja del paraíso.

El monstruo nos mira a los ojos y terminamos por sentirnos cómplices de su juego macabro. Una babel de espanto nos envuelve y arden las naves que ni siquiera dio tiempo a cargar de esperanza. No bien hemos sido alumbrados al mundo, cuando ya se espera que emprendamos el camino que alguien trazó para nosotros, indefensos polichinelas en un teatro de sombras.

Echamos a andar y a cada paso nos acecha el monstruo que vive en el espejo. Y entonces revivimos el horror. Los terrores de la infancia nos devoran como águilas hambrientas. Nunca muere el monstruo; su rabia alimenta larvas que darán vida a nuevas fauces, que seguirán  devorando lo que queda de nuestra inocencia.

Continúa la lluvia incesante, llevándonos a golpes hacia el holocausto donde quedó ahogada nuestra infancia. No hay nada más terrible que ser niño se convierta en una condena, descubrir que se deja atrás la inocencia cuando uno pierde sus sueños en las embestidas  contra el monstruo.

La vida de los arrojados del paraíso de la infancia es una tempestad en blanco y negro, sótano oscuro iluminado por la camisa blanca del verdugo; camisa blanca que no lava conciencias. Y entre la tempestad, las preguntas que nos golpean como martillos: ¿Somos realmente libres de tomar el camino que queremos? ¿Puede el verdugo elegir otro papel que no sea el de brazo ejecutor del horror ? ¿Puede en algún momento la víctima dejar de serlo?  

Los extremos están condenados a encontrarse. Y el martillo sigue golpeando sobre el yunque sangrante de nuestra conciencia: ¿Puede el verdugo devenir víctima y ésta verdugo? ¿En qué momento a los dioses se les fue de las manos el asunto sagrado de la creación y nos dejaron como legado un mundo que es una farsa inmisericorde? ¿En qué momento el amor deja de ser un sentimiento noble para convertirse en algo aberrante? ¿Dónde está la misericordia que debemos a los afligidos?

El monstruo se nos presenta como un mártir ante  la sociedad, ante sus víctimas  y ante sí mismo. Se atreve a sostenernos la mirada. Nos señala con el dedo. Y nos dice lo que nuestra conciencia trata de callar: todos somos responsables de este diluvio de deshumanización en el que nos vamos hundiendo. Todos somos responsables de la destrucción de la misericordia que hace tiempo no sentimos por nuestros semejantes; unos, porque las circunstancias los han convertido  en ángeles exterminadores, otros, porque con nuestro silencio de estatuas contribuimos a alimentar la hidra de la degeneración del monstruo.

 El silencio no borra la tragedia de Briones y demás niños perdidos , la alimenta con cada aguacero haciéndola cada día más presente.  El silencio siempre nos posiciona del lado de los Gancedos sin escrúpulos que pueblan este mundo impío. Ni el olor del incienso camufla el aroma de la podredumbre.

Es muy difícil rebelarse contra quienes sajaron la pureza de la infancia. Cuando el paraíso de la niñez se convierte en la antesala del infierno, volvemos a hacer una y otra vez lo que se espera de nosotros: morder la manzana del pecado y plegarnos a los deseos malsanos del monstruo y pisar por donde él pisa.

 Es muy difícil volar cuando se ha estado preso. Una losa de tristeza nos sepulta cuando comprobamos que si  de algo somos testigos, es de la desolación de la quimera. Una vez estuvimos llenos de sueños, pero alguien estranguló  la guirnalda de mariposas, que los traía y los llevaba uncidos a nuestra cintura de infantes.

En ambos escenarios- el del teatro y el de la vida-, Pandora continúa  esparciendo las plagas de su caja por el mundo ,y Saturno sigue devorando a sus hijos en un banquete macabro que no tiene fin .

 En algún paraíso cercano, un monstruo viejo y desdentado, sigue removiendo el caldero donde guarda la sangre blanca de los silenciados.

Foto: Ricardo Rodrigo

Mª José Vergel Vega

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