MEJOR NO TENTAR A LA SUERTE

Hace unos días fue asesinado uno de los miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (F.A.R.C.), grupo armado que empezó como guerrilla en pro de la revolución en este país y que ahora se ha convertido en mafia narcoterrorista. El ejecutor fue el ejército colombiano bajo el mando del gobierno de Álvaro Uribe. Hasta aquí nada raro si obviamos la situación política del país sudamericano y la impunidad existente por matar a un terrorista, cosa que en Europa sería inaceptable (no hace falta recordar al G.A.L.)

El hecho diferencial en esta situación radica en el lugar en el que se cometió el crimen: la selva ecuatoriana. Pongámonos en situación. Toda una operación militar con el objetivo de abatir a tiros a una persona que se encuentra en un país vecino. Los uniformados entran “como Pedro por su casa” en territorio ajeno y cruzan la frontera sin pedir permiso, con la excusa de que “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón” y acusando al gobierno de Ecuador de dar cobertura a los terroristas.

A continuación se produce una de las escenificaciones más cómicas de los últimos años, por parte de varios presidentes de gobierno de la zona, si no tenemos en cuenta que había armas de por medio. En la primera parte del acto Hugo Chávez, presidente de Venezuela, llama por teléfono en su programa de televisión, en directo, a uno de los altos mandos de su ejército para que dirija una operación militar en la frontera con Colombia. Rafael Correa, su homónimo en Ecuador, expulsa al embajador colombiano de este país y pone en alerta a su ejército. Daniel Ortega, antiguo integrante de la guerrilla sandinista y ahora máximo responsable del ejecutivo nicaragüense, rompe relaciones diplomáticas con el país colombiano.

En la segunda parte, llevada a escena varios días después en la cumbre de la Organización de Estados Americanos, todos estos dirigentes, que parecía que se iban a declarar la guerra, aparecen, tras decirse las verdades del barquero, abrazándose ostentosamente delante de todo el mundo, como si no hubiera pasado nada.

¿Qué pensar? ¿Cómo tomar esto? En primer lugar alegrarnos porque todo este asunto haya quedado en agua de borrajas. Pero nos quedamos con la sensación de que algunos dirigentes utilizan su poder como si estuvieran sentados ante una partida de un juego de mesa. Temas tan serios como el terrorismo, que suponen en Colombia decenas de secuestrados y asesinados cada año no pueden ser tratados con esta frivolidad, ni por parte de Colombia, como si fuera una guerra entre dos ejércitos por hacerse con un territorio, ni por parte de Ecuador, haciendo la vista gorda y permitiendo que los terroristas campen a sus anchas por este país, ni por parte de Venezuela, que parece encontrar en las F.A.R.C. un torpedero dentro de Colombia.

Detrás de todo esto hay litigios de fronteras que se vienen arrastrando desde la proclamación de independencia de cada uno de estos países. Un problema que afecta a más estados de Sudamérica como Chile o Perú y este enfrentamiento ha provocado la aparición de la sombra de posibles conflictos bélicos gracias a la irresponsabilidad de quienes gobiernan, tentando a la suerte, poniendo en juego vidas humanas, que es lo único que realmente se saca en claro de las guerras.


Está claro que con el teatro que han llevado a cabo, después de la muerte del terrorista en cuestión, sólo querían manifestar su poder y protestar por la inexcusable invasión del ejército de Uribe, pero hay temas con los que es mejor no hacer ningún alarde y dejarlos para la diplomacia que para eso está.
Roberto C. García Donoso
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