CARTA ABIERTA A JUAN JOSÉ IBARRECHE

Señor presidente de las Vascongadas:

Parece ser que usted no escarmienta. Es usted como uno de esos boxeadores sonados que van de acá para allá con la ceja partida, la nariz como una alquitara tumefacta y ladeada, escupiendo dientes, sangrando por la boca, y aún quiere lanzar puñetazos que no tocan al adversario. Aquí tiene que intervenir un árbitro y declararle a usted k.o. técnico. Resulta admirable su capacidad para encajar sopapos, soplamocos, tantarantanes y pasagonzalos, su empecinamiento heroico y su resistencia a derrumbarse sobre la lona. Y aún así, cuando ya está usted hecho un eccehomo, y no le queda más remedio que caer, se pasa una temporadita en la enfermería, se repone un poco, sorbe algún reconstituyente y se sube de nuevo al ring para volver a las andadas, seguir erre que erre y vuelta la burra al trigo.

Mire usted, don Juan José, eso que usted llama consulta popular al pueblo vasco no es más que una chiquillada para llamar la atención. Estaba el Pesoe negociando con la Eta sobre la sangre, la paz, la vida, la libertad, la dignidad, que son cosas que no pueden ser negociadas con asesinos, y usted, que veía como se quedaba en fuera de juego entre los socialistas y los batasunos, no sabía muy bien cómo evitar el ofsaid y andaba sin saber a qué árbol arrimarse y como si fuera una niña zangolotina: “Mamá, que me toca Roque.” “Roque, tócame.”, y la solución que ha encontrado, al romperse la tregua, es envolverse en la icurriña, tocar a rebato y desenterrar su plan secesionista.

Dice usted que el pueblo vasco tiene derecho a un proceso democrático para solucionar su conflicto con España. La primera falsedad es lo del proceso democrático, porque la democracia en las provincias vascas está todavía, treinta años después de la Constitución, por estrenar. Democracia tienen ustedes, los nacionalistas, que se creen legitimados para extorsionar, exiliar o aniquilar al disidente, al contrario o al que no quiere comulgar con sus ruedas de molino. Hay trescientos mil vascos, don Juan José, trescientos mil, que han tenido que renunciar a su tierra para no renunciar a su libertad y aun a su vida, hay otros miles que tienen que renunciar a una vida normal por pensar distinto que usted, por sentirse español y vasco, o vasco y español, que tanto da, mientras ustedes, como decía el padre Arzallus, recogen las nueces del árbol que la Eta menea. O sea, señor Ibarreche, que antes de hablar de democracia tiene que echar usted, no ya la primera papilla, sino hasta la leche que mamó.

La segunda mentira es la del conflicto entre el País Vasco y España. Ese conflicto se lo inventan ustedes para poder seguir sobreviviendo, porque comen de alimentar esa hoguera y saben perfectamente que el día que la gente deje de tragarse lo del conflicto entre las Vascongadas y España no existiría ninguna necesidad de un Partido Nacionalista Vasco y a ustedes se les acabaría la teta. El País Vasco, señor Ibarreche, es la región con mayor autogobierno del mundo civilizado. Ni los cantones suizos, ni los landers alemanes, ni los estados norteamericanos tienen las competencias y las cuotas de gobierno que tienen ustedes. Aquí nunca se arrasaron a sangre y fuego los fueros locales, como en otros países. En ningún lugar se ha respetado tanto la cultura y la lengua local como en el País Vasco, así que váyale a otro perro con ese hueso, porque ya quisieran los flamencos, los corsos, o los escoceses tener semejante cuartelillo. El único conflicto que allí existe es el de la banda de asesinos a la que ustedes protegen y subvencionan. Pero ese conflicto no se arregla con una consulta popular, sino con un sheriff, una ley que se cumpla y un juez. Lo que pasa es que los sheriffs del País Vasco, que por desgracia son usted y sus acólitos, están en el saloon, bebiendo güisqui, jugando al póquer y con Dolly esperando en la habitación de arriba.

La tercera mentira es lo del pueblo vasco, porque eso que usted llama “pueblo vasco”, don Juan José, ni existe ni ha existido nunca. Es sólo un ente que ustedes se han inventado para sembrar la mentira y el rencor en la población. Permítame que le proporcione unos datos históricos.
Cuando, durante la invasión islámica, el reino de Navarra se convirtió en una entidad política, sus monarcas nunca se definieron como “reyes vascos”, como pretenden usted y sus palmeros, sino que hablaban de sí como “rey de las Españas”. Ése es el título que aparece en el acta de traslación del cadáver del rey Sancho III de Navarra en el año 1030, o sea, hace casi mil años, y así era porque la meta de los reyes de Navarra nunca fue construir un Estado vasco, sino reconquistar España junto a los demás reinos peninsulares. Por ello emparentaron con aragoneses, leoneses, castellanos y asturianos. Fue un rey vascón de Navarra el que, en el Decreto de Restauración de la catedral de Pamplona se refería a “nuestra patria, España”, hace – repito—casi un milenio. Al contrario de lo que ustedes dicen, señor Ibarreche, fueron estos mismos reyes los que comenzaron a utilizar lenguas romances y dejar que el vascuence se fuera perdiendo en zonas rurales. Y eso no lo digo yo, lo dice alguien tan nacionalista como fray Bernardino de Estella, que se lamenta de que los reyes “euskaldunes” “se dieron mucha prisa en adoptar la lengua castellana para redactar sus documentos, adelantándose unos sesenta años a los mismos reyes de Castilla.”

