Akiko, la mujer libélula.
Queridos lectores/as, viajeros/as de la palabra. Acomódense y prepárense para un viaje apasionante a Japón de la mano de una mujer valiente, que no se arredra ante las adversidades.
Esta nueva criatura literaria de Rosa López Casero, está escrita de una manera tan delicada, que a mí se me antoja que la traspasa el espíritu milenario del haiku y el universo de Murakami, con esa realidad especial revestida de magia sutil.
Esta criatura ha sido nombrada por su autora El valle de las libélulas . Ya el título nos sorprende con una aliteración deliciosa, la boca se nos llena de la melaza de las eles, de la ensoñación de algún paraíso lejano. Si alguno de vosotros la ha leído, estará de acuerdo conmigo en que es un canto de esperanza y confianza en la vida y de que rezuma energía desde la primera a la última palabra.
Conociendo a Rosa, no creo que haya escogido el símbolo de la libélula por casualidad. En Japón , este insecto tan delicado en apariencia, está asociado a la cultura samurái, y representa la tenacidad y la fuerza de seguir siempre hacia adelante. Yo diría que Akiko, protagonista de esta historia, es una libélula transformada en mujer.
La novela comienza con una adversativa que viene a decir algo así como: yo vivía feliz, pero la vida se encargó de que aprendiera a echarle agallas a sus embates. Porque la vida, queridos/as se compone de ratitos de felicidad ─fugaces la mayor parte de las veces─, que van enlazando adversativas y esas, son fastidiadas.
No he venido yo aquí esta noche a desvelaros la trama de la novela ni a haceros un resumen, ni a deciros si acaba bien o acaba mal, eso tendréis que descubrirlo vosotros como lectores y lectoras expertos que sois. Son muchas las cosas que pasan en la novela, no en vano abarca 30 años de la vida de Akiko, a caballo entre los siglos XX y XXI. Rosa lo cuenta tan bien que para nada el lector se siente abrumado ni tiene la impresión de que el ritmo sea frenético. Cada acontecimiento posee el ritmo adecuado. Es como si la novela estuviera inmersa en la profundidad del mar y recreara su vaivén, con sus resacas y sus mareas. Cada personaje busca su destino en ese ir y venir y nosotros lectores, con ellos, porque Rosa es experta en inmiscuirnos en esa búsqueda. Las novelas de Rosa necesitan siempre de lectores activos, marineros de mar adentro que busquen la cara oculta del iceberg.
Las novelas de Rosa son espacios en los que se dan cita los temas que nos ocupan y nos preocupan como sociedad. Y como todos somos ciudadanos del mundo nos inquietan los mismos asuntos aquí y en Japón. El valle de las libélulas repasa cuestiones tan importantes como: el mundo de los cuidados que siempre se conjugó en femenino, la soledad, la lucha por la igualdad real entre hombres y mujeres, la rigidez de las convenciones sociales, lo rural frente a lo urbanita, la invisibilidad de la mujer, el bullying, la discapacidad, el alzheimer, los enigmas de la vida y la muerte, aperturismo frente a tradición, la irrupción en nuestras vidas de la Inteligencia Artificial , lo espiritual, la solidaridad… el amor porque sin duda es el motor de la novela.
El valle de las libélulas es una llamada de atención sobre la vorágine de esta vida que no deja tiempo para lo importante, para saborear las pequeñas cosas, para lentificar y santificar los afectos, aquello que en definitiva no se compra con dinero, ese dios que nos esclaviza por los siglos de los siglos.
