La Sauceda 1950-2017: Instantes de vida

La Sauceda 1950-2017: Instantes de vida

El pasado 9 de Agosto tuvo lugar el esperado encuentro entre colonos, maestras y alumnos de La Sauceda, centro que permaneció abierto entre 1966 y 1978.

Dicho encuentro, fraguado en una conversación entre amigos y antiguos alumnos , a los que podía la añoranza por aquellos años felices de la infancia, pasados en aquellas tierras, tuvo lugar en las Hiedras, hermoso jardín de Torrejoncillo.

Dámaso Rodrigo, Pilar Fernández y Mª José Vergel, alumnos de aquella alegre escuelita de la Sauceda, fueron los conductores de los actos ,que fueron intercalándose entre plato y plato, de la cena de amistad de la que disfrutamos todos los asistentes.

El centenar de invitados fueron recibidos por la Comisión creada al respecto y que estaba compuesta por los tres alumnos arriba nombrados y la maestra, Conchi Vega. La emoción flotaba en el aire, ya que había personas que no se veían hacía muchísimos años.

Una preciosa luna, asomada a las tapias del hermoso jardín de las Hiedras, fue testigo de tanto gesto hermoso y tantos recuerdos como afloraron aquella noche y que a todos los allí presentes nos venían arañando el alma hacía ya mucho tiempo.

El acto tenía como objetivo principal, no sólo la toma de contacto entre colonos y alumnos de La Sauceda y fincas aledañas, sino también el homenaje a las maestras que  dieron parte de su vida por hacer libres a todos y cada uno de los educandos que fueron pasando por sus manos: Rosa, Esperanza, Virgilia, Remi, Felisi, Conchi  e Inmaculada.

Era un encuentro muy esperado por todos los participantes. Como anécdota, decir que Esperanza, aquella maestra trujillana que nos contó como venía al pueblo desde la Sauceda montada en la burra “Massiel”, se desplazó nada menos que desde el País Vasco, donde reside en la actualidad, para estar con sus alumnos de entonces esa noche. Y Rosa e Inmaculada, que no pudieron acompañarnos por motivos personales, nos enviaron una carta y un video muy emotivos, en los que expresaban su cariño  por todo lo que vivieron en aquella escuelita humilde y luminosa como pocas.

Pilar Fernández, antigua alumna que asistía cada día a clase a La Sauceda montada en el tractor de tío Tivo, hecho que era, según sus propias palabras, como subir en los cacharritos de las ferias, fue la encargada de dar la bienvenida a los asistentes y dirigir un sentido recuerdo a los que ya no estaban entre nosotros y que también escribieron la historia de aquella escuela y de aquella tierra que siempre guardará su memoria.

Recordar es traer al corazón , y aquella noche del 9 de Agosto aquellos a los que tanto queremos, estuvieron entre nosotros. Pilina, como la llama cariñosamente Dámaso, dio las gracias a esas mujeres valientes que, aún con escasez de recursos y muchas dificultades, supieron coeducar a esos niños y esas niñas que acudían al único aula ávidos de aprender cada mañana, niños y niñas que recibieron una enseñanza integral, sin distinción entre unos y otras.

Una vez calmada un poco el hambre con unos ricos entremeses, Dámaso , Arquillejo de pura cepa, hijo de las tierras de la Sauceda,   siguió alimentando nuestro espíritu, haciendo un recorrido histórico desde el asentamiento en chozos de aquellos colonos  hasta que se construyó aquel poblado con su escuela y su iglesia, que a los que allí hemos pacido nos parece el lugar más hermoso del universo. Chozos, barracones, casas con portales a la calle en los que surgieron noviazgos al caer la tarde, cuando el olor de los dondiegos (pericos para nosotros) ponía un temblor en los corazones de aquellos campesinos y campesinas que trabajaban de sol a sol. Una vida llena de dificultades, pues  más de uno tuvo que coger el cacho de maleta, llenarla de ilusiones y plantarse en Madrid , en las puertas del Ministerio de Agricultura, para luchar por unas tierras que no querían perder y no perdieron, gracias al tesón que pusieron en luchar por su derecho a conservarlas, pues eran el sustento de sus familias. La disertación de Dámaso estuvo llena de guiños que provocaron la risa y la sonrisa, como cuando hablaba de los dos hoteles que abrían las puertas a las maestras de La Sauceda: Hotel Garría y Hotel Bolote, dos hoteles de lujo a decir de las maestras.

Una presentación de fotos de aquellos años, y que después se llevaría cada asistente a su casa, emocionó a la concurrencia. Las fotografías tienen la particularidad de dar vida nueva a todo lo vivido, y así sucedió. Al finalizar este artículo os dejaremos alguna de las más curiosas.

A los postres se entregaron a las maestras unas placas de barro, hechas por el artesano torrejoncillano Antonio Moreno Arias, con la leyenda: “A las maestras que nos guiaron por el  camino de la vida. La Sauceda 1966-1978”.  Remi, la que podríamos llamar titular de aquella escuelita, por los muchos cursos allí pasados, y Conchi, maestra hija de colonos , dirigieron unas palabras a la concurrencia en nombre de todas las maestras que por allí pasaron, palabras emocionadas porque los años que allí trabajaron les dejaron también a  ellas una huella imborrable.

Pepa Vergel, que os está transmitiendo por escrito lo vivido aquella noche, hija y nieta de colonos y alumna de la escuela de La Sauceda, fue la encargada de cerrar el acto con un escrito de agradecimiento a las  maestras que creyeron en los sueños de quienes allí se educaron y a los que dejaron crecer libres y felices.

Aún quedaba después del dulce regusto del postre y el café una sorpresa: parte de la rondalla Jenaro Ramos se nos presentó para amenizarnos el fin de velada con el clavelito, las canciones de los payasos, el pasa la tuna y todas aquellas peticiones que los oyentes requeríamos.

No quisiera terminar este artículo sin mencionar a otro protagonista de excepción: el único pupitre que sobrevive entre los enseres de aquella escuelita, y que volvió a sentirse habitado por todo aquel que quiso sentarse en él para hacerse una foto de su paso por este encuentro tan especial. Ya no nos colgaban los piececitos como le pasaba a Juani la de tío Benedito cuando aprendió en él las primeras letras, como recordaba Dámaso, pero sentarnos de nuevo en él, nos hizo dejar volar la imaginación por el paraíso de la infancia.

Todo esto ha sido posible gracias a la implicación de los que allí vivieron,  de los que allí se educaron un día, de las maestras que echaron horas de su tiempo dentro y fuera de la escuela, para prepararnos para caminar por los caminos difíciles de la vida. Gracias al amor por aquellas tierras llenas de gente buena y hermosos recuerdos,  hemos podido hacer realidad este reencuentro. Todos ellos hemos querido tener el gesto solidario de donar el dinero que nos sobró de las aportaciones a Juanjo Pulido, sacerdote de nuestro pueblo para que haga frente con él a las necesidades de nuestros convecinos.

Y con el guiño de la luna entre las buganvillas y con el viento, al que nadie invitó, pero allí estuvo como el más caprichoso de los concurrentes, volvimos a besarnos y a abrazarnos a nuestros compañeros de entonces, y a las maestras que nos estrujaban entre sus brazos, agradeciéndonos que aún  las recordáramos después de tanto tiempo, repitiéndonos lo mucho que aún nos siguen queriendo.

Una, que tiene siempre a mano para estos casos, una vieja caja de galletas, ya tiene a buen recaudo lo que ,siendo cómplices la luna y el viento, allí pasó aquella noche de Agosto, para que jamás se olvide lo vivido .

Mª José Vergel Vega

 

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