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ARBATÁN

Uno sabe que es Navidad porque en la tele comienzan a anunciar cava y juguetes, porque en las calles se encienden unas lucecitas de colores cuya utilidad reside en el buen rato que pasan algunos apedreándolas en nochevieja, porque el Rey nos larga un discurso del que yo sospecho que es el mismo desde hace muchos años, porque es imposible aparcar en los centros comerciales y porque al correo electrónico te llegan el doble de mensajes chorra que durante el resto del año.

Con esta marabunta de tonterías, quisicosas, quesiqués, sandeces, futesas, nonadas y payasadas con que nos afanamos en incordiar al prójimo algo más de lo habitual en estas fechas, caben dos opciones: Eliminarlos sin leerlos o examinar su contenido, que suele ser un abanico multicolor, una sutil amalgama de chistes viejos, cadenas solidarias para operar a vida o muerte a una niña que no sabemos ni si existe ni la enfermedad que padece, aunque no debe ser muy grave, porque lleva bastantes años dando el coñazo, videos de zacapellas, accidentes, despancijamientos, sopapos y escoñetamientos inverosímiles que a algún gamberro le parecen graciosos, y divertidos virus con los que un adolescente japonés neurótico y amargado nos jeringa el disco duro.

Cualquier persona mínimamente sensata y cabal elige la primera posibilidad, que es la más higiénica y saludable para el correcto funcionamiento del sistema nervioso, pero a algunos las navidades nos provocan un estado de adormecimiento cerebral que nos lleva a tomar decisiones completamente irracionales y de dolorosas consecuencias. Las neuronas, no sé si debido a la indigesta e hipercalórica dieta navideña, se nos ponen en huelga de hambre y nos hacen apartarnos de ese sabio consejo del rey David que hace meses que estoy deseando colar en un artículo: ”Nolite fieri sicut equus et mulus, in quibus non est intellectus”. (Dedicado de todo corazón a mi amigo “el latinista”, o sea, Horacio, Virgilio y Cicerón, uno y trino, la Santísima Trinidad de la latiniparla. ¡Toma latines, moreno, para que te entretengas!)

O sea, que he dedicado una mañana a bucear por el proceloso piélago, a reptar por los intrincados vericuetos, a dejar flotar mi alma por el evanescente éter, a diluirme en el lírico y epicúreo hades, en el iridiscente y barroco túnel, en el flamígero y luminoso mundo (todas estas cursiladas y ñoñerías también tenía yo ya ganas de soltarlas y hoy me vienen muy bien para ir comiéndole terreno al folio, que es Año Nuevo, leñe, y mientras ustedes están rendidos a la plácida galbana, yo dándole al callo, o sea, a la tecla, para intentar redactar un par de páginas con un mínimo de pulcritud y dignidad y tener tema de la semana) del correo electrónico. Inmediatamente hay algo que me llama la atención. Un amigo me envía una reseña de un diario argentino sobre la sorprendente teoría de un astrofísico llamado Mark Kidger. En principio me lo tomo a broma, pero el aburrimiento y la curiosidad me hacen investigar en la red. El tal Mark Kidger existe de veras. No sólo existe sino que trabaja en el Centro Europeo de Astronomía Espacial (ESAC) y ha expuesto sus tesis en la página web del Instituto de Astrofísica de Canarias, tesis que también fueron noticiadas por el diario español “El Mundo” hace algo más de un año.

¿Y cual es su teoría? Cuando uno habla de un astrofísico se imagina a un señor de aire taciturno y aspecto desaliñado, alopécico y con unas enormes gafas de culo de botella que se dedica a cosas como intentar descubrir una teoría que combine la relatividad general con la mecánica cuántica, explicar qué sucede en el centro de un agujero negro cuando el espacio-tiempo se curva infinitamente, cuantificar la cantidad de materia que existe en el Universo para saber si se seguirá expandiendo eternamente o si la gravedad lo hará contraerse de nuevo y todas esas cosas que al común de los mortales nos deja envueltos en la perplejidad más absoluta y con la sensación de no saber muy bien de qué narices están hablando. Pero resulta que no. Todo eso no son más que engañaviejas, fruslerías y pamplinas. El señor Kidger ha decidido acercar la astrofísica al pueblo llano (lo que demuestra su indudable carácter democrático) y dedicarse a estudiar problemas que nos atañen mucho más directamente. Por ejemplo, cuántos fueron los Reyes Magos (para que luego vaya usted diciendo que el dinero de sus impuestos se gasta en tonterías).

He de reconocer que los Reyes Magos siempre me han caído muy bien. Primero, porque gracias a ellos las vacaciones navideñas duran unos cuantos días más. Segundo, porque me merecen todo el respeto y la admiración del mundo unos venerables ancianos que llevan dos mil años sosteniendo su PYME, a pesar de la desleal competencia de una multinacional regentada por un sujeto dipsómano, zarrapastroso y explotagnomos que se viste con un ridículo traje rojo (esa es otra; entre el elegante manto de armiño de nuestros Reyes Magos y el pijama del beodo de la cocacola no hay color) y se dedica a hacer sonar una campanilla y a soltar unas mefistofélicas risas nasales sin motivo alguno (lo que, según Freud, es señal de estupidez congénita, amén de demostrar la existencia de ciertos traumas infantiles en los que no voy a entrar).

Por eso la teoría del señor Kidger me la he tomado como algo personal, ya que atañe a mis convicciones más profundas. Este palomo, supongo que después de haberse pasado años observando las alineaciones de los planetas y las constelaciones a costa del erario público, ha llegado a la conclusión de que los Reyes Magos no eran tres, sino cuatro: Melchor, Gaspar, Baltasar y Arbatán. Lo que pasa es que Arbatán, que bajaba desde el mar Caspio, se perdió por el camino de Belén al ocultar la luna la estrella nova que lo guiaba. El pobre se pasó treinta años buscando al Niño para ofrecerle su presente, que consistía en un zafiro, un rubí y una perla.

No voy a explayarme en el drama humano del pobre Arbatán. Perderse en el siglo I era un putadón enorme, porque entonces no existían gepeeses, señales que te indicaran que Tontoligo de la Sierra queda a treinta y seis kilómetros ni amables policías municipales a los que preguntar. Pero de eso no tenemos la culpa nadie. Tampoco voy a entrar a valorar la indiscutible autoridad intelectual del señor Kidger. Pero a mí hay un par de cosas que no me cuadran, por muy astrofísico que sea este tipo tan divertido. La primera es que un Rey Mago que se pierde ni es mago ni es nada, vamos, que es un impostor, y la segunda es que por muy inocente que fuera el tontito de Arbatán, dudo mucho que creyese que el niño Jesús se iba a pasar treinta años esperándole en el pesebre. De todos modos, seguiré atentamente la evolución de las conclusiones científicas de don Mark para tener puntualmente informados a los lectores de TTN.

JONÁS F. LEÓN

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