«La Pepa»

El cochero le cuenta que han pasado ya dos siglos desde que vino al mundo; pero ella, como si el tiempo se hubiera detenido, se deja conducir por  las calles empedradas de Cádiz .

 El coche de caballos se detiene en el paseo marítimo. “La Pepa” desciende del carruaje. Cierra los ojos y escucha el rumor furioso de las olas contra el acantilado…

El grito salino de las gaviotas la hace sonreír…y soñar…

Imagina otros tiempos, los juegos de los niños, los barcos que van y vienen, las redes de los pescadores repletas de frutos del mar…y  también  el asedio, y la fiebre amarilla…los gabachos…

“La Pepa” canturrea :”Con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones…Y es que Cádiz era, y es,  mucho Cádiz.

La Pepa” recuerda tal vez  el día  en que sus padres salieron de cuentas aquel 19 de Marzo de 1812. Le contaron que vino al mundo en el Oratorio de San Felipe Neri, y que era una criatura preciosa, que costó muchos esfuerzos engendrarla y más aún traerla al mundo. Y que como llegó el día de San José, cariñosamente, los que asistieron al feliz alumbramiento, la llamaron “La Pepa”. Bien  sabido es por todos que en aquellos tiempos, el poner a un retoño el nombre del santo del día, no era cosa extraña y nadie se llevaba por ello las manos a la cabeza; de todas formas, Pepa, no era mal nombre para una criatura tan liberal y deseada.

Recuerda que fue creciendo, que fue y que vino, que no le cayó en gracia a aquel monarca absoluto por la “gracia de Dios”, aquel Don Fernando VII, que “La Pepa” no comprende por qué ha pasado a la historia como “El Deseado”.

«La Pepa» suspira, ¡le cortaron tantas veces las alas!, apenas comenzaba a respirar de nuevo con aquel Trienio Liberal, cuando por caprichos de la política o por cosas de la adolescencia, vaya usted a saber, volvió a dormir su sueño de ser libre hasta un 12 de Agosto de 1836, cuando un grupo de sargentos se rebeló contra aquella Mª Cristina, que todo lo quería gobernar, a la que amenazaron con matar a su amante si no reparaba  el honor de La Pepa. Y lo reparó, vaya si lo reparó.

Por entonces, esa mujer que contempla  la bahía,  era ya una joven de 24 años, en edad de merecer o eso creía ella; pero la verdad es que nadie le hizo excesivo caso y, como aquello que no sirve, la cambiaron por otra, la de 1837 que, dicen, nació del consenso entre las distintas formas de entender la política, y que se adaptaba mejor a los nuevos tiempos; algo de eso habría y “La Pepa”, lo entendió.

Aunque a “La Pepa”, se le vuelve a escapar otro suspiro: ¡quién le iba a decir a ella que a sus 24 años aquellos gaditanos con porte de bandoleros, anchas patillas y pañuelo en la cabeza, ya no se acordaran de requebrarla!

Ha pasado el tiempo y doscientos años después, esa que véis contemplando embelesada la bahía, con aire ausente y soñador, es “La Pepa”. Porque aquella Constitución de 1812 tiene nombre de mujer; de gaditana morena, linda piconera de melena al viento , con la libertad por bandera.

 Daría dos siglos de historia por saber qué es lo que está pensando, por saber qué es lo que esconde su eterna sonrisa de gioconda de Cádiz…

De todas formas a ella, que le quiten lo bailao…le cabe el honor de ser la “Primera Carta Magna Liberal de Europa”, y de hacer  nacer en España las libertades y los derechos civiles, el concepto de ciudadano, la libertad de imprenta, la España Moderna…y tantas otras cosas que nadie, sea del signo que sea, tanto como a algunos les gustan los signos, le puede arrebatar.

Estos días, por cada torre de Cádiz se asoma “La Pepa” jugando con el viento. Ella, que fue pionera de tantas cosas, también sabe mucho de sueños y de balcones…

…y mira hacia el puerto esperando que izen velas los marineros de la libertad, aquellos que se indignan porque no hemos logrado ser aún libres del todo, porque no hemos sido capaces de construir la libertad a la medida del hombre.

Porque “La Pepa” es de esas que tienen un amor en cada puerto; pero no te equivoques, marinero; ella es libre como ese viento impetuoso que sopla en la bahía…y su amor es puro.

Búscala, y cuando pierdas el norte, ella será el faro que ilumine tus noches. A nadie le niega su pecho si llega falto de amor, cansado de surcar mares agitados en los que se ahogaron dignidades y derechos.

Hace dos siglos, esta “Pepa” cuyo espíritu posee hoy la bahía, y se asoma juguetona a cada torre, fue el consuelo de muchos marineros ávidos de libertad… Porque decir “La Pepa” es decir también Libertad.

En estos días, esta Contitución de 1812, a la que tuvieron el acierto de poner nombre de mujer, se sienta en uno de los viejos escaños de San Felipe Neri y se le vienen a la cabeza los versos de “La Pineda”.

 

Ahora sé lo que dicen el ruiseñor y el árbol.

El hombre es un cautivo y no puede librarse.

¡Libertad de lo alto! Libertad verdadera,

enciende por mí tus estrellas distintas…

Y con su traje de piconera, esta gaditana con sonrisa de gioconda, nos lega un sueño de Libertad, esa que siempre llevó por bandera.

Mª José Vergel Vega

 

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