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CARTA ABIERTA A CAMILO JOSÉ CELA

Admirado don Camilo:

Me va a disculpar usted que le interrumpa su eterno descanso, pero no podía pasarme sin escribirle por varias razones. Primero, porque estoy hasta lo que se dice la punta del gorro frigio de escribirle cartas a politiquillos chirles y raboalcaldes. Segundo, porque siempre está bien tomar como correspondiente, corresponsal o destinatario a un clásico. Tercero, porque me da la real gana, y así sobran las dos primeras. Y cuarto porque necesito su consejo de usted, que fue maestro de la lengua, tanto de la buena como de la mala y que ambas manejó con incomparable destreza y habilidad.

Usted, don Camilo, que fue senador por Designación Real en la legislatura constituyente, dejó dos frases que merecerían aparecer en letras de oro en la historia parlamentaria española, o quizá en bronce, cómo las Doce Tablas, grabadas en el frontispicio del Congreso de los Diputados, o del hemicirco, como ya le llaman algunos.

La primera es: “No es lo mismo estar jodido que estar jodiendo”, cosa que es muy necesario recordar a los políticos, que suelen abusar y hacer mangas y capirotes con el gerundio, mientras dejan que el común de los mortales nos tengamos que tragar diariamente, y si no quieres caldo, dos tazas, el participio.

La segunda fue: “Aquí hay mucho tonto”. Y sobre esto es sobre lo que quería hablarle, mi señor don Camilo, porque aquí los tontos siguen bullendo a manta de Dios, que de eso nunca hemos sufrido en España faltas, ayunos ni abstinencias. En este país, si le pones un micrófono delante a un político, lo más normal es que diga alguna tontería más o menos solemne, que a eso ya estamos los celtíberos hechos y acostumbrados. Pero es que hay tonterías que hacen hablar a los muertos, y ahí es donde entra en juego usted, que estoy seguro me ayudará en estas vicisitudes y tesituras en que me encuentro.

Y es que hace unos días no más, escuché a un tal Miguel Ángel Moratinos, ministro de Asuntos Exteriores, toma nísperos, y al que yo llamo Desatinos, desarrollar una conferencia en una exposición titulada “Dioses: modos de empleo” en la que no daba pie con bolo, en la que comparaba a Teresa de Calcuta con el Ayatollah Jomeini, como quien compara a Gandhi con Stalin, a Martin Luther King con Hitler, o a Vicente Ferrer con Mao, unido todo ello a una serie de disertaciones sobre las nuevas “religiones laicas” entre las que destacaba el “culto a Elvis Presley” o sobre cómo las religiones monoteístas han tenido la culpa de todas las guerras del mundo, quizá olvidándose el hombre, que no parece tener muchas luces, y aun las que tiene deben estar fundidas, que los grandes totalitarismos del siglo XX, el nacionalsocialismo y el socialismo marxista, eran ateos, o de que mucho antes de que existieran las religiones monoteístas, allá por la antigüedad clásica, ya había guerras. En fin, don Camilo, una sarta de necedades, sandeces, bobadas y gilirrobleces envueltas en ese lenguaje heraclíteo, oscuro y jeroglífico que utilizan los retroprogres para intentar ocultar que bajo ese manto de palabrería huera, vana, fútil e inane se esconde el más transparente vacío conceptual. Y todo ello con un tonillo de barítono desgalillado, entre solemne y displicente, que no parecía sino que al tío se le estuvieran cayendo de los labios las lecciones teológicas del Padre Vitoria, o las conclusiones cabalísticas de Pico Della Mirandola, o, yo qué sé, los Proverbios del Rey Salomón, la Divina Comedia, o la Recognoverum Proceres.

Ya sabe usted, don Camilo –porque supongo que ahí arriba se sabrá todo— que no soy una persona especialmente religiosa, y que me considero, como decía aquel gran farsante que fue Tierno Galván “agnóstico dentro del escepticismo”, pero me molesta profundamente esa tendencia de los progres de club de golf y Visa Oro a intentar chinchar a todo aquel que tenga una creencia religiosa, a intentar imponer el laicismo obligatorio y a faltar el respeto especialmente a los católicos, porque esa es otra, que la tirria se la tienen principalmente a los católicos, porque para ellos el catolicismo es algo pasado de moda y lo que les mola de verdad es el Islam, la Cienciología o cualquier mamarrachada que suene posmoderna y actual.

Pues eso, don Camilo, que este señor Moratinos es tonto, y he aquí que me embarga la duda metafísica sobre cómo debo denominarlo, porque entre los tontos también hay clases y categorías. La lengua castellana es rica en matices y tipologías de la tontuna, y nadie mejor que usted supo captar la diferencia entre el pinchaúvas y el sansirolé, entre el guillote y el zambombo o entre el marmolillo y el tonto del bote.