La historia de las tres provincias vascongadas, por su parte, ha estado siempre ligada a la de Castilla. Guipúzcoa se unió a Castilla en el siglo XI por solicitud voluntaria de su Junta General. Durante los siguientes siglos, la documentación denomina a los naturales de Guipúzcoa “castellanos”. El apego de Guipúzcoa a Castilla era tan estrecho, que en 1468 su Junta General hizo jurar al rey Enrique IV “que jamás enajenaría de su Corona las villas, los pueblos, etc., ni Guipúzcoa entera”, ni aún con dispensa papal.

Álava solicitó también su incorporación a Castilla en 1200, exigiendo los alaveses del rey castellano un juramento parecido al anterior. Vizcaya, a la sazón convertida en señorío, pasó a formar parte de la Corona de Castilla, también voluntariamente, en el 1179. Los vizcaínos conservaron sus instituciones, pero bajo la supervisión del rey y una instancia superior castellana, libremente aceptada por ellos.

Durante toda la Edad Media y Moderna, el panorama no se alteró en absoluto. En la guerra de la independencia, la identificación de los vascos con España era tan absoluta que los diputados vascos en las Cortes de Cádiz no opusieron resistencia a una Constitución que significaba el final de sus fueros. Fue el diputado vizcaíno Yandiola el que diría “no son los fueros, no es el provincialismo, sino la felicidad de la nación española, la que dirige a los diputados de Vizcaya”.

Posteriormente, las guerras carlistas dividieron a los vascos, pero no entre españolistas e independentistas, sino entre absolutistas (carlistas) y liberales. Cuando el pretendiente carlista, don Carlos, llegó a Elizondo, redactó junto al general Zumalacárregui un manifiesto que comenzaba: “Españoles: mostraos dóciles a la voz de la razón y de la justicia. Economicemos la sangre española.”

Foralistas vascos, como Fidel de Sagarminaga, afirmaban que defendían los fueros “sin perjuicio de las altas y mayores facultades del Estado puesto que de una sola nación se trata” ya que “el derecho de los vascos consiste en continuar nuestra historia y tradición, no en provecho solamente propio, sino en provecho común de la nación española. Los vascongados no han sido nunca otra cosa que españoles”. Por su parte Liborio de Ramery y Zuazarregui afirmaría que el peligro para los fueros vascos no venía “de la noble Castilla ni la magnánima nación española, sino del liberalismo destructor”.

En realidad, señor Ibarreche, hubo que esperar a que el fundador de su partido, un racista de campanario, un semianalfabeto de sacristía, empezara a escribir sus textos xenófobos, antihistóricos y fanáticos para que la identificación entre los vascos y España se cuestionara. Él fue el que inventó una Euzkadi que no había existido nunca. No es de extrañar que de Sabino Arana dijera don Miguel de Unamuno – otro vasco, don Juan José—que no era más que un “trastornado”.

Sin embargo, las ideas de ese trastornado han fraguado en ustedes, y gracias a su labor de adoctrinamiento en las ikastolas, en gran parte de la población, pero no por eso dejan de ser falsas. Los vascos se han considerado los más españoles entre todos los españoles durante más de mil años, por mucho que a usted le pese.

Si usted quiere hacer una consulta popular sobre el derecho a la autodeterminación de los vascos, ésta no debe hacerse sólo entre el pueblo vasco, porque las Vascongadas no son una propiedad privada de los que allí habitan, sino que son patrimonio de todos los españoles. Si hay que votar si queremos enajenar una parte de nuestro país, todos los españoles tenemos el mismo derecho a decidir. La Constitución, señor Ibarreche, sólo habla de la “soberanía del pueblo español”. Ya sé que a usted la Constitución no le gusta, pero es lo que hay, y esa democracia con la que usted tanto se llena la boca, se comienza a construir con el sometimiento de todos a la ley, tanto si nos gusta como si no.

España, don Juan José, es un país donde la mayoría de la gente sólo aspira a trabajar honradamente y a vivir en paz, y no hay derecho a que una panda de correlindes como usted, hábiles en manipular la Historia gracias a la ignorancia de unos y la manga ancha de otros, estén dispuestos a cepillárselo todo. Un país de caínes hijoputas que se han matado entre sí a menudo por una idea, una utopía o una doctrina sembrada por embaucadores como usted. Un país hecho, como todos los países, a base de distintas culturas, regiones y pueblos. Un país que por primera vez en su historia vive en algo parecido a la democracia. Y es intolerable que todo esto se desvirtúe porque una piara de sopladores de vidrio como usted estén dispuestos a cargárselo todo por arrebañar unos votos o asegurarse una legislatura. Así que ponga la lanza en el astillero, envaine la espada, cuelgue la adarga, descíñase el yelmo y la armadura, deje en el establo a su rocín y dedíquese a descansar, que es la labor propia de los políticos, y a leer algún libro, aunque sea de los que hubiesen quemado el cura y maese Nicolás en su donoso y grande escrutinio. Por aquí no quedan más entuertos que desfacer, gigantes que matar ni princesas que socorrer. La pobre Dulcinea no anda muy lozana, pero tampoco es cuestión de curarla con la receta del rey Salomón, cortándola en trozos. Hale, hijo, y pelillos a la mar. Me escribe usted cien veces en la pizarra “España empieza en Irún y termina en Algeciras” y aquí paz y después gloria.

JONÁS F. LEÓN

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