CARTA A PEPI LOURTAU

CARTA A PEPI LOURTAU

Querida Pepi: Te escribo en presente porque aún me parece mentira que ya no estés entre nosotros. 

Recuerdo el día que naciste: mi madre, comadrona del pueblo, me preguntó si quería ir con ella a ver una bebé que había nacido. Allí estabas tú, preciosa, regordeta, acunada por tu madre. Yo, a pesar de ser muy niña, te cogí en brazos mientras ella atendía a tu madre y te besé. 

Quién nos iba a decir que, por circunstancias de la vida, con el tiempo seríamos familia y tendríamos una relación estrecha a lo largo de los años. 

¡Recuerdo tantos momentos dichosos junto a ti! Las comidas en la romería, en la ribera. Las reuniones en tu casa para preparar los platos de esas cenas navideñas en casa de nuestros hermanos, que iban creciendo con nuevas generaciones de hijos y nietos y, por desgracia, iban mermando el banco curvo de la mesa camilla al ir faltando nuestros padres. Eras la primera que se animaba con los villancicos y, algo que te fascinaba cantar con tus hijos: las canciones de las murgas de Cádiz. 

Todo el mundo te quiere, todo el mundo habla bien de ti. Por algo será. Porque tú, Pepi, has vivido siempre para hacer felices a los demás. A veces lo he comentado con algunas gentes: tienes el don de cautivar a cualquier persona que te trate. Por eso, donde quiera que estés, seguro que ya has camelado a todos los de a tu alrededor y hasta al mismo san Pedro. 

No creo en los santos ni en los milagros, pero si hay una santa, esa eres tú. Toda tu vida la has dedicado a hacer felices a tu marido, a tus hijos, a cualquier persona que tratara contigo. Por ejemplo: no se te caían los anillos si tenías que quitar los vómitos de cualquier paciente que fuera a tu casa a preguntar por el médico, nunca una mala palabra, un desdén a nadie. Para ti, el paciente más humilde era como un príncipe. 

A tu lado todo era bondad, alegría y sensatez. Contigo todo eran facilidades. Porque la alegría no la has perdido nunca y la transmitías a los demás. Siempre has tenido paciencia para escuchar a los otros, para aconsejar bien. Siempre tenías tiempo para charlar, invitar a tu casa y resolver problemas ajenos. 

Aunque enferma, nunca te has quejado ni has permitido que tu familia se angustiara por ti. 

¿No es eso ser una santa? Me cuesta creer que el maldito coronavirus haya podido contigo y nos prive para siempre de ti. 

A los que te conocimos nos queda el consuelo de que has sido muy feliz porque tú solías decir que habías vivido mucho y te habías llevado todo por delante. 

¡Menuda juerga se estarán corriendo allá donde estés! Los envidiamos porque ahora contigo, ellos serán mucho más felices. 

Hasta siempre, PEPI.

Rosa López Casero

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