Me resisto a utilizar los derivados de tonto como tontaina, tontarra, tontorrón, tontucio o tonteras, porque son expresiones que suenan cariñosas y parecen más propias para utilizarlas en círculos íntimos. Entre estos tontos cercanos y entrañables están también los derivados de bobo, como bobalicón. Podría utilizar los que trasponen a tonto un complemento, como tonto de la chorra, tonto del pijo, tonto del haba, tonto a presión, tonto del culo, tonto del higo, expresiones que yo acostumbro a apocopar, más que nada por salirme de vez en cuando de la prisión del diccionario, y así escribo tontolpijo, tontolaba, tontolculo, etcétera. Sin embargo, todas estas formas han quedado superadas desde que el maestro Antonio Burgos descubrió uno de los hitos más importantes en la historia de la lengua castellana: el tonto con balcones a la calle. Sólo por este hallazgo lingüístico merece pasar don Antonio a los anales de la literatura castellana junto a Cervantes, Larra o usted mismo, pues es imposible decir más en menos palabras.

Hay otras forma de tontuna que se han visto borradas de la faz de los libros por la dictadura de lo políticamente correcto, como subnormal, anormal, retrasado o mongolo. Aquellas que tienen connotaciones animales tampoco me apetece usarlas, porque en este siglo XXI los ecologistas coñazo mandan un huevo, y supongo que les parecería un atentado al honor de los animales el que llamara a este señor mochuelo, borrico, asnejón, cernícalo, avechucho, mula parda, acémila, cuadrúpedo, besugo, merluzo, macaco, atortolado, ganso, gasterópodo, cefalópodo, hominicaco, cabeza de chorlito, o de mosquito, o que le diga que es de la calidad del tordo, la cabeza pequeña y el culo gordo, que se ve que todo lo que come se le va hacia el antifonario y no le queda nada en el caletre. Por el mismo motivo, me abstengo de utilizar las que tienen un componente vegetal, como zoquete, membrillo, melocotón, melón, calabaza, alcornoque, berzotas, sandio o cebollino.

Después vienen los derivados del calé gilí, desde el clásico gilipollas al giligaitas, gilipífanos, gilipichis, gilimursi o giliflautas, que no elijo porque están demasiado manidos y sobados. Otros no me gustan porque me parecen una falta de respeto hacia determinados gremios. Así el destripaterrones o el soplagaitas.

Me parece oportuno descartar ignorante, ignaro o lerdo, porque es conveniente distinguir entre necedad e ignorancia. Ya dijo Aristófanes hace casi veinticinco siglos que “la ignorancia se cura con la instrucción, pero la necedad perdura para siempre”.

Está el tonto rural o bucólico, como esos que se encontró usted en su viaje a la Alcarria, lamiéndose las descalabraduras y comiendo albaricoques. En esta categoría encuadraría al paleto, al pardillo, al cateto, al zopenco, al cenutrio, al ceporro, al morral, al pelele, al zampabodigos, al palurdo o al cazurro. También el tonto de natural tímido y apocado: pazguato, pusilánime, culitierno, mindundi, papanatas, pedorro, cagandando, meapilas o mingatierna. El tonto bondadoso y confiado: cándido, inocente, desavisado, alma de cántaro, ingenuo, lelo o alelado. Tontos señoriales y con ínfulas son el petimetre, el lechuguino, el boquirrubio, el churubito y el míramelindo. Quizá en esta última tuviera sitio el tal Moratinos, pero tengo mis dudas.

Por otra parte, me resisto a utilizar vocablos en desuso, como adufe, bausán o bausano, maxmordón, tolete, farabute, bambarrión, tolondro, maula, calandrajo, chuchumeco, zurriburri, otario o mindango, porque este tipejo parece poco versado en el María Moliner o en el Tesoro de Covarrubias. Más bien se le ve torpón, desaplicado y hermético de mollera, y temo que se quede in albis y a la luna de Valencia, pues parece que con él hay que empezar por explicarle que la redondita es la o y la del puntito es la i.

Por el camino me he dejado tiracantos, badulaque, papatoste, rascatripas, zangandongo, cascaciruelas, mameluco, mendrugo, lila, tarugo, cantamañanas, simple, memo, zote, guanaco, obtuso, candelejón, majagranzas, tuturuto, cacaseno, correlindes, gaznápiro, bolo, badajo, afeite, panoli, adobo, pelahuevos, majadero, bodoque, parapoco, mamacallos… en fin, a qué seguir. Esto parece más labor de entomólogo que de juntaletras y un servidor no cree estar lo suficientemente versado en lingüística como para encontrar el adjetivo adecuado a este sujeto. Es por esto que espero su contestación, don Camilo, y aun temo que con toda su ciencia y erudición no me quedará más que decirle al señor ministro aquello de “aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo”. A sus pies me pongo, pues, esperando sus balsámicas consejas. Dicen que aquí el más tonto hace relojes. Pero a mí me parece que eso es Suiza.

JONÁS F. LEÓN

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