CRÓNICA DE UNA FUNCIÓN NAVIDEÑA DE CUENTO

Y yo que me creía una mamá veterana en estas lides. Después de la sobredosis de pastorcillos y ovejas modorras del curso pasado, me veía sobradamente preparada como madre para afrontar la obra teatral navideña de las Actividades Complementarias del Colegio Batalla de Pavía… pero en este oficio no hay libro de instrucciones, justo cuando la abuela de Salamanca había terminado su versión charra de disfraz de pastorcita extremeña, la otra madre del cordero, es decir, la autora de la obra me dijo que este año los niños iban a ir vestido de otra cosa porque ya habíamos tenido suficiente con la pastorada anterior. Horror. Menos mal que mi madre es muy apañada y encontró en el baúl de los recuerdos el vestido azul de una princesa republicana. Y es que mi niña bonita este año aparcaba la oveja para convertirse en un personaje de cuento, claro que esta vez no tuvo ninguna dificultad para aprenderse su texto y esperaba con ilusión nueva la obra, que el año pasado estaba un poco perdida en medio del rebaño de niños y de mamás cámara y móvil en mano. Esta vez mi única preocupación era que no se le cayera la corona y que no pasara frío con su vestido de debutante –hay que reconocer que de pastorcitos van más abrigados.

La ilusión infantil es contagiosa, las madres, padres, abuelos y abuelas parecíamos tan expectantes como los propios niños y los habíamos vestido como si fueran a una premiere de ópera en el Liceo de Barcelona. Sentaditos en las primeras filas del salón de actos, nuestros niños parecían salidos de un parque temático, había pollitos, patos, cocineros, personajes de cuentos, pastores adecuados a la época y una virgen palestina flanqueada por angelitos blancos. Se alzó el telón –metafóricamente hablando- y apareció el maestro Julián, maestro de ceremonias encargado de presentar el acto después de los consabidos agradecimientos y eso que las gracias se las tendríamos que dar él por permitirnos pasar un rato tan feliz con todo lo que eso comporta: imaginar, coser, aleccionar, y por último, llevar orgullosamente al niño al escenario. La obra, escrita por María José Vergel y montada con la imprescindible ayuda de los monitores del centro tiene el increíble valor de darle a cada niño su ratito de protagonismo, su papel precioso. Primero aparecieron los niños más pequeños, deliciosamente vestidos de animales, algunos con la voz entrecortada que a duras penas articula el texto, estos chiquinines que todavía conservan la redondez de la primerísima infancia. Yo creo que los sentíamos todos nuestros. Y luego los más mayores que ni siquiera lo son, esos de infantil que pronto pasarán a primaria: los personajes de cuentos. Y aquello fue la debacle, entre sirenas, leñadores, princesas, ratitas y duendes, la imaginación de los niños y sus disfraces nos hicieron pasar un rato feliz. Pero no era la única originalidad de la tarde, después aparecieron un coro de cocineros impolutos que nos prepararon un menú delicioso de versos y viandas. Los arguiñanos nos dejaron un estupendo sabor de boca para llegar a la obra, la pastorela típica que se remonta a la Edad Media y que nos explica la tradición secular de decorar un abeto.
Se me hizo corta la obra, y eso que al final personajes y cocineros, pollos y pollitas eran incapaces de mantenerse quietos en sus asientos. Los organizadores saben muy bien que no hay que cansar a los niños. Julián se despidió de nosotros, esta vez, sus parlamentos estaban perfectamente imbricados con los distintos episodios de la obra, y los niños disfrutaron mucho con sus dotes de cuentacuentos. Sólo cabía recoger a la graciosa bandada de niños y devolverles al frío de la realidad, guardar los vídeos, las cámaras y los móviles para enseñarles a la familia lo monos que son nuestros niños y desmontar el escenario, ese momentito triste en el que todo el esfuerzo parece poco ¡Qué cortito después de tanta preparación!

A mí me quedó una pena: haber gritado muy fuerte muy fuerte ¡La autora, la autora, que salude la autora! Y es que como el año pasado, esta obra escrita íntegramente por María José Vergel me ha parecido fantástica, un prodigio de poesía, adecuación a cada edad del niño, a cada capacidad –los mayores estuvieron verdaderamente maravillosos, sobrados- un regalo para todos ellos. Yo como madre, espectadora y lectora no tengo más que admiración, agradecimiento y gusto por su trabajo, un trabajo que nos regala, año tras año, con el concurso de Julián y de los otros monitores, a todos, con la mayor modestia, con el mayor cariño. Yo desde aquí sencillamente la aplaudo, la aplaudo con todo mi amor, con toda mi admiración y con todas mis ganas.. y os animo a felicitarla aunque sé que a ella no le gusta. Es un privilegio el regalo de su escritura, es un privilegio el regalo de su interés, trabajo, vocación y cariño. La aplaudo feliz, de pie, y con ganas aunque, reconozco que la que estuvo mejor fue mi niña bonita… que esta vez no hizo de oveja modorra, sino que gracias a María José disfrutó, como todos sus compañeros, de un hermosísimo ratito de gloria, de un precioso momento de amor. Lo que ahora espero es que no se haya pillado una buena pulmonía, y es que eso es lo malo de no ir de pastorcita.

Charo Alonso

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