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EL RINCÓN LITERARIO

El CACIQUE

Crispín el remendón, vulgo Tachuela,
se pasaba la vida a maravillas
echando tapas, machacando suelas
y cantando picantes seguidillas.

Como era un zapatero cerotero
la ganancia era poco sin disputa
porque nunca empleó el buen zapatero
su escaso haber en mate ni en calcuta.

El pobre con ahínco trabajaba
no para alfombras, cintas ni caireles,
que con ganar tan solo le ufanaba
para comprar siquiera lo grabieles.

El material prestado recibía
del cacique don Judas, pez muy gordo
que el jornal de los pobres se engullía
como se engulle una aceituna un tordo.

Crispín todos los años le entregaba
La cuenta ras con ras… salvo un piquillo
que el bueno de don Judas agregaba
a su treinta por ciento (¡pobrecillo!).

Pero… ¿Cómo arreglarse sin dinero?
porque el pueblo otro almacén no había
que pudiera fiar al zapatero.

Pues, señor, una tarde en que Tachuela
en la chaira afilaba la cuchilla
y al compás de los golpes en la suela
cantaba la siguiente seguidilla:

Quisiera estar tan lejos
de las mujeres
como están las estampas
de las paredes,
y de mi suegra
tan cerca como estamos
de las estrellas

se presentó don Judas grave y tieso
diciendo: – Te he nombrado de la Junta
Municipal.
– ¿Y qué viene a ser eso?
– De necios es, Crispín, la tal pregunta.
En unión de otros tantos concejales
sois la Junta que aprueba el presupuesto,
la que ajusta las cuenta bien cabales,
la que al médico arroja de su puesto,
la que quita empleados si se enoja
y dispone de todo a troche y moche,
la que acuerda, por fin, si se le antoja
que a las dos de la tarde sea de noche.

– Eso no puede ser, se ve muy claro
a esas horas.
– Allí en el Municipio
a medio día, aunque parezca raro
ya no hay luz, ¡sicut erat in principio!
¡A otra cosa! Es preciso, indispensable
despachar a don Cosme.

– ¡Madre mía!
¿Y por qué?
– Por hurón, por intratable.
– ¡Si es la misma finura y cortesía!

– Se le mueren enfermos a porrillo
por abandono e inepcia.
– No por cierto,
si don Cosme no asiste a mi Blasillo
el ángel de mi hogar hubiera muerto.

– Pura casualidad.
– ¿Y la Casiana?
¿Y vuestras hijas Cándida y Gabriela?
¿Y el cura? ¿Y el sacristán? ¿La sacritana?
¿Y usted mismo, señor?

– ¡Basta, Tachuela!
Es orgulloso.
– No, muy campechano.
– Ayer mismo iba yo por la otra acera,
le saludé amistoso con la mano
y ni mirarme se dignó siquiera.
– Porque es corto de vista.

– No le quiere
el lugar.
– ¡Pero usted estará en Babia!
Precisamente el pueblo le prefiere
a todos. ¡Si le quiere que le rabia!

– ¡Don Cosme es un hereje!
– ¡Por mi vida!
Él va a misa, señor, y se confiesa
lo menos una vez y en la florida
pascua comulga en la sagrada mesa…

– Porque es carca.
– ¿Carlista? No, tampoco.
– Votó en contra…
– Vi yo la papeleta
y votó por usted.

– Pero está loco.
– ¡Si es su frente la frente de un profeta!
– Ebrio siempre…
– ¡Señor… si no lo cata!
– Avaro, miserable aunque le sobre.
– ¡Si don Cosme es un hombre que se mata
por dar ocupación y pan al pobre…!

Amostazado abandonó el asiento
don Judas y gritó: – Te quiero mucho;
vas a tener un grave sentimiento
si gusto no me das. Escucha.
– Escucho.
– Me hace falta el dinero y te prevengo
que liquides hoy mismo ya tus cuentas
por completo.
– ¡Dinero…! Yo no tengo…
– Si no tienes recursos los inventas.
Mañana es la sesión. Si por la noche
de don Cosme a favor sé que has votado
de mi no escucharás ningún reproche
mas llevarás la cuenta ante el Juzgado.

Y sin otro saludo o despedida
que esa brutal conminación de fiera,
a ganar a otros diez se fue enseguida.
¡Labor de hiena, mas… labor certera!

Crispín el remendón lloró aquel día.
¡Votar contra don Cosme, pobrecillo!
¡Olvidar un instante no podía
la enfermedad tremenda de Blasillo!
Más… ¿Qué hacer, vive Dios, cuando la lucha
por la existencia de esta vida inquieta
sólo las voces del dolor escucha
y encuentra alivio en una… papeleta?

¡Adiós, don Cosme, adiós, pobre galeno!
Busca quien cure esa hedionda llaga,
ese cáncer social, sin Dios ni freno,
ese don Judas, esa cuarta plaga.
¿No lo encuentras, verdad? Bien lo sabía.
No hay más que una receta poco usada:
¡O lo que hizo Nerón con Roma un día
o lo que hacía el menudo Torquemada!

Jenaro Ramos Hernández

Esta composición pertenece al conjunto de poemas que lleva por título LAS SIETE PLAGAS, del que hemos seleccionado LA CUARTA.

El texto ha sido extraído del libro, publicado recientemente, «En Torrejoncillo con Jenaro Ramos», cuyo autor es nuestro querido paisano Antonio Alviz Serrano y que se encuentra a venta en muchos establecimientos de la localidad.

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