UNA BARRA DE PAN, DIEZ EUROS

El pan es una de las cosas en las que gastamos nuestro dinero cada día. Lo mismo pasaría con el agua si para abrir el grifo en el aseo diario o cuando tenemos sed, tuviéramos que echar una moneda como en las máquinas expendedoras; aunque en este caso el desembolso de lo consumido suele ser trimestral. También la ropa forma parte de las partidas presupuestarias en la economía de cualquier ciudadano, pero las compras no se suelen hacer patentes hasta que no se cambia de temporada, por regla general. Seguiríamos nuestro recorrido de necesidades por los electrodomésticos, cuya duración modernamente se estima en seis o siete años; los vehículos como herramientas de trabajo, con una vida de unos diez años, y así añadan las que se les ocurran hasta llegar finalmente al objeto que tiene un desembolso casi único y exclusivo en la vida: la vivienda.

A pesar de las diferencias obvias de cada elemento de la serie, todos tienen en común, con variables lógicas para cada caso en particular, que son necesidades básicas en el desarrollo de las vidas de las personas y, por tanto, están siempre en el punto de mira de todos cada vez que los precios suben o se publican los datos mensuales del I.P.C. Pero el gasto en una necesidad básica espaciado en el tiempo no tiene por qué implicar una subida de los precios proporcionalmente mayor que en los gastos que se producen con cierta frecuencia.

Todas las necesidades, si exceptuamos la vivienda, mantienen cierta contención en los precios, variando poco en relación al índice citado. Si no fuera así se crearían situaciones de verdadera crisis social, política y económica. Imaginemos que una barra de pan o una docena de huevos aumentara de precio un 17 % cada año; o que la factura del agua o de la electricidad superara diez puntos porcentuales de ascenso cuando la Comisión Nacional de la Energía así lo decidiera (noten ustedes la que se ha formado con el 1,5 % recientemente anunciado y posteriormente rechazado). Pues esto es precisamente lo que ha estado pasando con el mercado inmobiliario español en los últimos años: un crecimiento desmedido del precio de la vivienda, muy por encima de cualquier lógica razonable, que no ha puesto el grito en el cielo por parte de nadie más que de algunos colectivos minoritarios mal llamados radicales o anti-sistema y que ha contado con el beneplácito de políticos de uno y otro color que no han hecho, no han podido o no han querido hacer nada desde el primer momento en que se atisbó la aparición de este problema.

Una de las causas de este hinchamiento ficticio e irreal de los precios de los edificios, que superan alarmantemente su verdadero coste como objeto básico necesario para la vida, ha sido la consideración de la vivienda como valor de inversión, como refugio de capitales. Imagínense que esto hubiera ocurrido con el pan o con el agua; que las empresas o cualquier ahorrador con un exceso de dinero lo hubiera invertido en trigo o en pantanos o en manantiales y se hubiesen disparado los precios en este sentido. Podríamos llegar al hipotético caso de tener que pagar los alimentos a precio de oro, cosa que no se hubiera permitido porque nos hubiéramos dado cuenta de ello al instante por ser un gasto que hacemos día a día. Pero con la vivienda no ha ocurrido eso, en parte porque todo el que tenía dinero compraba ladrillo para tomar su parte del pastel, contribuyendo al encarecimiento del producto y provocando, y esto es lo grave, que los que pretendían acceder a su primera vivienda no podían por los elevados precios; incluso ha habido gente que, viendo el posible futuro negocio o porque no tenía otra alternativa, se ha hipotecado prácticamente de por vida, pagando por una vivienda cantidades fuera de toda lógica.

Con estas condiciones se ha ido inflando la conocida burbuja inmobiliaria hasta el punto en el que nos encontramos en este momento. Los grandes bancos ya han dado el primer paso. Han vendido sus edificios y han movido sus capitales hacia el sector energético cuando se han dado cuenta que una burbuja no se infla infinitamente, sino que puede explotar. Han advertido igualmente que los beneficios de este negocio han empezado a tocar techo porque con las cosas de comer no se juega y hasta ahora se ha estado jugando como en una subasta de objetos y no para la beneficencia, precisamente. Esto contribuirá a que los precios, al menos, se estabilicen, como mal menor. La excepción para que toda regla sea considerada como tal, la constituye la provincia de Cáceres, donde no sólo los precios se han estabilizado, sino que están por debajo de la media nacional. Pero el punto de inflexión definitivo se producirá cuando las entidades bancarias empiecen a no conceder hipotecas sin condiciones como han hecho en los últimos tiempos. Esto provocará un descenso en la demanda de vivienda en propiedad y ya veremos cómo reacciona el mercado cuando esto ocurra.

Roberto C. García Donoso
Con estas líneas iniciamos en el blog una publicación periódica de artículos de opinión. La sección, que ya existía sin regularidad hasta ahora bajo el título “El tema de la semana”, aparecerá todos los jueves y en ella tendrán cabida todo tipo de temas, no sólo exclusivos del pueblo, aunque también los habrá que hablen de los problemas de Torrejoncillo; pero no debemos ser endogámicos, sino intentar tener una visión más amplia para poder aplicar soluciones y aprender de la problemática general. Será una sección de opinión abierta a todo el que tenga una reflexión que compartir o poner en conocimiento de los demás. Si desea participar lo podrá hacer enviando un artículo firmado a la dirección de correo electrónico opinionttn@gmail.com

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1 Comment

  1. Anonymous

    Cuando hablamos del precio de la vivienda no hablamos de algo que algún malvado ricachón haya puesto ahí para joder a los demás. Los precios, en un mercado libre son la consecuencia de un acuerdo no explícito entre oferentes y demandantes, y no tiene nada que ver con los costes sino con el valor que se le atribuye. El aumento del precio de la vivienda se ha debido a una explosión en el número de demandantes por varios motivos: La bajada de los tipos de interés, que ha supuesto que para mucha gente salga más barato pagar una letra que un alquiler, un aumento demográfico enorme debido a la inmigración, el escaso interés que para los inversores supuso durante unos años la bolsa o la deuda pública y una política de deducciones en el IRPF por la compra de viviendas. El problema de un sector como el inmobiliario estriba precisamente en la escasez de suelo,monopolizado por los Ayuntamientos y las Autonomías, que son los que arbitrariamente deciden cuanto se puede construir (y ahí es donde está el problema de la corrupción urbanística) lo que ha provocado que la oferta no haya podido adecuarse a la demanda, y como consecuencia los precios hayan crecido a tal ritmo.

    Pero este problema no se puede resolver a base de medidas que distorsionen el mercado libre. Las subvenciones, las deducciones de impuestos, etc., al provocar una diferencia entre el precio a pagar por el demandante y el que recibe el oferente, producen un aumento de la demanda que, en el caso de un sector con una oferta bastante inelástica, se traduce en un aumento de precios que supera la bajada de los mismos que supondría una subvención o una deducción fiscal.
    Otra medida ineficaz sería el control de los precios, puesto que provocaría un estancamiento o incluso un descenso en la oferta de vivienda y un aumento de la demanda, lo que en caso de precios fijos provoca la escasez. Habría mucha gente que no encontraría una casa cara, sino ninguna casa.

    La única medida eficiente para luchar contra la inflación del mercado inmobiliario es un aumento del suelo liberado, es decir, una flexibilización de la oferta para que esta pueda ajustarse más rápidamente ante cualquier aumento de la demanda.

    Un saludo Rober

    JONÁS FERNÁNDEZ

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