“Lo que no supimos decir nos dolerá eternamente y sólo el valor de un corazón abierto podrá liberarnos de esta congoja” (Susanna Tamaro)

Escribir sobre la realidad es muy duro, más a más, como dicen en Cataluña, si compartes república con el sandokán del Yoni, que rápido desempolva la enseña con las tibias y la calavera y se planta el parche en el ojo. Así las cosas, no me ha quedado más remedio que coger mi Cuaderno de Hadas e intentar poner un poquito de cordura, siquiera sea entre él y yo.

De un tiempo a esta parte nos hemos dado a la vida pirata, a hacer las cosas por bemoles, por nuestros santos y legendarios bemoles, y cada quien saca de los alcanfores su bandera particular y la muestra con saña al mundo real y, lo que es peor, al de las redes sociales. Miedo me da que de la noche a la mañana, desenterremos a Don Pelayo, a mío Cid, a los católicos Reyes de las Españas, y en un acto de enajenación, echemos a cabalgar de nuevo al loco de la Mancha, al Tirante el Blanco y toda la parafernalia de héroes que en el mundo fueron o nos inventamos, y se líen a desfacer entuertos cada uno como dios le de a entender, porque en este mundo aún no ha nacido el héroe que arregle tanto despropósito.

Contando estamos, enfebrecidos, las horas para que llegue el dicho 1- O en el que unos y otros tienen depositadas todas sus esperanzas de hacer el ridículo más espantoso. Yo lo que peor llevo es que ni siquiera me van a dejar saborear la resaca de los Artesanos. Señor Puigdemont de mis entretelas, eso se avisa, que en estos lares tenemos otros planes que el referéndum por el que usted bebe los vientos.

Las cosas, cuando no se hacen desde la razón, o mejor dicho, desde el sentimiento razonado, no llevan camino.

¡Qué quieren que les diga! A mí me duele la situación de Cataluña. Me duelen las banderas que unos y otros sacan a la calle con mucha mala uva. Me duelen las fronteras y los muros que nos dejan hechos jirones el cuerpo y el alma, sobre todo el alma. Me duelen esas tropas que mandan de un lado para otro para garantizar, dicen, nuestra seguridad . Me duele que no se fíen los unos de los otros. Me duele que se rompan los afectos que a unos y otros nos unen desde hacer tanto tiempo; porque, sinceramente, para mí Cataluña es España y España es Cataluña, se pongan como se pongan Puigdemont , Rajoy y el sursum corda.

A mí me pueden los afectos, la dulzura de las cosas vividas. Mi adolescencia son recuerdos de un viaje a Cataluña, que en muchos aspectos marcó mi vida. Fue mi primer viaje largo, aprovechando las vacaciones de Semana Santa. Semana de verdadera pasión la que me regaló aquella tierra en la que mis tíos se daban a la difícil tarea de educar a niños y niñas de mi edad. Guardé siempre ese viaje en un rinconcito de mi corazón. Era la primera vez que veía el mar, y lo hice desde las privilegiadas vistas del Jardín Botánico de Blanes. Imposible olvidar aquel espectáculo. Aún hoy me resulta imposible olvidar muchas cosas, entre ellas las docenas de toallas que la abuela María mercaba cada vez que mis tíos la llevaban a uno de los Arenys, porque decía que no había felpa como aquella. Imnposible olvidar las viandas de la Mari, aquella hinojaleña que aún hoy sigue viviendo feliz en Santa Coloma de Gramanet, que hacía los canelones más ricos que he comido nunca…y la Pasión de Esparreguera,los caracoles, la primera vez que fui a un cine grande, el dedo de Colón señalando al Nuevo Mundo …y tantas y tantas cosas.

Cataluña es para muchos de nosotros el lugar donde quedaron o quedan, aún,  nuestros afectos. ¿Está seguro el señor Puigdemont y su troupe de independentistas por bemoles, de que yo, y otros tantos como yo, por ejemplo mi hermano y mi cuñada que pasaron allí media vida, no tenemos el derecho a decidir cómo queremos a Cataluña?

Poco sé de política, lo reconozco, pero lo que sí sé es que la única manera de ser político y honesto es preocupándose por la gente y por lo que les aflige, y estos señores, entre los que incluyo a usted, don Mariano, que como está el patio no se le ocurre mejor plan que irle con sus cuitas con los independentistas al descerebrado de Trump. Si lo que quieren conseguir es un lugar en los libros de historia, lo van a conseguir, ahora que yo no les arriendo las ganancias, porque serán el hazmerreir de muchas generaciones.

Perdonen que me atreva a recomendarles que , en lugar de preocuparse de salirse con la suya, de poner las urnas por bemoles y quitarlas por los mismos bemoles, entiendan que la cuestión no es dar la nota, sino de dar con la nota exacta, esa que restaure la cordura y el sentit comú. No es cuestión de bemoles sino de sentir con el corazón y la cabeza a un tiempo, de detenernos a analizar la situación, dialogar unos y otros, dejarnos de meter miedo, unos si no se celebra el referéndum que se inventaron y los otros si se celebra y han de aplicar todo el rigor de la ley. Algunos, que tenemos la sensibilidad subida, nos ponemos a temblar cuando los mossos, y los que nos son los mossos, son jaleados por las hordas sociales que, como carneros  se dan a la consecución de un fin que no es otro que el de sembrar la semilla de la sinrazón. Y si no los dejan votar por bemoles, por los mismos proclamarán la República Independiente de Cataluña, que esas mentes preclaras, han imaginado no sé si en sueños o en la menos inspirada de sus pesadillas. Y lo harán sin importarles un ápice lo que tengamos que decir los que deseamos seguir siendo parte de Cataluña por razones que, básica y fundamentalemente, tienen que ver con el sentimiento y también un poco con los bemoles, que todos los tenemos: “…después del día 1, la vida seguirá. Todos seguiremos haciendo lo que hacemos: cada quien con su trabajo, son sus sueños, con su mundo. Y cuanto más juntos lo hagamos, mejor. Para todos”.

Sabias palabras, siempre  en la boca del cantautores  estuvo la verdad. Mientras escampa, os invito al refugio seguro y cierto de esta república de arena y caracolas que necesita de corazones y manos dispuestas a darse al otro, y a trabajar unidos por un mundo en el que no haya cotos privados. Por cierto, el Yoni ya ha arriado su bandera.

Mª José Vergel Vega

           

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