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EL FRACASO DE LA EDUCACIÓN

Cada cierto tiempo se publican cifras sobre el llamado fracaso escolar. De esto suelen hacerse eco los medios de comunicación que, con su tendencia a provocar la alarma, consiguen desasosegar a las instituciones y poner en alerta a los sufridos padres de los alumnos. Estos datos normalmente reflejan estadísticas de suspensos por cursos, de abandonos de los estudios antes de tiempo, el número de alumnos que muestran desinterés por las materias que tienen que cursar obligatoriamente, etc. Según los baremos que utilizan este tipo de mediciones, los resultados pueden ser escalofriantes si sólo nos quedamos con el dato, con una cifra negativa. Pero fijarnos sólo en esto y evaluar así a toda una generación de jóvenes en una sociedad o a toda una hornada de estudiantes de una época puede ser tan simplista como lo son la mayoría de las veces estos estudios estadísticos.

No podemos considerar fracasada a una persona porque no sea evaluada positivamente según unos criterios convenidos; unos criterios que han sido creados para medir a todos bajo unas reglas académicas. No es que esto no sea justo, al menos según el concepto de justicia que tenemos, porque se mide a todos por el mismo rasero, pero sí es discriminativo porque se premia al que mejor se adapta a las reglas, no sólo al que las cumple, sino al que las domina y destaca por encima de los demás en esa especie de juego de rol inventado para superar cursos. Además, muchas veces los criterios son comparativos entre los propios alumnos y, claro está, cada persona es diferente y maneja mejor una serie de cualidades o habilidades que no necesariamente tienen que ser las convencionales, que la mayoría de las veces se reducen a la memoria o a la rapidez en la capacidad de captar lo que el profesor transmite. Otras veces las comparaciones en los informes publicados son entre distintos países; gran despropósito si no consideramos las diferentes culturas y maneras distintas de entender la vida de cada país o incluso si no tenemos en cuenta si los métodos empleados en la educación son los mismos.

Basados en estos fracasos o suspensos o como quieran llamarlos, los políticos se empeñan en tomar medidas en forma de asignaturas, unas veces; como adoctrinamientos espirituales, otras; y como soluciones totales o drásticas cambiando leyes, en las ocasiones en las que tienen poder para ello. No profundizan en el problema de fondo de la educación, sino que se quedan en los resultados de una manera superficial para paliar o arreglar esos fracasos escolares. Unas veces por desconocimiento, otras por interés y otras por incapacidad nos encontramos con que gobierno tras gobierno, sean de la ideología que sean, no afrontan realmente este problema, sino que se van poniendo parches y así vamos tirando.

La verdadera cuestión está en la raíz misma del concepto de enseñanza, en la manera en la que está concebido el más ortodoxo academicismo. Los sistemas establecidos no son o no deberían ser la única forma de hacer llegar los conocimientos a los alumnos. ¿De qué sirve que un niño esté todas las tardes martirizado “haciendo los deberes” si luego no puede desarrollar sus capacidades creativas? ¿De qué sirve aprender de memoria la lección si no tiene tiempo para ver el mundo que le rodea y que alguien se lo enseñe? Aquí estaría la clave: enseñar a pensar sobre el medio en el que vivimos y potenciar la creatividad. Pensar y crear. Los métodos actuales son efectivos siempre que no sean exclusivos y siempre que los temas de las materias clásicas como las Matemáticas o la Literatura, entre otras, sean considerados como base irrenunciable de la formación, pero no como objeto final de ésta. La base es fundamental, pero el error está en no ir más allá, en quedarnos en memorizar y ser capaces de contestar correctamente las preguntas de un cuestionario llamado examen y se acabó.

Si se diera la vuelta al sistema (no pretendo ser un revolucionario ni poner contra las cuerdas lo que ha venido funcionando desde mucho tiempo atrás, esto sólo es una reflexión para el que quiera recoger el guante), se conseguiría que cada alumno descubriera por sí mismo las cosas que le llaman la atención en la vida o que fuera capaz de desarrollar habilidades o capacidades creativas que, de otra manera, podrían permanecer ocultas. Esta manera de entender la enseñanza ayudaría a los alumnos a valerse por sí mismos en el trato con la vida y con las personas. Facilitaría las cosas para tener iniciativas y no depender sólo de lo que nos viene dado. Se evitarían estúpidos fracasos inventados que sólo crean traumas y hacen comparaciones entre individuos que no tienen nada en común. Todo esto sin olvidar la base de la que antes hablaba porque no se puede perder la perspectiva de lo que somos ni de lo que hemos avanzado en cuanto a conocimientos.

Para poner estas ideas en práctica hay que actuar sobre muchos factores: leyes educativas, preparación de profesores, asesoramiento de pedagogos… Todo esto supone esfuerzo y tiempo, pero lo más importante es cambiar la mentalidad de los agentes que intervienen en el proceso educativo.

