LOS PREÁMBULOS

(III) Dedicatoria: A los que se alegran de sentirse dentro de una realidad, aunque pecadora y no desplazados por una soberbia que les desprecia.

Ideas de San Pedro de Alcántara. “Tratado de la oración y la meditación”, Cap. II, part. I “Disposición interior”.Lunes.

LOS PREÁMBULOS.

Llegas a la cita, de invitado.
Pues, no improvisaste la conversación ,
ni la preparaste para que fueras
de otra forma considerado,
según aquello de Samuel:
“Heme aquí Señor, pues me has llamado”.

Es una conversación muy especial,
que, aunque la hubieras preparado,
siempre estaría corta
por haber empeñado
en ella todos los recursos
que, por lo general ,
siempre hay algo
que se ha olvidado.

La categoría del Personaje lo requería,
y, la del otro, que es la mía,
no dejan lugar a dudas
que, por mucho
que por mi parte la suba,
apenas yo alcanzaría
a asomarme a los preámbulos
de una conversación,
por ambos deseada cada día.
Dos realidades..
A cual más distintas
la una de la otra
por mucho que uno se de prisa
en aproximar el parecido
ante el cual, rendido,
la semejanza no es conseguida.

Es algo Infinito
lo que tenemos delante.
Algo no creado
por haber siempre sido.
Algo que no ha perdido
categoría y condición,
en cualquier sentido,
ya que Hombre-Dios
en Cristo van unidos,
de forma sustancial e hipostática
entre dos naturalezas
en una misma persona
que siempre fue referencia
aunque ahora se nos ha aparecido,
encarnada y revestida de carne
que de una Virgen se haya asumido.

Y ¿qué hacer ante tanta grandeza?

¿Ante tanto amor exquisito?

La verdad se impone,
y hace que cada uno, ocupe su sitio.

Y el del hombre, aturdido,
no es otro que el de la humildad
que, por consistir en nuestra verdad,
reconocerse pecador
es la mínima expresión
que en el hombre ha consistido.

Ya sabemos nuestro puesto.
Desde dónde debemos hablar,
desde dónde exponer y defender
el papel que para tal encuentro
debemos sostener.

La cosa es seria, solemne,
pero alentadora por familiar..
Pues, ya se nos dijo
al comienzo, antes de la cita
en la que el corazón
ha sido como un amante satisfecho
que, el interlocutor es mi Padre
y eso, por muchos inconvenientes
que se presenten,
me produce confianza,
inflamándose mi pecho,
quitando de mi vista
cualquier desaliento surgido
por la deformación de tal hecho.

Ya hemos dado el primer paso.
Lo limitado y lo infinito
ya pueden hablarse, relacionarse,
sin privarse
por el desequilibrio advertido
que habría entre el amor sin límites
y el egoísmo no reconocido.

Dejando, pues, de mirarnos a sí mismos,
mal gusto antaño adquirido
y plato con frecuencia consumido,
si en medio de la charla,
oteamos la nobleza
del que tenemos delante,
siempre tan cumplido,
y reconocemos que Él nos ayudó
para salir del pecado maldito,
y que Él nos seguirá ayudando
para que no decaigamos
en el camino elegido,
terminaremos por olvidarnos
desordenadamente
de nosotros mismos,
y darnos a Él tan en equilibrio
que nos enamoraremos de Dios,
de sus obras, de su Hijo, de su Madre
pues, todo lo que Él tiene,
por naturaleza
y, por tanto, no adquirido,
está dispuesto a regalárnoslo
si con agradecimiento le pagamos
lo que jamás , solos,
hubiéramos conseguido.

Es el momento de compenetrarse
lo creado con lo eterno,
lo limitado con lo infinito,
lo que fue egoísmo
con el amor espléndido nunca desmentido,
y hacer de los dos una misma cosa
en sentimientos y amor fundidos
en un afecto transformante
y solo de esta manera, en Dios,
para la eternidad,
como nos tiene prometido.
Díganme ahora los timoratos
si en la oración
no salimos favorecidos.
Y si no es lógico
pensar de nosotros
que fuimos pecadores empedernidos.

Cuando hay alguien que nos espera
con más que brazos extendidos
para abrazarnos y darnos
su afecto que antes herimos,
podrán muy bien decir algunos
que el Padre y ellos se entienden
que hablan e incluso ríen
aquellas ñoñerías
en que la verdad se había temido
cuando, en realidad, ahora les hace libres
del enemigo tanto tiempo sufrido
esto es, del pecado cometido,
raíz de todos los males,
base y fundamento de todo lo perdido
como es la paz, la convivencia,
la solidaridad, la honradez
y, en definitiva,
el sentimiento de hermandad
con que a los demás
siempre hemos distinguido.
San Pedro de Alcántara se sentía atraído
por esta idea que ha sido
el eje de su vida: la humildad,
aquella virtud tan escondida
como necesaria para el equilibrio.
solo, logrado, por el hombre,
ante Dios, su mejor testigo.

El sentirse pecador
no es desatino,
ni humillante consideración.
Más bien es ir vestido
de realidad, de verdad,
con traje propio y no prestado
a una audiencia
donde Dios y yo, de la mano,
salimos hechos amigos.

BREVE RECUERDO PARA LA MADRE..

Iluminando nuestra vida con la fe
en noche oscura transida de humildad
proclamamos tu Realeza otra vez
con besos, con vivas de Encamisá.

ANGEL GÓMEZ SÁNCHEZ.

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