De todos es sabido que Rosa sabe construir perfectamente personajes femeninos potentes. En esta ocasión, no iba a ser menos. Akiko, esa libélula con fuerza de samurái, nos seduce desde las primeras líneas. Desde su posición de mujer culta, urbanita, perteneciente a la clase privilegiada, que tiene la vida resuelta, cambia su estatus para seguir al campo al chico del que se enamora a primera vista, el campesino Minoru. Akiko es esa mujer dispuesta a echar un pulso al destino, saltando por encima de las convenciones sociales, de la rigidez de una sociedad anquilosada y patriarcal. Hay momentos en los que no puede sino claudicar, y lo hace en nombre de ese amor que a veces arrebata el sentido común. No solo lucha contra el machismo masculino, sino también contra los escollos impuestos por las propias mujeres en aras de la tradición y la moral, mujeres representadas a la perfección en su abuela y su suegra.
Para Akiko, como buena japonesa con raíces extremeñas, la felicidad se resume en cuatro conceptos: paz, armonía, buen humor y complicidad, pilares que no abandona nunca así vengan mal dadas.
En El valle de las libélulas se observa una simbiosis muy clara entre lo que les ocurre a los personajes, lo que sienten, lo que piensan y lo que ocurre en la naturaleza. Vivir en armonía con lo natural, esa es la verdadera vida a la que deberíamos aspirar. La novela está llena de metáforas deliciosas: “Se fue en el verano y llenó de invierno los bolsillos de mi vida”. Naturaleza que late al compás de los sentimientos. Naturaleza que no es solamente espacio, sino que es un personaje con mucho peso en la novela. Naturaleza que se hace carne de una forma exquisita en el personaje de Katsumoto, “El señor de la montaña”, personaje institivo y primario que se mueve al compás de los ritmos de las estaciones. Aviso a navegantes: Katsumoto es un personaje clave en momentos críticos de la novela.
Al hablar antes de los pilares en los que se sustenta la filosofía de vida de Akiko, olvidé reseñar otro que a mí me parece fundamental: el darse a los demás para recomponer muchas veces los pedazos de uno mismo, siguiendo la técnica oriental del kintsugui, porque esta novela va también de restañar heridas y de abrazar nuestras cicatrices. Darse a los demás como si de uno mismo se tratara. Empatía y amor al prójimo. Sentir el dolor de los demás como propio y tener la convicción de que vivimos por los que se quedan, pero también por los que ya partieron. Y de partidas sabe mucho Akiko.
Son muchas las cosas que le pasan a esta mulier viatrix que es Akiko, a esta mujer a la que acompañamos en el viaje de su vida. Pese a tanto embate del mar enfurecido de la vida, a Akiko no le importan las veces que sea golpeada. Una y mil veces se sobrepone y se aferra a la luz de la esperanza, por tenue que esta sea, porque como dice un verso de José Hierro llegamos por el dolor a la alegría:
“Nadie puede ponerse en el lugar del otro. Nadie sabe lo que yo he sufrido. Pero no soy masoquista. Siempre he intentado sobreponerme. Y salir del bache al que el destino me ha lanzado una y otra vez”.
La vida, aunque sea a rastras, hay que vivirla. Una no sabe nunca cómo van a resolverse las adversativas. A veces se nos impone elegir entre el camino sencillo y el difícil, pero correcto. No todos tenemos el coraje de elegir este último.
En este tiempo gris que habitamos, en el que los derechos muy importantes están saltando por los aires, y las cosas para las mujeres pintan regular en muchos lugares del mundo no tan lejanos, es fundamental poder aferrarse a novelas como esta de Rosa para encontrar los arrestos necesarios y pelear como auténticas samuráis para defender nuestro lugar en el mundo, para luchar por la libertad de ser quienes deseemos ser y por no doblegarnos ante los prejuicios y las injusticias, porque las mujeres como en algún momento dice Akiko “deben disponer de su vida”. En ello seguiremos.
Muchas gracias por vuestra escucha. Espero que leáis El valle de las libélulas y que encontréis en él la fuerza necesaria para seguir caminando lo que nos reste por caminar.
Texto íntegro de la presentación de la novela de Rosa López Casero, El valle de las libélulas, que tuvo lugar en la Casa de Cultura «Raúl Moreno Molero» de Torrejoncillo el miércoles 1 de Abril de 2026.
Mª José Vergel Vega

