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SOBRE CUERVOS, ESCRITORIOS Y OTRAS ENSOÑACIONES

“Por último, imaginó cómo sería, en el futuro, esta pequeña hermana suya…Y pensó que Alicia conservaría, a lo largo de los años, el mismo corazón sencillo y entusiasta de su niñez…y haría brillar los ojos de los pequeños al contarles un cuento extraño, quizá este mismo sueño del País de las Maravillas…; y que Alicia sentiría pequeñas tristezas y se alegraría con los ingenuos goces de los chiquillos, recordando su propia infancia y los felices días del verano”

(Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas)


¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?, preguntó el Sombrerero a Alicia.

Difícil cuestión, o …tal vez no sea tan difícil si probamos a pensar en las posibles soluciones al acertijo en el ámbito de los sueños y de las emociones. Es cierto que los pies han de estar asentados en el suelo, pero no demasiado, es bueno dejar que les crezcan alas…
Les confieso que siempre he tenido una capacidad tal para soñar despierta, que raya lo inconmensurable, y una imaginación a la que trato de no poner nunca freno; claro, por eso, a veces se me desboca. Algunos dicen que una imaginación fuera de control se vuelve peligrosa. Yo, la verdad, no lo creo. Estoy convencida que esta permisividad que me gasto para con mi imaginación, es lo que me salva de los desánimos, las mil y una neuras y demás malosrrollos cotidianos.
Las emociones son parte fundamental de lo que somos, de nuestra esencia; las necesitamos, tanto para ser, como para existir.
Si no tuviéramos la capacidad de emocionarnos todo sería tan gris, tan sórdido y …¡tan feo! Gracias a los dioses, pongamos por caso, poseemos esa capacidad para henchirnos de gozo, para no caber en nosotros mismos; lo que sucede es que en unos está más a flor de piel que en otros.
En mi caso, aunque a primera vista no dé esa impresión, las emociones están preparadas para estallar en cualquier momento, siempre que alguien o algo me las remueva…
…Y érase que se era, eso fue lo que me pasó en el teatro justamente la noche del sábado, vísperas de Todos los Santos.
Ya la misma palabra “Teatro”, tiene algo que pone en guardia las emociones. Dice la etimología que procede del vocablo griego “Théatron”, derivada a su vez de la forma verbal “Theàomai” que traducida a nuestra lengua viene a significar algo así como “Yo miro, contemplo”. Pensándolo bien, no hay emoción más sutil ni más sublime que mirar, contemplar algo que nos resulte placentero. El teatro, para esta que ahora divaga por estas lineas, no es otra cosa que un viaje hacia el fondo de nuestras emociones, las particulares de cada uno; el truco está en dejarse llevar.
Para que ese viaje hacia el fondo de nuestras emociones, ensoñaciones o absurdeces, para algunos, resulte placentero se ha de crear el clima adecuado. La noche del sábado, los chicos de MERENDARTE TEATRO, de Alcorcón para desespero de algunos, supieron hacerlo, ¡y de qué manera! con su Merienda de locos.
Me dejé envolver por la luz envolvente y mágica y me dispuse a soñar, porque allí, sin duda alguna, iba a suceder algún sueño, no podía ser de otra manera. Una escenografía parca: una mesa, unas sillas de diferentes tamaños, teteras, tazas…, un aro-trapecio-espejo y…para ya de contar… ¡Ah…y cuatro personajes que me llevaron al país ¿imaginario? de Alicia.
Ellos soñaron, yo soñé, y me pareció tan real el sueño, que cuando se apagaron las luces y cayó el telón, no pude por menos que expresar en voz alta ante quienes me acompañaban en aquel sueño un “¡ Estoy emocionada!”, que equivalía a decir, aunque hubiera sonado mas bien cursi:¡ Tengo unas ganas de llorar de gozo que no me las aguanto!”; o como diría Fatema de manera precisa, como sólo los niños saben hacerlo: “¡Estoy triste de alegría!”
Así me sentía yo, como la pequeña Fatema al volver a ver de nuevo los paisajes de este Torrejoncillo que ya serán suyos y de su madre para siempre.
Me entraron unas ganas locas de volver a la infancia; de regresar de nuevo a aquellos paisajes que cada día me da más miedo perder para siempre. Soy consciente, no obstante, que nunca volverán a ser lo que eran…¡Qué razón tenía Heráclito cuando decía aquello de que nadie se baña dos veces en el mismo río!, ahora entiendo perfectamente el sentido de aquel pensamiento, yo, que, entonces, a mis diecisiete años, tenía al tal Heráclito por un exagerado, ya se sabe cómo se las gastan los filósofos.
Consiguieron aquellos cómicos meterme de tal manera en su sueño que, al cerrar los ojos, tuve la sensación de estar haciéndome chiquita. Se fueron dibujando ante mí los dulces caminos de la infancia y cada vez yo me sentía más y más chiquita…¡ y me gustaba tanto ser así!. Volví a aquella cueva oscura como boca de lobo; los más mayores del lugar contaban que en aquella cueva de Dauseda había una criatura tenebrosa que capturaba a los niños que osaban acercarse demasiado y que al devorarlos, descendía por la montaña una sangre blanca y helada, la sangre de los niños.
Un escalofrío me recorrió de parte a parte y deseé, como entonces, agarrarme a la mano fuerte y segura de mi padre.
¿Qué será de mi vida si alguna vez pierdo en el camino la emoción de la infancia? Me sorprendió que el eco de mi voz se llevara mi pregunta al otro lado de la Casa de las Sirenas, pero aún más me sorprendió oírme decir con mi voz de niña:
_ “Hola Sombrerero, ¿has visto al Tiempo? Si lo ves, dile que lo ando buscando, porque quiero ser siempre niña y yo no sé cómo se hace. Quiero chapotear en los charcos, robarle besos y caricias al viento…y…y…
_ ¡Uy, el Tiempo! ¿Quién conoce al Tiempo? ¿Acaso puedes decir que lo has visto alguna vez?, me dijo aquel Sombrerero con tono burlón.

