El reloj y la torre

El reloj y la torre

RelojdelatorreNo podía consentirse que “este pueblo altamente industrial y en que tan necesario es vivir con la hora” careciese absolutamente de guía horaria desde hacía más de tres meses. Llevaba ya la gente largo tiempo desconcertada y sin saber con claridad qué momento vivía de la jornada “puesto que de todos es bien conocido que el antiguo que se halla en la torre de la iglesia se halla totalmente descompuesto”. Reloj había, y en la torre, como puede comprobarse por la frase anterior extraída de las actas municipales. No existía sólo el reloj de sol situado en el muro del sur del templo, como se ha afirmado en alguna publicación. ¿Dónde estaba situado? ¿Al aire libre, en la parte alta del machón, o torre no rematada, de la parte derecha de la fachada de la iglesia parroquial? No lo sé.

La necesidad era obvia y el ayuntamiento tenía conciencia de ello. Por eso el señor alcalde, D. Isidoro Núñez Gil, en la sesión de 18 de abril de 1878, expuso al Pleno que no debía desaprovecharse la ocasión de iniciar negociaciones con el conocido relojero madrileño D. Emilio Alvarado que se encontraba casualmente durante unos días en el pueblo, a fin de dotar a la población de un reloj de buenas condiciones. El Sr. Alvarado fue llamado a la reunión, acudió al instante y ofreció “uno de la clase horizontal, triangular, de horas, medias horas y repetición de horas…de escape de clavijas, rodaje de metal, piñones de acero, cuadratura de sierra para que no pueda cambiar la hora, esfera de madera cubierta de zinc para preservar la humedad, con su correspondiente cuadratura de mano y minutero y cuerda de cáñamo, por la cantidad de dos mil pesetas”. El reloj estaría garantizado por dos años y el relojero concedía un amplio plazo para el pago, concretamente hasta enero del siguiente año. Aceptado. D. Emilio marchó para Madrid con el encargo en el bolsillo.

El problema era dónde colocarlo. En la Casa Consistorial, imposible. El edificio se estaba cayendo a trozos y exigía reparaciones de forma casi permanente. En el pasado mes de marzo acababa de derrumbarse gran parte del tejado, concretamente el del local destinado unas veces al Pósito y otras al Teatro, según las necesidades y épocas. Hubo que recomponerlo rápidamente por miedo a que las torrenciales lluvias de primavera no echaran por tierra todo el edificio. Faltaban aún 15 años para que se iniciaran las obras del nuevo Consistorio.

Se decidió colocarlo encima de la torre no rematada de la iglesia parroquial, pero no a la intemperie, sino edificando un espacio, una habitación, que le sirviera de albergue, procurando que la construcción no desentonara con el conjunto de la fachada, y en especial, con la otra torre. Lógicamente hubo de solicitarse la oportuna licencia al Obispado, quien, a través de su canónigo secretario, dio su aprobación el día 30 de junio de ese mismo año “En vista de la solicitud presentada y del informe evacuado por el Sr. Cura Ecónomo acerca de la obra intentada por el Ayuntamiento, haciendo constar que ningún perjuicio se refiere a la fábrica del templo con la edificación de la nueva obra que ha de verificarse para colocar el reloj, puesto que sobre el macizo del machón donde debiera existir la otra torre, según parece indicar el plano de la obra antigua, atendiendo también que la obra intentada, estando construida bajo un plano correcto, podría servir de adorno a la fachada aunque no sea de igual altura y forma que la torre del otro lado conforme reclamaba el plan y vista la necesidad de formar un local regular para la colocación del nuevo reloj que tan necesario es a la población, venimos a conceder al Ayuntamiento la licencia para la ejecución de dicha obra…” Resultaría muy extenso exponer aquí las condiciones que puso el obispado. Puedo mostrarlas a quien desee conocerlas. También las tiene recogidas el buen amigo Ángel López Bernalt en su libro sobre nuestra localidad.

El relojero madrileño fue formal y a principios de julio ya teníamos nuevo reloj. Como era mucha la necesidad, no había que demorar su instalación puesto que se contaba también desde hacía pocos días, como hemos visto, con el permiso episcopal. Dicho y hecho, “sin levantar mano”, como dice el acta. Era un momento idóneo, verano. No había tiempo que perder. El alcalde “cree en su juicio que ninguna estación es más conveniente que la presente para dar principio a las obras de construcción del edificio donde se ha de colocar dicho reloj y que sin levante mano se proceda a la construcción de la obra indicada…”. Quedan autorizados el alcalde y los concejales, Gregorio Roncero y Lorenzo Sánchez para que nombren los maestros alarifes, inspeccionen los trabajos y hagan cuanto sea necesario en forma que se lleven a cabo pronto y bien las obras.

Hubo, como siempre, una modificación posterior en el proyecto de la obra. Y es que sucedió lo mismo que en cualquier casa cuando uno “tiene albañiles”: El célebre “ya que…”. Se encontraba – también casualmente – durante esos días en Torrejoncillo el célebre campanero montehermoseño D. Gabriel Ribera. Parecen demasiadas casualidades y se nos antojan sospechosas, pero ¿qué más da? Pues bien, el Ayuntamiento quiso aprovechar la estancia, accidental o acordada, del de Montehermoso y creyó oportuno cambiar también la campana del viejo reloj por otra de mayor peso para el nuevo. Y así se hizo. El Sr. Ribera se llevó la antigua campana al precio de siete duros por arroba y quedó encargado de fabricar, a razón de diez duros por la misma medida, una más relevante en consonancia con el nuevo artilugio. Se construyó para ella una bonita espadaña que remataba y remata, en lo alto, la ya nueva torre.

Conocemos, gracias al Libro de Intervención de los Fondos Municipales de ese año, que el Ayuntamiento debió abonar 871 pts. “que ha importado la campana que para el reloj público de esta localidad ha construido el Ribera y cuyo valor de las 871 pesetas es después de de descontado el valor del peso de la que se llevó”. Lo hizo en dos plazos, en agosto y en noviembre. En ese período, la mayoría de los gastos registrados en ese legajo pertenecen a la instalación del reloj y a la finalización de la torre. Por él también conocemos los nombres de los alarifes, herreros, portadores de arena, materiales suministrados, etc … y que, si el relojero Alvarado fue serio en cuanto a la fabricación del reloj y en su entrega, también lo fue el Consistorio en cuanto al pago puesto que en el mes de enero del siguiente año, como estaba acordado, el día 15, satisfizo “a Pedro Martín Díaz, de esta vecindad importe del valor del reloj público que este Ayuntamiento compró a D. Emilio Alvarado y que por autorización de éste cobra el dicho Sr. Martín Díaz”.

Fue la gran novedad de 1878, año rutinario sin grandes incidencias salvo el festejo taurino celebrado con motivo de la boda del rey Alfonso XII y su prima Mercedes al que hicimos alusión en el artículo anterior. Las 4756 almas que aquel año habitaban el aún laborioso Torrejoncillo disponían ya de un medio que les marcaba con exactitud las horas, repetidas, y las medias. El que tales almas y las que vinieron después no contasen las campanadas ya era otro cantar. Resultaba, y resulta, más cómodo sólo oírlas y preguntar “¿qué hora es?”. Y como respuesta, en el caso de las medias, pocas veces, por ejemplo, “las doce y media”. Muchas más, “la media pa la una”.

No dejan de ser detalles, incluso graciosos. Lo importante era el nuevo reloj, “el reloj de la torre”. Y, gracias a él, también la nueva torre, la torre del reloj.

Antonio Alviz Serrano

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