PONER PUERTAS AL CAMPO (Sobre estatuas, pedestales y otras "neuras" de la SGAE)

“…quien persigue eternidad recoge soledad”
La elegancia del erizo, Muriel Barbery

Siento confesarles que en los tiempos que corren, me cuesta poner sobre el papel palabras hermosas. De metáforas y otras lindezas con las que los poetas maquillamos lo que, a pesar de los pesares, parece no tener remedio, mejor no hablar. Si tengo que ser honesta y sincera conmigo misma y con los que aún os atrevéis a leerme, lo que ahora mismo me gustaría sería abrir un agujero en el mundo y meterme en él buscando el refugio cómplice del olvido…y esperar a que escampe o que esto estalle por donde sea. Pero…la verdad, me ha dado pereza ponerme a cavar, porque sería como remover el limo del sentimiento, tan mirameynometoques.
De un tiempo a esta parte han hecho de mí su casa toda suerte de sunamis, terremotos gradosiete y mil y una catástrofes y naufragios, siempre al acecho y que aprovechan el más mínimo descuido para arruinarme la sonrisa, porque una es, ya lo dijo Ortega y Gasset, también sus circunstancias.
Pero, por la misma razón de la rabia que siento, me he dejado de agujeros y de gaitas, y he pensado que lo mejor sería agarrar el toro por los cuernos y llenar el papel con mis «neuras»; y remover conciencias, si es que aún quedan conciencias dispuestas a ser removidas.
Y, aprovechando que aún, a los que somos lectores empedernidos, nos dura la agradable resaca del Día del Libro y las Ferias varias que se montan en torno a él, voy a exponeros mi punto de vista sobre los tan traídos y llevados “Derechos de autor”.
A propósito de los mismos, decía el poeta Daniel Casado: “Sólo el mediocre teme que lo copien.(Bueno, el mediocre y el “agarrao”)
Que tire la primera piedra el que pueda decir que es original, único, inimitable…Si alguien se atreviera, con todos los respetos, no se conoce en absoluto. Ese alguien debería mirarse más en los otros y dejar de complacerse en la contemplación de su propio ombligo, tan igual o parecido al resto de ombligos. A ver cuándo nos damos cuenta de que si bebemos de otros, cosa que no es constitutiva de delito, nuestra sed como artistas quedará saciada y ganará el ARTE, con mayúsculas.
Si yo escribo hoy en día, es porque he leído, leo y seguiré leyendo. Y, mientras leo, me miro y me reconozco a mi misma en lo que otros han escrito, y en lo que yo misma soy capaz de escribir, por supuesto. Lo que escribo, pues, ha de ser el fiel reflejo de todo cuanto he leído y me queda por leer, por suerte; y también de lo que soy, porque yo soy cuanto escribo.
O mucho me equivoco, o este pensamiento mío no coincide en absoluto con el de los miembros de la SGAE, pues en los círculos culturales en los que me muevo, hay quien pone cara de susto y se le crispan los pelos cuando se avecina alguna celebración y hay que echar mano de los textos de otros, o te atreves a llevar a escena algún montaje en el que has puesto todas tus ganas, amén de tu tiempo y, a veces, hasta el dinero de los tuyos. ¡Jesús, qué sinvivir!
Entre la SGAE y los autores a los que llaman “consagrados”, ¿Consagrados por quién y a cuento de qué? Por lo visto, en este país, si no ganas, verbigracia, el Planeta, el Nadal y otros por el estilo; o tienes, pongamos por caso, un golpe de «inspiración» y escribes el best-seller de la temporada, no eres nadie en el panorama literario. A los que escribimos y no publicamos de forma notoria, nos han llegado a llamar incluso “chiquilicuatres”, amparándose en no sé qué suerte de “pedagogía social”. Hay quien sólo quiere ver la punta del iceberg. ¿Y todo lo que está sumergido? ¿Eso no tiene importancia?
Uno escribe, evidentemente, porque tiene algo que decir y esto le parece interesante y quiere compartirlo con los lectores; o escribe para aliviarse de esas “neuras” que lo atormentan. Ambas cosas son igual de honestas, sin contar con lo que te ahorras en psicólogos.
Hay que ser humilde por encima de todo. Dar a los demás, sin cortapisas, lo que uno, desde su modestia, es capaz de crear. Y si acaso hubiera algo digno en nuestra obra de ser imitado , deberíamos sentirnos orgullosos de que otros se enriquezcan y crezcan como artistas ¿a nuestra costa?
Para poder llamarse ESCRITOR o ARTISTA a boca llena, hay que ser humilde y bajar de ese pedestal de estatua en que algunos están encaramados, porque “La estatua es una vida encadenada” dijo Mario Benedetti. Huyamos de ser estatuas intocables y lo que es peor, insensibles. Dediquémonos a ejercer de seres de carne y hueso que sientan y vibren con las obras hermosas que otros nos regalan y con las que nosotros podamos regalar a ellos.
Nadie diga que se conoce a sí mismo, si no es capaz de reconocerse en los demás. Que nadie aspire a ser eterno si no es dándose a los otros a través de su creación. Este debería ser el mejor premio para los que como yo, y quiero imaginar que para todos los artistas, sean o no miembros de la SGAE, hemos hecho del oficio de crear, nada menos que una manera de vivir, la única que conocemos; aunque a una inmensa mayoría, entre los que me incluyo, no nos dé para comer.
Blindar mis palabras para que los otros no las disfruten o no tengan derecho a sentirlas como suyas, a transformarlas , a crecer en ellas, a ponerles nuevas alas, es como poner puertas al campo. No he entendido nunca el énfasis que ponen algunos en los “derechos de autor”, si no es por la poderosa razón de poder vivir del cuento. En palabras de Daniel Casado: ¿Cómo voy a proteger mi obra, si mi obra soy yo?”

Mª José Vergel Vega

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