Mi casa y mi corazón

Mi casa y mi corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.
(Marcos Ana)
Durante toda la noche me hablaron tus caracolas. Traían rumor de desazón y tristeza, y te eché de menos, querida Julia. Tú sabías muy bien qué hacer cuando la vida nos arrolla y no sabemos poner en orden aquello que sentimos. Tú sabías encontrar la palabra exacta para reflejar esa punzada que atraviesa el alma, este renegar de todo cuanto nos aleja de ser uno más entre todos los demás, de vivir en armonía social, tan necesaria.
Debería ser ilegal ser inhumano. Debería estar penado no acompañar en el dolor y en la desesperanza a quienes sufren.
A aquellos y aquellas que os erigís en salvapatrias, permitidme una pregunta: ¿Os sentís tan por encima de todo y de todos que nada os importa salvo regocijaros en la contemplación indecente de vuestro propio ombligo? ¿De verdad podéis quedaros impasibles ante el dolor de quienes son desahuciados de la vida?
Yo maldigo tanto buitre sin fondo, carroña de un mundo poseído por el odio y la intolerancia.
Me pregunto hasta sangrar cómo asumir la muerte de todas las maricármenes que la intransigencia, la falta de escrúpulos a veces y otras la falta de redaños, dejamos desparramadas por el transcurrir de los días. Me pesan profundamente esas muertes, fruto de no echar cuentas de lo que pasa a nuestro alrededor, fruto de nuestra falta de humanidad.
¿Tan difícil es apelar al dictado del corazón para hacer política, para hacer justicia, para legislar acorde a lo que somos, ni más ni menos que personas vulnerables que merecemos que se nos trate con dignidad?
Estoy convencida de que aún y pese a todo, somos muchos y muchas quienes aún nos conducimos por el código de la empatía y nos ponemos en la piel del otro. Quiero creer que aún hay muchas manos dispuestas a levantar al que cae, pasos que se acompasan a otros pasos, labios que saben cómo hacer oir palabras de amor y de consuelo.
Desde este espacio donde caben las cosas pequeñas que tan grandes nos hacen, apelo a la reflexión, a reconducir esta situación de odio que no nos va a llevar a nada bueno. Quiero confiar en que la muerte de Maricarmen y el sinfín de injusticias que se cometen cada día, nos hagan de nuevo revestirnos de HUMANIDAD, para que la vulnerabilidad de todos y cada uno de nuestros semejantes no sea motivo de mofa o de rechazo. Todos, absolutamente todos y todas merecemos una vida digna. Si nos llamamos humanos, actuemos como tal. Creo que es lo justo.
¡Es tan grande la tierra que da para que todos quepamos en ella, con cuanto nos une y aquello que nos diferencia y enriquece!
Gracias por tu ejemplo, querida Maricarmen. Me he quedado muda ante tu muerte y quiero pensar que tu ejemplo de lucha incansable servirá para avergonzarnos de no sentir vergüenza y me abrazo al silencio por todos aquellos que estos días te han negado Seguiremos luchando por la dignidad de las personas, por nuestro derecho sagrado a existir, por el derecho inalienable de sentir nuestra casa como lo que es: un corazón que late, morada de nuestros afectos, de la vida que hemos ido construyendo al abrigo de cada estancia.
Me obligo a pensar que tu muerte servirá para algo bueno, que aún hay miguitas de esperanza en este mundo cada vez más a la deriva.
Ójala nuestra única patria fuera la Humanidad, como escribía y reivindicaba José Martí primero y Benedetti después en unos versos necesarios, que recomiendo a los insensibles por si tuviéramos suerte de que se les despertara la sensibilidad.
Como los recuerdos no se pueden desahuciar, seguiremos luchando para desalojar de nuestro mundo a tantos profetas del odio, que pretenden aniquilar la vida serena y la convivencia pacífica.

