COCHES, CALLES Y BESOS SIN BURBUJAS
No hace más de diez días que abandoné mi exilio voluntario de la bella Marruecos y llegué a Torrejoncillo para iniciar el verano. Recién llegado, ya a la entrada del pueblo, pude ver las nuevas carreteras que circundan la localidad y la mejora en las redes viarias que nos comunican con la autovía y con la vecina Coria. Sólo una objeción, mínima y de poca importancia: el viraje a la derecha para acceder al pueblo según se viene del Puerto de los Castaños, es demasiado cerrado y aquellos que no conozcan la entrada pueden sufrir un pequeño despiste, pero siempre salvable. Luego, según cogía la circunvalación (M·30) a la altura del Butano, dirección a San Antonio, pude cruzarme con la procesión de viandantes que utilizan la carretera como sitio de recreo y esparcimiento. Esto normalmente sucede a lo largo de la tarde, pero, sobre todo, en las horas más peligrosas para los conductores: la puesta de sol. Y yo ya lo llevo diciendo muchos años, que una carretera estrecha, con curvas peligrosas donde se cruzan con dificultad un camión y un coche, y otros incautos se piensan que están en un circuito de velocidad; una carretera – decía- con escasos márgenes a izquierda y derecha, no es el mejor lugar para que la gente paseé a sus anchas, a veces ocupando todo el asfalto en escuadras de a tres,...
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