Historia de Torrejoncillo

Prehistoria

Los primeros asentamientos humanos del término municipal de Torrejoncillo datan del siglo III a.d.C.. En 1993 fueron descubiertas en la finca del Encinejo 7 pequeñas figuras de bronce: cinco cabritillas, una cabeza de cabritilla y un jinete), así como unos exvotos vetones que posiblemente estaban dedicados a Ataecina, diosa de la noche cuyo culto, al parecer, estaba bastante extendido por esta zona en aquella época.

Época romana

Torrejoncillo se situaba cerca de la Vía Dalmática, y se han encontrado diversos restos romanas como canterías labradas, columnas, capiteles, monedas, ladrillos, tégulas y restos de mosaicos.

Época Árabe y Reconquista

Durante la dominación árabe se formaron cerca de Torrejoncillo asentamientos en alquerías de chozas o bujíos de cabreros y vaqueros. Las alquerías terminaron agrupándose en el Val de la Jamarga en torno a un pequeño torreón, que daría nombre al pueblo, Torreoncillo.

…Es tradición antigua en el lugar de Torrejoncillo, y aún consta en los papeles que están en su archivo, jurisdicción de la ciudad de Coria, cuya aldea es, que dicho lugar de Torrejoncillo lo comenzaron a fundar unos pastores que comúnmente llaman acá en Extremadura “serranos”, y que éstos bajaron de las tierras de Zamora y, a imitación de la torre donde daba voces el perro contra los perros judíos, los dichos pastores o serranos un cuarto de legua del lugar de Torrejoncillo, camino de Holguera, edificaron una torre o torreoncillo del que aún hay vestigios y cimientos, y llamaron a aquel sitio el Valle de Torrejón. De ahí se mudaron después al sitio que ahora tiene dicho lugar por ser más enjuto y sano, de donde le vino a quedar el nombre de Torrejoncillo…

Fray Francisco de Torrejoncillo en su libro “Centinela contra judíos” de 1674

Todavía se pueden ver actualmente las ruinas de un torreón parecido junto a la antigua vía romana, dado que estas construcciones se usaron mucho durante la Reconquista como torreón defensivo, refugio o vigilancia ante posibles ataques, avances o retrocesos, habituales en la zona que hay entre los ríos Alagón y Tajo.

Desde la Cruz de Lata, el nuevo emplazamiento, la población comenzó a extenderse hacia abajo para adaptarse a las necesidades ganaderas, dando lugar a un conjunto de calles estrechas y entrecruzadas propias de una estructura árabe que aún se conserva. Hasta 1227, cuando se promulgó el Fuero de Coria y había terminado casi la repoblación, no se podía hablar de Torrejoncillo como lugar, que quedó ligado a dos instituciones: la Diócesis y la Comunidad de la Villa y Tierra de Coria.

Como apenas son citados los lugares en esta comunidad, existe un gran vacío de datos históricos hasta que aparecieron los Archivos Parroquiales a mediados del siglo XVI. Pese a ello se puede deducir que Torrejoncillo no tenía los privilegios concedidos a villas y lugares vecinos al considerársele un pueblo árabe lejos de las manos de Dios. Sin embargo, debió producirse un considerable aumento de la población al necesitarse habilitar como iglesia una pequeña ermita, la que hoy es la ermita de san Sebastián, y construir luego otra más al Sur, la de san Andrés. La tradición cuenta que el ejército de la Beltraneja, que se encontraba acampado en esta zona, se vio forzado a abandonarla, dejando tras de sí una gran cantidad de ovejas cuya lana dio origen a la industria de paños torrejoncillana.

Edad Moderna

Las Relaciones Topográficas de Felipe II reflejan que Torrejoncillo conoció en el siglo XVI un gran resurgimiento económico y demográfico. Se construyeron otras dos ermitas, las de San Albín y San Pedro, y se proyectó la construcción, bajo la dirección de Pedro de Ibarra, de una nueva iglesia parroquial sobre la ya existente al sur, que no finalizaría hasta siglo y medio después. La población aumentó aún más en el siglo XVII, a pesar de las epidemias. Al finalizar el siglo, según el Catastro del Marqués de la Ensenada, se llegó a los 3068 habitantes, probablemente debido a que comenzó una actividad textil que convirtió a Torrejoncillo en el mayor centro económico de la comarca.

La industria pañera trajo prosperidad al pueblo durante siglo y medio. El sistema de fabricación se basaba en pequeñas empresas familiares, que complementaban su labor con la agrícola. La lana tenía un complicado proceso de fabricación en cuyo proceso intervenía en algunas fases el aceite, que salpicaba a los trabajadores, lo que hizo que a los torrejoncillanos se les llamase pringones. En esta industria se obtenían paños bastos pero de gran rendimiento. Los paños los comercializaban los sacadores o pañeros que se desplazaban por Extremadura, así como por grandes ferias de otras regiones como la de Medina del Campo, donde hacían la competencia a los pañeros de Cataluña, o a la de Zafra donde entraban en competencia con los de Sevilla.

