Vivir quiero conmigo.
Hay un libro que me marcó muchísimo como lectora, que es Diario de un editor con perro del añorado Julián Rodríguez. Las palabras en él contenidas, me llevan directamente a los dominios de la calma y la vida en conexión con la naturaleza y sus criaturas.
Partiendo de este librito, ─yo que soy una andarina con perro─, me he propuesto daros cuenta de mis reflexiones fruto de uno cualquiera de mis paseos. Mis palabras hoy, en esta sección de “Aquellas pequeñas cosas” van a ir encaminadas a hacer un elogio de la vida en contacto con lo campestre, lo rural que nos pacifica y nos rehumaniza. Otra cosa será sentarse a escribir esas reflexiones, porque las petardas de las musas deben de estar con el del Planeta. No se lo reprocho porque dónde va a parar el glamour. En fin, que yo tengo asumido, desde que Julita se marchó con el sandokán rubio del Yoni, a su isla de silencio y caracolas, que las musas me visitan en contadas ocasiones y si lo hacen. Ya digo, unas petardas de tomo y lomo.
Cada vez que salgo al campo, me vienen a la memoria los versos sublimes de Fray Luis de León y su descansada vida al margen del ruido del mundo. Qué descansada vida ─me digo y le digo a Zazú índice en alto─ la de quien no solo ve sino que ha aprendido a mirar, y la de quien no solo oye, sino que sabe escuchar. Mirar y escuchar, dos infinitivos que nos ponen en contacto con todo lo que nos rodea. Una vida plena de miradas y escucha activa. Esa es la vida que merecemos vivir y que el mundo merece que vivamos. Ójala que nos demos cuenta más pronto que tarde.
La naturaleza es escuela para los filósofos de andar por casa como servidora. Una comprueba de manera empírica en el transcurso de un paseo, que los opuestos se tocan y se funden. Le digo a mi buen Zazú, que me mira como si me patinara alguna neurona, que el cielo puede estar perfectamente en la tierra y la tierra por esta regla de tres debería ser imagen del cielo. Me digo, que esa conexión, se logra a través de la magia del agua, en el preciso momento en que Zazú se bebe las nubes como si no hubiera un mañana.
─Ya te bebiste el cielo ─le digo, y seguimos caminando.
A veces, cuando aflora la ternura, me llevo algún haiku desecho en los bolsillos que luego trato de armar. Abracadabra de las palabras.
El agua despierta el olor profundo de los tamujales y las encinas, de la hierba fresca que huele a recuerdos de algún paraíso de infancia. Agua que corre, que se abre paso entre regatos y arroyos: sinfonía transparente del agua. La tierra, gracias a la lluvia, es un manto verde sobre el que se esparce el trinar de los pájaros. Así es enero en el sitio de mi recreo, el mes de la velá del mártir San Sebastián. Enero de tradiciones guardadas a buen recaudo en la cajita del corazón.
Parafraseando a Murakami, ─y ya que nos hemos puesto filosóficas─, es cierto que no podemos evitar sentirnos prisioneros del mundo que habitamos. La naturaleza es liberadora en este sentido. Su mera contemplación consciente nos hace recobrar las ganas de ser y estar en el mundo. Si las tribulaciones del día a día me tientan a claudicar, el contacto con natura me hace reconocerme y saberme necesaria en el engranaje del universo.
Siguiendo con Murakami, en La ciudad y sus muros inciertos, ─cuya lectura recomiendo─, hay un reloj de torre sin manecillas, cuya importante misión es recordar la falta de sentido del tiempo. He aquí la eterna discordia entre Cronos y Kairós, entre el vivir deprisa o degustar los días con lentitud.
Cronos es el tiempo cronológico, el tiempo que puede medirse, el de los relojes , calendarios y otros artilugios al uso. Es el tiempo que nos empuja a transitar la vida como autómatas, que van siempre apurados a todas partes. El contacto con la naturaleza nos ayuda a humanizar el cronos a través del kairós: tiempo realmente vivido y disfrutado, el ritmo pausado de los ciclos de la naturaleza, el darte tiempo para vivir cada momento degustando el aquí y el ahora.
Como Fray Luis, “vivir quiero conmigo”, disfrutar conscientemente de lo mucho o poco que me quede por vivir, de las palabras que me queden por escribir con el permiso o no de las musas, de los mares en los que naufragaré con total seguridad, de las funciones de tragedia o comedia que el porvenir me tenga reservadas…
La vida es un viaje en el que nosotros ponemos los pasos. De nosotros depende santificar las huellas para darnos la oportunidad de ser conscientes de lo vivido.
A mí ─le digo a mi buen Zazú─, “despiértenme las aves con su cantar sabroso no aprendido” y que se me haga de día por los caminos de mi pueblo.
Mª José Vergel Vega
Sección «Aquellas pequeñas cosas».


