Mi niña flamenca
Jugaba la luna por los cañaverales de Dauseda; al fondo, eterna, seguía soñando la Casa de las Sirenas. Yo garabateaba con nocturnidad-siempre tuve esa costumbre- nombres en la arena. Un guiño descuidado, me hizo aquella que pasea por las barandas del cielo, y, entonces, decidí que debía escribirte estas cuatro letras. Has dejado atrás el cielo de Tokio, ese que decías que no te dejaba ver las estrellas. Ahora contemplas el cielo de Madrid, donde para tí se rasgan las nubes y aparecen las lucecitas de todos cuantos te guardan desde allá arriba que, bien pensado, no debe ser mal sitio. Desde Madrid sí se ven las estrellas; y ella sabe bien que hay razones para creer y confiar en ellas. Yo la llamo “mi niña flamenca”. Otras veces me viene el capricho de decirle “mi cielo”. Pero acabé por nombrarla “mi ángel bueno”, ese que me cuida aunque nos separen distancias estelares. No hay distancia que no cubran las alas de un ángel tan sensiblemente humano. Dice que bailar la salva del desaliento, del dolor que pone en el corazón, ¡ay!, algún amor traicionero. Mi niña flamenca oye las voces de la tierra, voces campesinas que le recuerdan que nuestras vidas son la suma de muchas otras vidas: las que fueron, las que son y las que serán. Mi niña flamenca me revoluciona por soleares la vieja caja...
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