Roberto C. García Donoso

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6 Comments

  1. rifle

    Interesantísimos artículo, debate y comentarios. Muchas aportaciones de diferente ideología, con respeto y buena exposición.

  2. Jonás F. León

    «Confiar la instrucción pública al Estado constituye aviesa maquinación tendente a moldear la mente humana de tal manera que no exista la menor diferencia de un individuo a otro; el molde a tal efecto utilizado es el más grato al régimen político imperante, ya se trate de una monarquía, una teocracia, una aristocracia, o bien a la opinión pública del momento; en la medida que tal cometido se realiza con acierto y eficacia queda entronizado un despotismo sobre la inteligencia de los humanos, que más tarde, por natural evolución, somete a su imperio el cuerpo mismo de las gentes» Este párrafo lo escribió John Stuart Mill hace casi dos siglos. Cómo vemos, algunos de los problemas de las sociedades modernas siguen siendo esencialmente los mismos que en el siglo XIX.
    El auténtico problema de la educación en España es el mismo problema que tiene cualquier sector estatalizado o de monopolio público, dónde no rigen las reglas del mercado libre competitivo. Tiende a ser ineficiente, a despilfarrar recursos y a ofrecer un servicio de escasa calidad, además de que se presta a que el poder político se sirva de él para utilizarlo en su propio beneficio, como herramienta de adoctrinamiento.
    ¿Cuál es la solución para ofrecer una educación de mayor calidad y evitar el creciente colapso del modelo educativo? La misma que en la mayoría de sectores: la liberalización, o, dicho de otra forma, la introducción de la política del «cheque escolar».
    Este modelo se basa en que las ayudas del Estado, en lugar de destinarse a los colegios, se transfieren directamente a las familias, de forma que éstas son las que deciden el centro al que envían a sus hijos. La ayuda por cada niño escolarizado se corresponde con el coste del puesto escolar. Con ello se introducen la libertad de elección y la competencia. Los centros, que dejarían de depender del Estado, para pasar a manos privadas, han de mejorar su oferta para dar satisfacción a sus clientes, con lo que se eleva la calidad y se amplia la diversidad de la oferta. Los padres, además, serían libres de elegir que principios y valores son los que desean inculcar a sus hijos, e incluso en que aspectos de su educación les gustaría que se incidiera. Se evitarían también los problemas derivados de los conflictos lingüísticos.
    El efecto sobre el profesorado sería que tendrían un incentivo para desarrollar mejor su profesión, evitando la burocratización y el apoltronamiento del modelo público, ya que pasarían de ser funcionarios acomodados dependientes del Estado, a entrar en una dinámica competitiva de mercado. Los colegios estarían interesados en contratar a los profesores más creativos, dinámicos y preparados. El poder de adoctrinamiento desaparecería asímismo, puesto que la libertad de elección traspasaría este poder de los políticos a la sociedad; ésta sería la que lo administraría mediante el mecanismo del mercado libre. Al Estado le quedaría el papel de establecer los mínimos exigibles en la educación y ejercer la inspección.

    Por supuesto la idea no es mía, sino del Premio Nobel Milton Friedman, y se aplica ya en Suecia, Nueva Zelanda, Australia, algunas regiones italianas y varios estados norteamericanos. Sus efectos en la práctica han sido los que supone la introducción de la competencia en cualquier sector: Reducción del gasto y mejora de la calidad. En Estados Unidos, por ejemplo, se ha puesto en práctica en barrios deprimidos, con colegios conflictivos, y los resultados han sido espectaculares.

    Sin embargo, en España, el «cheque escolar» se ha convertido en un tabú intelectual.¿Por qué? En primer lugar porque todas las corrientes políticas e intelectuales antiliberales y totalitarias, ya sean socialistas, socialdemócratas, conservadoras o nacionalistas, o sea, todos aquellos que no creen en la libertad de elección de la sociedad, no están dispuestos a perder el poder de moldear a su antojo las mentes de nuestros jóvenes, siempre de acuerdo a sus respectivos valores que, como buenos totalitarios, consideran superiores a los demás. Segundo, porque a los señoritos funcionarios docentes, -«¿dónde irá el buey que no are?» se dice en «La Celestina»- por supuesto, les interesa mucho más un sistema estatificado, en el que tienen la mamandurria y la poltrona asegurada por muy ineptos, incompetentes e incapaces que se muestren en el ejercicio de su labor, que un sistema competitivo, dónde los más eficientes son premiados y los que no ejercen su función con la suficiente eficiencia son sustituidos por otros más aptos.

    Por ello, en esta España de nuestros pecados, dónde los liberales son pocos y los totalitarios muchos, y dónde el «lobby» funcionarial tiene una fuerza enorme, no creo que a corto plazo se liberalice ese último gran reducto del estatismo que es la enseñanza, y seguiremos manteniendo un modelo educativo que nos sale caro, que se presta a la politización, y que ofrece un servicio de ínfima calidad.

