HOMENAJE A MI ABUELA

El lunes día 13 de septiembre, murió mi abuela. Se llamaba Eulalia Gutiérrez Ramos y tenía 104 años. Ya se que el tema de la edad es sorprendente, pero quien la hubiera conocido, no ya en sus últimos años, sino antes, sabrían que su energía vital fue siempre tan acusada que el llegar tan lejos ha sido algo natural. Ella decía que tenía los papeles para el otro lado, pero que firmar, no firmaba. Y es verdad, no firmó, simplemente se quedó dormida y la muerte la pilló desprevenida. Estoy segura de que en el otro lado su marido, su hijo Santiago «el fontanero», y muchos a los que ganó en esta carrera vital le habrán dicho al verla: «Muchacha, lo que has tardado».

Pero es que aquí estuvo ocupada haciendo su papel. Porque a pesar de ser una mujer sencilla, estaba llena de sorpresas: creativa, lógica, pensadora, moderna a su manera, razonable. En mis veranos estaba siempre el pueblo, el calor, la siesta, los gorrones de la calle (si, yo también tengo una edad), la sandía y el tomate, la mesa camilla, las noches a la fresca y haciendo tertulia. Y, siempre presente, mi abuela. Entre sol y sol de ganchillo, caían historias, dichos y sentencias que, aunque a veces eran discutibles, han marcado para siempre mi infancia, parte de mi juventud y han contribuido a modelar bastante de la que hoy en día soy. Porque mi abuela torrejoncillana, me enseñó sobre todo la importancia de ser feliz, de apreciar lo que se tiene, de disfrutar de cada momento, con sencillez. De hecho, aunque la vida le dio algunos palos importantes como la larga enfermedad de mi abuelo, en tiempos en los que la Seguridad Social no era como la de ahora, yo nunca la oí quejarse, al contrarío. Cada verano, con mi abuelo malito y luego sin él, acogía a toda su familia y no le importaba cocinar para todos, ni acomodarnos aunque fuera en colchones tirados en el sobrado. El tenernos a todos era una felicidad inmensa para ella. Mi abuela se convertía en esos tiempos multitudinarios en una autentica y enérgica gobernanta de un hotel improvisado en el que todo se reconvertía a gusto de los huéspedes.

Era feliz cuando había poco, era feliz cuando había más, le encantó viajar a ver a sus hijos cuando se quedó viuda, aunque nunca alargó demasiado su estancia porque el pueblo y su casa eran su sitio natural y, por supuesto, lo mejor que podía existir bajo el sol.

Cuando yo tenía alrededor de dieciocho años, me decía que ella ya no vería a mis hijos. Bueno, pues si, años después tuvo varios bisnietos y la mayor, que es mi hija, disfrutó todavía de la oportunidad de captar un poco de esos mensajes, de esos conocimientos, de esas sentencias discutibles. Pudo hablar con ella y se ganó a mi hija como se había ganado a todos sus nietos, con la palabra, la imaginación y el cariño.

Y ahora nos hemos quedado todos un poco más solos. Sabemos que era inevitable, pero no podemos evitar echar de menos su presencia, el saber que estaba allí. Afortunadamente, en nuestro corazón sigue viva, aunque sea una frase hecha, pero que es cierta porque compartimos con ella el tiempo suficiente para que repartiera generosamente entre toda su gran familia un cachito de su alma. No solo a su familia, porque además, enganchaba a todo «forastero» que venía con nosotros, y sin duda, ella contribuía a que todos quisieran volver. Ese ha sido su legado, este fue su papel. Creo que tuvo parte importante en la formación de grandes personas, tanto descendientes como amigos y a quienes la ayudaron en sus últimos momentos. Yo, personalmente, estoy agradecida de haberla conocido y de que haya servido de punto de sensatez, de darme parte de las raíces de mi ser, para que nunca me olvide de que todos podemos tener un «Torrejoncillo» en nuestra vida, ese lugar, esté donde esté, que nos ancle firmemente a la tierra y que haga que no nos perdamos en esta marea apresurada en la que vivimos. Ella, estoy segura, que nos vigilará de cerca para que no nos desmandemos, y, entre mirada y mirada, como era incapaz de estar mano sobre mano, irá decorando el mas allá con soles y soles de ganchillo.

Ana Gil

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2 Comments

  1. manue lpecellin

    Excelente necrológica. Debió de ser una mujer extraordinaria. He conocido en Conil a su hijo Pedro. Si de tal palo, tal astilla, se ha marchado una señora formidable, pero deja aquí buenos retoños
     

  2. Ruben

    siempre hay que recordar a nuestros mayores que son quienes nos han dado todo lo que tenemos.

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