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Mi nombre es Julia

Para Tomás, a quien le gustan estas cosas menudas de Julia. Gracias por tanto.

 

Perdón, hace tiempo que debiera haber empezado por el principio, pero es que ¡soy tan desordenada!  Pero, bueno, ¡más vale tarde que nunca!:  Mi nombre es Julia,  tengo el pelo negro y rizado y siempre lo llevo recogido en dos coletas perfectamente simétricas, que de eso se encarga personalmente la abuela. A mí me gustaría ser rubia y llevar la melena al viento, pero la abuela dice que como mis dos colas, negras renegras,  no hay otras, y que  en ninguna  lucen tan elegantes esos dos dos enormes lazos de niña educada y decente, de princesitaguapareguapaayayay que dice la abuela llenándome de besos sonoros.

Por supuesto, los domingos llevo un vestidito blanco por las rodillas, que es lo moralmente correcto, con un gran lazo ciñéndome la cintura que es un engorro y zapatitos negros de charol que maldita la gracia me hacen; pero como es la abuela la que me viste y yo sé que me quiere mucho, pues hago un esfuerzo y asunto arreglado, que tampoco es para tanto.

Sólo por esos besos y esa sonrisa ancha de la abuela cuando termina de arreglarme y me mira satisfecha repitiendo de carrerilla y como fuera de sí aquello de miprincesitaguapareguapaayayay, sólo por eso, merece la pena el sacrificio.


Lo que no tengo muy claro es si la abuela me viste así porque es su gusto, o si la razón no es otra que los domingos toca ir a visitar al fósil de Doña Panta. Y, entre nosotros, yo creo que va a ser esto último, porque el resto de los días soy yo quien elige el vestuario.

Habitualmente no vivo en Samara, sólo los veranos, cuando termina la escuela. Entonces, mis padres me traen a casa de la abuela, no porque sea una carga para ellos, ni mucho menos, lo que pasa es que en verano, las faenas del campo se multiplican y mis padres deben trabajar muy duro. Al principio los echo de menos y se me escapa alguna lagrimilla, pero a los pocos días ya se me ha pasado la morriña, y estoy más feliz que unas pascuas; sobre todo, porque la abuela Julia pone mucho de su parte.

Lo único que tengo que reprocharle a la abuela, son las visitas dominicales a Doña Panta a esa hora tan taurina de las cinco de la tarde con el sol en todo lo alto. Un día le pregunté a la abuela por qué teníamos que ir todos los domingos a visitar a aquella extraña familia, y me contestó que porque era una familia muy buena y porque le debíamos mucho.

¿Yo? ¿Qué podía deberle una niña tan pequeña como yo a un fósil tan fósil como Doña Panta? ¡Cómo no fueran las galletas con las que cada domingo me obsequiaba, aquellas cuatro galletas María cuatro, mondas y lirondas aderezadas con alcanfor y su dosis correspondiente de humedad, no sé yo qué otra cosa podía yo deberle!

Y como cuando me puede la curiosidad, me suben y me bajan hormigas por el cuerpo y empieza a picarme todo, pues se lo pregunté a la abuela, sin pizca de delicadeza que todo hay que decirlo: ¿Es que le debes dinero a Doña Panta?

La abuela se puso colorada y abrió su abanico dándose fuertes golpes contra el pecho; lo cerró con rabia y agitándolo ante mis ojos me dijo, bien clarito: ¡Julita, niña, qué cosas tienes! ¡Jamás de los jamases le hemos debido dinero a nadie!  Y añadió, muy digna: ¡Somos pobres, pero de-cen-tes!, y entonces estiraba tanto el cuello que parecía que iba a desencajársele del cuerpo… Y volvía a abrir el abanico para aliviar un nuevo sofoco que ya se le notaba de nuevo en la cara, y continuaba: “ Mira, Julita, te voy a decir lo que le debemos para que te quede bien clarito: le debemos agradecimiento, mucho agradecimiento, porque se portaron muy bien con el abuelo cuando tuvimos que venirnos a esta ciudad desconocida para nosotros…Y terminaba, abriendo el abanico por quincuagésimosegunda vez y refunfuñando un : “¡Jesús, pero que demonio de niña!”

Cuando la abuela se ponía así, lo mejor era fijar la mirada en el suelo y esperar a que amainaran sus sofocos.

Cuando cesaba la tormenta, me hacía un gesto para que me sentara en su regazo; me besaba toda la cara y repetía hasta la asfixia aquello de miprincesitaguapareguapaayayay…

Mª José Vergel Vega

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1 Comment

  1. lector

    Buen relato. Me gusta este tipo de lectura. Espero que continues. Un saludo.

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