MAESTROS DE ANTAÑO III

(Esto es lo que queda de la escuela de mi infancia en La Sauceda)
No soy amiga de telenovelas, más que nada porque enganchan, y si no las ves un día, porque tus ocupaciones u otras cosas te lo impiden, te entra un mono que para qué las cosas, y yo no tengo necesidad alguna de eso. ¡Pues a qué ton! Lo de las telenovelas viene a que ésta es la tercera entrega de nuestra particular historia de la educación en Torrejoncillo, que espero les esté resultando interesante.
En el anterior episodio, dejamos a Doña Francisca Sánchez, expulsada del pueblo, amén de destituída en su cargo de maestra. Ignoro qué fue de la pobre mujer; me consta tan sólo, que a Torrejoncillo no volvió ni por asomo. Lo dicho, ¡qué injusta es la vida con algunas personas!
No hay cosa más importante que la educación o, por mejor decir, no debería haberla; lo digo porque aún hoy, en pleno siglo XXI, se ve cada cosa y te llevas cada chasco…Las cosas del progreso que diría mi pariente.
Según los datos de que dispone mi jefa, en la Extremadura de 1860, el 80% de la población mayor de seis años podía ser considerada analfabeta. ¿Las causas?: Malos locales, pocos maestros, hacinamiento de los educandos, pésima calidad de la enseñanza, absentismo escolar, y esto último no tiene que ver con lo de ahora. En aquellos tiempos, los niños que no asistían a la escuela no estaban tocándose las narices, sino trabajando en el campo o en los respectivos negocios de sus padres o tutores.
El número de estudiantes de Segunda Enseñanza no superaba el millar en toda la región. En los Estudios Superiores, la relación era de un alumno por cada 5000 habitantes; mientras que en el plano nacional, la proporción era de uno por cada 430.
En 1857 se promulgó la Ley Moyano, que en todos lados pone que fue una Ley “muy importante para la ordenación de la enseñanza”. Yo aún no entiendo dónde reside su importancia, pero puede ser achacable a mis genes; dicen las malas lenguas por ahí, que soy bastante durita de mollera. El caso es que la Educación seguía estando subyugada a la Iglesia Católica, ella y sólo ella marcaba las pautas a seguir; bueno, ella y Doña Isabel II, muy confesional la soberana.
La Revolución de 1868 dio al traste con el modelo isabelino y su honda confesionalidad. Se descentralizó la enseñanza, y un decreto de 1869, permitía que los Ayuntamientos y Diputaciones, crearan todo tipo de establecimientos educativos, corriendo a su cargo la financiación de los mismos. Problema gordo, pues, el que suscitaba el decreto, pues ya sabemos que los Ayuntamientos nunca tienen dinero, según para qué cosas. Y para Educación, seamos realistas, mucho no se presupuestaba, y eso que las taras que ésta tenía eran orondas de verdad; empezando por las aulas, que más parecían almacenes del pósito que lugares en los que educar a los niños.
El 25 de Junio de 1862 se reúne la Junta de Escuelas con el Inspector, después de haber pasado visita a las mismas. Al calificar los locales al Inspector se le escaparon palabras como “lamentables y vergonzosos”. Ante las bronquitis y gripes que debió ver en los maestros y maestras, espetó el buen señor, que demasiado bien estaban los pobres docentes para las condiciones insalubres en las que trabajaban, ídem dijo de los niños y niñas. Y para colmo de males aquellos calores, por lo que el bueno del Inspector les dio permiso para que por las tardes todos durmieran una siesta reparadora. Contra el absentismo, decretó que aquellos padres o tutores que no mandasen diariamente a sus hijos e hijas a la Escuela, y que permitían que éstos estuvieran ya fuera vagabundeando, matando pájaros o trabajando en cualquier faena, que se les multase sin contemplaciones. La medida tuvo su repercusión, pues en este país sólo se nos remueve la conciencia cuando toca rascarse el bolsillo. ¡Así nos va!
También puso el Inspector mucho énfasis en que los niños dispusieran de cuanto material les hiciese falta para ir a la escuela.
Para que os hagáis una idea de qué cosas había en una escuela de la época, a continuación os detallo las que entregaron a la maestra Doña Asunción Clemente Díaz al tomar posesión de la Escuela Elemental de Niñas el 26 de Febrero de 1873:
› Un crucifijo con urna y cristal.
› Un retrato del Jefe del Estado con arco y cristal.
› Un reloj de pared de esfera descompuesto.
› Una mesa para la maestra con dos cajones.
› Una mesa para la ayudante o pasante con un cajón.
› Cuatro cuerpos de carpintería.
› Tres cuerpos descompuestos.
› Seis banquetas.
› Una escribanía de metal.
› Trece láminas de Historia Sagrada con marcos y cristal.
› Tres colecciones de láminas y seis más sin marcos ni cristal.
› Un encerado para las operaciones de Aritmética con su atril.
› Cuatro sillas de pintura negra.
› Dos perchas de madera.
› Un estante con puertas de cristal en el que faltan tres cristales.
› Una caja de madera, brasero de gorro y badila.
› Dos aparatos de lectura por Don Francisco Monzó.
› Ocho máximas morales.
› Un marco de ventana con dos cristales.
› Seis tinteros con tapa y reborde.
› Dieciséis muestras de escritura con cristal.
› Catorce carteles de lectura por Flores.
› Cuatro Epítomes de Gramática de la Academia.
› Dos Historias Sagradas de Fleuri.
› Un libro de oro por Piroles.
› Un ejemplar de Historia de España por Gómez.
› Una Geografía por Morote.
› Nueve manos de papel pintado.
› Media libra de Clarión.
› Plumas de ave.
› Un registro de matrícula de clasificación.
› Otro registro de asistencia diaria.
› Otro registro de Contabilidad.
› Otro registro copiador de órdenes.
Les confieso a ustedes que la primera vez que leí este inventario, me sonó a chino, porque yo a lo más atrás que llego es a la Cartilla de Amiguitos y a una clase con pupitres dobles de madera en los que había ranuras para poner la pluma y el tintero, aunque nosotros ya utilizamos los cómodos lápices.
Me van a perdonar, pero es que acordarme de aquella escuela tan recoleta de grandes ventanales a través de los cuales veíamos crecer los sembrados y el pacer tranquilo de las vacas, me trae unos recuerdos tan dulces… Esa escuela, lo he dicho ya más de una vez, y lo seguiré diciendo las veces que haga falta, está en ruinas. Se cae a pedazos. Ya no quedan en ella ni pupitres, ni ventanales, sólo ruinas; y la última vez que allí estuve, me pareció que ya no se escuchaba el rumor antiguo de las voces infantiles recitando las tablas de multiplicar y el abecedario.
Pero aún, si cierro los ojos y los aprieto fuerte, veo todavía la imagen de una niña de larga coleta con el flequillo encaracolado. Lleva una cartera de material a la espalda y va envuelta en una trenca roja y una bufanda con gorro a rayas rojas y blancas. Tiene las manos gorditas y heladas porque dice que no puede hacer nada con manoplas. En una de sus manos lleva un baulito de mimbre, regalo de sus abuelos, con la comida para el almuerzo; en la otra, la manita de su hermano pequeño. Es invierno, y un vapor denso sale de sus bocas. Los dos pisan un camino helado y se detienen de cuando en cuando a patinar en los charcos.
Como cada mañana, caminan hacia la escuela.
Mª José Vergel Vega
NOTA: A partir de este artículo firmaré con mi nombre y apellidos, pues más de uno me ha sugerido que lo haga, aunque sé que todos sabéis quién se esconde detrás de PEPA.

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