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Viejas costumbres de Semana Santa

Viejas costumbres de Semana Santa

Hay que ver lo que ha cambiado la Semana Santa desde hace poco más de medio siglo. Algunas de las costumbres de los años cincuenta y sesenta han desaparecido y han aflorado otras nuevas. Seguro que a los jóvenes de treinta, incluso a los de cuarenta años, le sonará a chino si les hablamos de la bula. ¿No habéis oído a vuestras madres y abuelas comentar sobre ella?

Resulta que la Santa Madre Iglesia ordenaba hacer ayuno y abstinencia. Además de ayunar, no se podía comer carne ni caldo de carne durante todos los viernes del año, además de los cuarenta días de la Cuaresma, porque desobedecerlo era pecado mortal de los gordos. Pero si tú comprabas la Bula de carne, quedabas exento de esa prohibición, solo tenías que hacer vigilia los viernes de cuaresma, el Miércoles de Ceniza y ayunar con abstinencia el Viernes Santo. Podían tomarse huevos, leche y pescado cualquier día, incluso los de ayuno.

La bula era una dispensa papal. Se expedía un documento a nombre de cada persona que adquiría ese papelito y permitía librarse de los rigores penitenciales a cambio de una limosna. Por la bula se pagaba en función de los ingresos familiares, desde dos reales o una peseta que pagaban los más pobres hasta las diez pesetas o más que podían permitirse los ricos. Era como un salvoconducto para hacer lo que te viniera en gana si lo pagabas.

El catecismo Ripalda decía algo así: La bula de la Santa Cruzada es un privilegio concedido por el papa a los españoles en atención a antiguos merecimientos. Viene nada menos que desde tiempos del Papa Julio II que se la concedió a los Reyes Católicos en 1509 porque supieron vender el fin de la Reconquista a Europa como una cruzada. Los sucesores de ese papa continuaron con la concesión a los españoles, y mandaban que el importe de las limosnas (que ascendía a casi cien millones de pesetas) se destinara al culto de las iglesias.

Hasta los años sesenta se iba a casa del señor cura (la gente mayor decía que había que llamarlo así) a comprar la bula. En Torrejoncillo, el párroco era don Francisco, un tipo gordo y bonachón, muy educado. Y nuestras madres nos mandaban a su casa a comprarla para toda la familia. Claro que la picaresca ha existido siempre y una amiga mía, rescataba la bula del año anterior de una caja de lata, guardada bajo llave en una cómoda, se la mostraba a su madre como del año actual y se quedaba con el dinero que tenía que entregar al cura. Y los padres y hermanos, pecadores al cien por cien por hartarse de comer carne, vivían ignorantes de que no habían sacado la bula ese año. La tragedia que se vivió en aquella casa cuando se enteraron fue dantesca. Necesitaron un año de rezos para pagar la penitencia.

Hay quien dice que lo de no comer carne en cuaresma viene porque la carne simboliza el cuerpo de Cristo y porque comerla en esas fechas era una ofensa.

Claro que a los ricos les daba igual la prohibición pues podían permitirse tomar buenos pescados y mariscos como sustitutos de ella en esos días prohibidos. Siempre ha habido clases.

En aquellos tiempos, desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Resurrección, cambiaba el ritmo de vida de los españoles en las comidas, el vestido, las diversiones, el sexo… Había que comer de viernes el potaje con bacalao y algunas sardinas de María Culí o de lata, en escabeche. Por entonces no había frigoríficos y el pescado fresco no aguantaba. El ayuno y la abstinencia había que cumplirlos a rajatabla porque si tomabas, por descuido, algún embutido tenías que ir a confesarte porque era pecado mortal, menos los que hubieran comprado la bula.

Llegaron los años sesenta y con ellos, la emigración de obreros españoles y la llegada del turismo. Las costumbres se relajaron y la gente dejó de tener tanto miedo de ir de cabeza al infierno por no cumplir el ayuno y la abstinencia. Ya no se compraban tantas bulas. Hasta que, en 1966, después del concilio Vaticano II, Pablo VI anunció la desaparición de la Bula de la Santa Cruzada. A partir de entonces, la Iglesia estipula que no se debe consumir carne ningún viernes de cuaresma y tampoco el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Ha levantado la prohibición extendida a todos los viernes del año. Y sin tener que pagar bula.

En tiempos de cuaresma se debía vestir de oscuro, de negro el Viernes Santo, dar limosna y velar al Santísimo. Las niñas de Acción Católica hacíamos turnos por parejas y pasábamos una hora en la capilla de la iglesia de rodillas rezando hasta que las del siguiente turno venían a relevarnos.

Estaban prohibidos los bailes y cantar a no ser que fueran temas sacros. Y privarse del sueño y velar al Santísimo por la noche los mayores. Incluso estaba mal visto hacer vida social y, desde el púlpito, a los matrimonios les pedían continencia sexual, según había decretado un papa. Que lo cumplieran o no, solo ellos lo saben. La cuaresma era tiempo de austeridad y abstinencia en todo.
Los cines y bailes cerraban bajo pena de multa, o solo ponían películas de carácter religioso.

Otra costumbre ya desaparecida consistía en cubrir todas las imágenes de las iglesias con unos paños morados permaneciendo tapados mientras duraba la cuaresma. Y a los niños nos daban miedo aquellos bultos oscuros.
Las procesiones eran tristes, la gente no podía manifestar alegría.

Las tradiciones que aún perduran, es más, se han reactivado, son el fervor de las cofradías con sus túnicas y capirotes, la teja y la mantilla, las saetas, las torrijas y las famosas monas de Pascua. ¡Ah! Y el agosto que hacen en marzo los dueños de balcones alquilándolos a precio de oro para ver pasar las procesiones. Aunque eso de los balcones no va con nuestro pueblo.

Rosa López Casero

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