Y antes de que pudiera responderle, se marchó corriendo como si, de pronto, tuviera mucha prisa; dejándome con la impresión de que alguien, ¿el Tiempo?, girara a la vez las manecillas de todos los relojes. Yo también giraba y giraba cada vez más rápido, hasta caer al suelo mareada. Al despertar, es la Liebre de Marzo quien me observa extrañada. Noto como si la lengua se me hiciera un lío y hasta se me mezclan las palabras:
_ “Eh, Liebre del Tiempo, ¿Has visto a Marzo? ¿Sabes dónde está mi infancia? Es que se me ha perdido y la añoro tanto que si supiera cómo llorar, lo haría; pero…ahora que lo pienso, también perdí el llanto, fue una tarde…lo siento, creo que el Tiempo se llevó mis recuerdos, ¿o fueron mis recuerdos los que se llevaron el Tiempo?
– “¿Tus recuerdos, el Tiempo? Es imposible perder los recuerdos, aunque si los has perdido, tendrás que buscarlos. Busca los tuyos, hay miles de ellos flotando en el río; aunque, ahora que lo pienso…quizá sea el Tiempo lo que flota…pregunta al Lirón, es que yo llego tardisísimo
… Y dicho esto, desapareció.
¿Cómo iba yo a preguntarle al Lirón, si seguramente andaría dormido? Como todo el mundo sabe, esa es la condición natural de los lirones, a mí a veces, también me gustaría dormir y no pensar en nada; pero aquel Lirón hacía cosas muy extrañas, parecía pensar dormido y todo: “ Cuando el domingo caiga en lunes, la vida habrá perdido la cabeza” .
Que aquel no era un Lirón normal saltaba a la vista, ¡cuándo se ha visto un Lirón experto en greguerías! De todas formas, yo tampoco era Alicia, aunque en el sueño me hubiera atrevido a usurparle su identidad. En aquellos precisos momentos lo que más deseaba, era no despertar del sueño, por eso ansié que la vida se atreviera a perder la cabeza y confundiera sin ningún tipo de pudor los días de la semana. No sería mala idea impregnar a los lunes del espíritu de los domingos; y, volviendo al acertijo que el Sombrerero nos proponía al principio: ¿Acaso no sería fantástico pensar que entre un cuervo y un escritorio hay más semejanzas que diferencias?

Gracias a todos los grupos que han participado en el XVII Certamen de Teatro “Raúl Moreno Molero” de Torrejoncillo, porque han puesto teatro en nuestra vida; o, dicho de otra forma, nos han demostrado una vez más que la vida es puro teatro.

Mª José Vergel Vega

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