  3. Anonymous

    Por supuesto los políticos deberían tratar este tema con más responsabilidad (no preocupándose únicamente de si debe ser o no obligatoria la asignatura de Educación para la ciudadanía), más que nada porque de ellos dependen las Leyes Educativas, y tienen la llave para crear y modificar a su antojo.

    Pero creo que el transfondo del asunto no es exclusivamente la materia política. Es un problema que va más allá de lo extrictamente político, ya que conseguir una solución o cambio a lo que hoy tenemos, es función de todos los implicados en el Sistema Educativo. Las percepciones que tengamos de un profesor u otro, según cómo nos haya dado las clases, las recordamos por mucho tiempo. Y es lo que nos queda.

    Creo que se necesita un cambio en la forma de dar las clases, dar prioridad a la motivación, creatividad y desarrollo personal del alumno, y formar personas con iniciativas y preparadas para afrontar todos aquellos retos con los que se va a encontrar a lo largo de su vida; en lugar de premiar al que para un examen se sabe como un ‘papagayo’ todas las conjugaciones verbales aunque no sepa emplearlas cuando habla. José Pedro tiene razón cuando dice que el profesorado está acomodado. Posiblemente, a igual que los políticos, también los profesores deben reflexionar.

  4. VECINOS DE TORREJONCILLO

    QUEREMOS SABER EL PROGRAMA DE LAS FIESTASSSS YAAAAAA, PERO ESTO QUE ES A 10 DIAS Y NO SE SABE NADA, LOS CURRANTES DEL BLOG, NO SABEIS NADA?? METER PRESION AL AYUNTAMIENTO

  5. José Pedro

    Si los políticos se preocuparan en hacer una simple encuesta a la comunidad educativa: padres, alumnos, profesores, etc, qué opinión les merece las continuas reformas superfluas, ineficaces y muchas veces inviables, debido a que no se pueden llevar a la práctica en el aula, alomejor, se tomaban este tema con un poco de seriedad.

    Es imperiosamente indespensable un consenso político en este aspecto, con una garantía de perdurabilidad de un número de años suficientes para poder llevar a cabo los objetivos que se marque la ley en cuestión.

    Crear herramientas de modificación para cambiar aquellos aspectos de la ley que no funcionen.

    Y sobre todo, bajarse de la parra y ponerse a la altura de lo que hoy es una clase.

    Si alguien se molesta en leer la última ley vigente, LOE (ley orgánica de educación) sobre el papel todo es maravilloso, «con esto vamos a arregrar todos lo problemas educativos habidos y por haber».

    Pero cuando te encuentras con un alumno/a que no trae nada a clase, que te dice desde el principio que no quiere hacer nada, que está allí obligado, que si por él fuera ya se había ido de allí hacia tiempo, que no va a escribir ni una letra porque no le sale de los h…, y que no te pases ni un pelo…

    Consultas con el equipo directivo y te dice que hay que convencerlo/a, cutivarlo/a, engancharlo/a, controlarlo, porque no le puede expulsar de clase, lo máximo ponerle un parte y a la suma de tres de estos se le expulsa tres días del instituto. Cosa que está deseando el susodicho/a.

    Cuando te encuentras con un alumno/a de este tipo en una clase, y os lo aseguro que existe en todos los institutos, que revienta la clase a la mínima. ¿Dónde está la ley?

    Como estos ejemplos, os pongo cuarenta más.

    Y los verdaderos perjudicados son los propios compañeros, que no avanzan lo que debería avanzar.

    Otro problema está en el profesorado, en lo acomodado que está, en la falta de reciclaje del mismo y no enfocar sus asignaturas y aplicarlas a la vida real, para hacerlas más atractivas.

    Y no se libran los padres, pero esto es el debate eterno.

    Por supuesto no se puede meter a todo el mismo saco, y hay mucha gente: profesionales y alumnos modelos. Gente que hace que pienses que merece la pena el esforzarte y creer que tu esfurezo puede valer para algo.

  6. nemo

    Creo que el tema de la educación es muy serio y preocupante y me parece muy bien que lo hayas sacado a la palestra(nunca mejor dicho) Pienso que los políticos de los diferentes grupos deberían dejar de tomárselo como un tema arrojadizo de unos contra otros aprobando y derogando leyes educativas según quien esté en el poder. Los únicos perjudicados son los niños y jóvenes, marionetas de tal o cual ley. Deberían reflexionar un poquito y aunar esfuerzos para conseguir entre todos una reforma educativa efectiva y duradera, que no esté supeditada a la legislatura del partido que está en el poder, sino que fuera consensuada por todos y a largo plazo, porque solo con la estabilidad conseguiremos resultados satisfactorios, que es lo que creo que todos deseamos. Por cierto, en una mini encuesta, ¿como se llama la ley de educación vigente actualmente?

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