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Tan callando

Tan callando
Detalle de la portada de "Los enamoramientos" de Javier Marías. Foto Internet

Detalle de la portada de «Los enamoramientos» de Javier Marías. Foto Internet

Cada día nos levantamos con noticias asesinas. Desayunamos, comemos, cenamos y vamos de unos asuntos a otros, haciendo como si tales cosas no nos importaran lo más mínimo. Hay que vivir, decimos, y cada cual se incorpora a su rutina diaria como si la cosa, verdadera y desgraciadamente, no fuera con nosotros.

Muertes, guerras, catástrofes, incluso escenas cotidianas amables o hermosas historias de amor, nada nos inmuta. Es el pan nuestro de cada día, decimos mientras apagamos la tele, cambiamos la emisora en la radio o damos carpetazo al periódico, y a otra cosa. No me cansaré de decirlo: tenemos anestesiado el sentimiento: «Se convive sin problemas con mil misterios irresueltos que nos ocupan diez minutos por la mañana y a continuación se olvidan sin dejarnos escozor ni rastro…Necesitamos sentirnos supervivientes e inmortales a diario, por contraste, así que cuéntennos atrocidades distintas, porque las de ayer ya las hemos gastado».

Siempre me he preguntado por qué tenemos tanto miedo a la muerte, no entiendo el desconcierto que nos produce pensar en ella, cuando sabemos que forma parte de nuestro equipaje para la vida . ¿Por qué la llamamos fatalidad? ¿Acaso no es lo más natural del mundo que el vivir desemboque en el morir?  Deberíamos estar preparados para asumirla de manera natural, pero preferimos pensar que la vida se va a estirar eternamente.

Particularmente, no me obsesiona la muerte como tal, pero sí me pregunto qué nos rondará por el corazón y por la cabeza en los alrededores de la muerte, ¿acaso pensaremos en nosotros o tal vez en aquellos que dejamos aquí?Tengo grabada en mi cabeza una frase que escuché a una mujer que acababa de perder a su marido de repente. A la hora de ir a enterrarlo, ella sólo repetía con voz de niña que su marido no podía quedarse allí porque hacía mucho frío.

Eso es lo que me martillea las sienes: que los muertos se quedan solos y que al lugar donde van hace mucho frío.

Pero a los muertos hay que dejarlos marchar y tener mucho cuidado con cómo los soñemos , porque incluso en sueños podemos retenerlos y convertirlos en almas errantes que no encuentren el reposo que merecen. ¿Por qué nos empeñamos en imaginar qué haría el finado en ésta u otra cuestión, qué palabras exactas diría? Nos obcecamos  en hablar por la boca de los muertos y así no hay forma de que cada cual encuentre su camino.

Para que el mundo siga girando y el día de mañana tenga un sentido, es preciso que existan la vida y la muerte, que no se diferencian demasiado, como todos los extremos. Es mentira que en la muerte se acabe todo; la muerte, de alguna manera, propicia la vida. Todo deja de ser en un instante para dejar , aunque lo veamos un sinsentido, que la vida avance. Nuestra existencia se compone de pequeñas muertes que nos suceden cada día. Acaso la vida no sea más que una suma de pequeñas muertes que dan lugar a más vida y, ésta, necesita diluirse en nuevas muertes para poder regenerarse de nuevo. Y las vidas y las muertes de todos los que habitamos este mundo tan complejo se van encontrando por el camino, en el que , no debemos de olvidar, somos caminantes que van de paso.

Leyendo «Los enamoramientos» a una le da por pensar que todo cuanto nos pasa ya estaba escrito en alguna novela: «La ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da…, y en este caso nos permite imaginarnos los sentimientos de un muerto que se viera obligado a volver, y nos muestra por qué no debe volver».

Hemos de sacudirnos a los muertos, porque nadie puede vivir con echarse la pena a las espaldas  de perder a un ser querido por días sin término; pero también los muertos terminan por dejar el lastre de los vivos.Es el tiempo todopoderoso el que está ahí para que cada cual encuentre su camino : Cronos , el que  conduce la rotación de los cielos y el eterno paso de las horas. Todos estamos subyugados por el poder tiránico del Tiempo. Cronos es tan poderoso que nos cambia sin siquiera sospecharlo. Quizá no nos cambien tanto las circunstancias como el tiempo. Es tanto su poder, que a veces se hace necesario plantarle cara, si es que encontramos la manera, y dar un salto mortal para que aquel anciano de largos cabellos no termine por robarnos la dignidad, tan callando.

«No sólo hay que dejar marchar a los muertos cuando se demoran o los retenemos; también hay que soltar a los vivos a veces»

Mª José Vergel Vega

 

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