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Sin noticias del torrejoncillano desaparecido en Portugalete

«A veces pensamos que quisiéramos encontrar ya su cadáver y llorarle»

La última vez que alguien vio a Andrés Fernández Arias, el vecino de Portugalete de 68 años en paradero desconocido desde el pasado sábado 10 de diciembre, fue ese mismo día entre las 13.30 y las 13.45 horas en su modesto taller de reparación de calzado ubicado en Sestao. Un cliente le recuerda allí, detrás del mostrador, con absoluta normalidad. Después, la nada. Nadie le vio bajar la persiana, ni montarse en su ‘Renault 21‘ de color gris oscuro, también desaparecido con él. No hay testigos de algún suceso anormal que pueda explicar la repentina ausencia de un abuelo ejemplar, sin deudas ni enemigos, que llevaba una vida absolutamente normal y feliz.

La desolación se ha instalado en la vida de sus dos hijos, Marian y Ander, de sus cuatro nietos, y de su mujer, María Ángeles Moreno, desde que aquel sábado, contra toda costumbre, Andrés no volviera a su casa, en el barrio portugalujo de Abatxolo, para comer, y las horas fueran cayendo sin ninguna noticia suya. En su despacho de asesor fiscal de Bilbao, Unai Olabarrieta, su yerno, que ejerce de portavoz de la familia, repasa los acontecimientos de aquel día. «Es verdad que no solía llevar el coche al trabajo, porque vive muy cerca, pero aquel día quería transportar unas sillas y hamacas para la cena de Navidad, y tenía que comprar regalos», desgrana.

Un vecino, efectivamente, le ve aquella mañana cargando varias hamacas en el capó, y después la jornada transcurre con normalidad. Varios clientes le sitúan en su taller durante toda la mañana hasta las dos menos cuarto, cuando el último se despide de él. El local queda perfectamente cerrado, sin señales de robo o forcejeo en su interior. En su cercana plaza de aparcamiento para minusválido -padecía sordera- tampoco aparecen rastros de cristales rotos o de sangre que hicieran pensar en una situación violenta.

Tras recorrer los hospitales, la familia interpone, 24 horas después, una denuncia ante la Ertzaintza por desaparición. Los agentes de la unidad científica comienzan la investigación con medios electrónicos y entonces dan con el último rastro conocido de Andrés: la señal de su teléfono móvil. Los repetidores detectan que el celular se apagó el mismo día de su desaparición en un área cercana a Kobaron, en Muskiz. En las siguientes horas la Policía autonómica, Protección Civil y varios voluntarios peinan la zona sin encontrar ni rastro de él. «Nos metimos incluso en las cuevas más inverosímiles», recuerda Olabarrieta.

Desde entonces ni una señal de vida. Andrés Fernández llevaba poco dinero en el bolsillo, no tocó los 200 euros en metálico que había en el domicilio para gastos imprevistos, y en sus cuentas tampoco se refleja ningún movimiento desde aquel sábado. Su desaparición, aparentemente, no tiene móvil. La Ertzaintza mantiene todas las hipótesis abiertas: desde una fuga voluntaria a que sufriera un accidente o, finalmente, que alguien lo haya hecho desaparecer. «Es un rompecabezas», aseguran fuentes policiales sobre el caso. ¿Por qué una persona sin deudas ni problemas familiares y ya mayor se iba a marchar de repente dejándose en casa el dinero y su medicación -hace cuatro años sufrió un infarto-? Esa es la pregunta que obsesiona a la familia.

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«Nos ponemos en lo peor»

Su descripción ya está en la base nacional de desaparecidos y los agentes rastrean cámaras de seguridad de gasolineras y establecimientos de todo tipo en busca del ‘Renault 21’ matrícula BI-3779-BS. A lo largo de las noches en blanco y los días pegados al teléfono, sus seres queridos han ido tejiendo una historia sobre lo que pudo suceder aquel fatídico 10 de diciembre. «Si no ha desaparecido de forma voluntaria es porque ha sufrido algún tipo de violencia», lanza su yerno con serenidad. «Puede ser que alguien fuera a robarle y, al ser una persona enferma, le diera otro infarto y se quedara en el sitio. Quizá entonces huyeron con el coche», avanza. Pero en realidad no saben nada y eso es lo que les está minando. «Nos ponemos en lo peor y llegamos a pensar que quisiéramos encontrar su cadáver y llorarle, sólo eso».

Un hombre con la vida hecha, originario del municipio cacereño de Torrejoncillo, donde viven sus dos hermanos, ya mayores, y cuya desaparición nadie se explica. En el barrio de Abatxolo los vecinos viven entre el temor y la confusión. La familia agradece cualquier información sobre su paradero en el teléfono 672 380 833.

Fuente: elcorreo.com

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«Esto es una pesadilla de la que algún día despertaremos»

Unai Olabarrieta no sabe qué les dirá a sus hijos pequeños, Lucas y Nicolás, de 4 y 2 años, cuando un año más se sienten todos a la mesa esta Nochevieja y noten la falta de Andrés Fernández. La pregunta, ‘Aita, ¿dónde está el abuelo?’ es la que más teme este hombre, que incluso ha consultado a varios psicólogos sobre la mejor manera de afrontar el duro trance al que se enfrenta la familia. Sólo Ekhine, su sobrina de 7 años, es consciente de lo que está pasando. Los otros tres nietos, aunque más pequeños, se muestran alterados por una rutina familiar que se ha visto trastocada por completo. Estas están siendo sus navidades más angustiosas.

La celebración en un hotel de Bilbao de una fiesta popular en su pueblo natal, denominada ‘La Encamisá’, sólo tres días antes de la desaparición de Andrés, fue el último momento en que toda la familia estuvo reunida. Su yerno le recuerda alegre durante la noche, hablando de todo hasta casi las cuatro de la madrugada. «Antes de cenar nos dijo a todos que si le tocaba la lotería de Navidad nos iba a dar cinco millones de las antiguas pesetas a cada uno de nosotros, y que con el resto pensaba organizar una fiesta. ¿Cómo una persona que habla con esa ilusión puede tres días después desaparecer de manera voluntaria?», se pregunta el joven. «Todo esto es una pesadilla de la que algún día nos despertaremos», concluye Olabarrieta.

Fuente: elcorreo.com

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