Ni la guerra de Sucesión, en la que el pueblo apoyó a Felipe V aportando más hombres que los demás de la comarca al tercio de la Jamarga, ni otras causas negativas como el gran invierno europeo, las plagas o las sequías impidieron que Torrejoncillo siguiese creciendo durante el siglo XVIII. Según el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura de 1791, el pueblo tenía “Casa-Ayuntamiento, Cárcel, Pósito y Alhóndiga, escuela conjunta, una más que regular iglesia, cinco ermitas, diez cofradías, once dehesas privadas y una boyal, tres molinos de aceite, buenas cosechas de trigo, centeno, garbanzos, aceite y vino” y unos 4000 habitantes. En total había 911 familias, de las cuales 600 trabajaban en la lana.

Siglo XIX

Al comenzar el siglo XIX apareció una epidemia de tifus que provocó más de 300 muertes. Además, el pueblo fue invadido por las tropas napoleónicas, que al principio ocuparon el pueblo sin gran violencia pero, al ser atacado su destacamento por la partida del caracol, reaccionaron con furia y el 4 de Septiembre de 1809 entraron de nuevo y quemaron tres cuartas partes del lugar, provocando que gran parte de la población huyera a Garrovillas de Alconétar hasta que Arthur Wellesley, I duque de Wellington liberó el pueblo.

En 1812, gracias a la Constitución de Cádiz, Torrejoncillo tuvo su primer alcalde constitucional, independiente de Coria. El alcalde fue José Fernández Ballesteros, quien se encargó de reconstruir el pueblo, haciendo que recuperase su anterior auge gracias a la industria textil y a la del cuero. Todo ello ocurrió en un clima de intranquilidad social porque los carlistas intentaron penetrar varias veces entrar en el pueblo, consiguiéndolo una vez, cuando mataron a dos liberales.

Con el decreto desamortizador de Mendizábal y la disolución de la Comunidad de la Tierra de Coria, Torrejoncillo, gracias a su gran número de habitantes, salió muy favorecido en el reparto, obteniendo además terrenos en términos cercanos. No fue tan favorable la ley desamortizadora de Madoz de 1855, que obligó a los municipios a vender sus bienes propios y comunes supuestamente para crear un gran número de propietarios. Sin embargo, se consiguió todo lo contrario ya que los terrenos fueron rematados por los ya terratenientes que tenían dinero para la compra y no por la clase humilde, que antes disponía de los terrenos comunes y desde entonces se vio obligada a estar bajo los nuevos propietarios. De todas las grandes extensiones que poseía el municipio en 1837, solo quedó la dehesa boyal, y eso provocó el inicio de profundos problemas sociales.

Además, la industria pañera entró en una grave crisis, que conduciría lentamente a una segura desaparición. Fueron muchos los factores que contribuyeron a ello: la falta de innovación técnica, en contraste con los nuevos medios ya utilizados desde mucho tiempo atrás en otras zonas, la escasa inversión por parte de quienes podían realizarla, la falta de materia prima por carecer de ganado lanar fijo en el término por ser arrendados por los nuevos dueños los pastos a ganaderos trashumantes, la evidente carencia de vías de comunicación que facilitaran la salida del producto, los enfrentamientos entre los patronos, agrupados en El Centro Industrial, y los obreros, reunidos en las nuevas Sociedades nacidas a finales del XIX: La Protectora, de tejedores; la Neutral, de hiladores y cardadores; La Decisiva, de agricultores; El Trabajo, de albañiles; El Porvenir, de obreros del campo… Más adelante, ya bien iniciado el siglo XX, aparecerían La Productora, La Lealtad, La Unión, La Regional, Unión y Trabajo y otras.

De aquella floreciente industria textil quedaron edificaciones, máquinas viejas, herramientas en desuso… y numerosos obreros sin trabajo que vinieron a añadirse a los que se encontraban en las mismas circunstancias sufriendo las consecuencias de la desamortización de los bienes comunes. Fueron muchos los torrejoncillanos que no tuvieron otra salida que abandonar su tierra, emprender un largo y triste camino cruzando los mares y buscar una nueva vida en la nación argentina. Fue la llamada “emigración a los Buenos Aires” que en este lugar provocó un descenso de la población de mil habitantes en apenas treinta años.

Siglo XX

Torrejoncillo había comenzado el siglo XX en un clima cultural más que destacable. Fueron años de destacadas personalidades en la cultura como el médico, poeta y autor de dramas y zarzuelas Jenaro Ramos, el sacerdote y abogado Saturnino Serrano, los músicos Rafael Gimeno y José Murguía, el sacerdote y escritor Santiago Gaspar y muchos entusiastas de las letras, las ciencias y las artes que se agruparon en torno al recién creado Círculo del Fomento.

Mientras avanzaba el nuevo siglo, la tensión social aumentaba. Como otros pueblos, Torrejoncillo no fue ajeno a las protestas populares, motines, conflictos, ocupaciones de tierras y huelgas, destacando entre estas últimas la protagonizada en junio de 1915 por la Sociedad de Obreros del Campo La Regional. Dicha huelga fue motivada porque no se le daba trabajo a braceros locales en paro y se contrataba a forasteros para las labores de siega.

Tras la guerra civil y los años de penuria y hambre de la Postguerra, Torrejoncillo resurgió de la desgracia, gracias a la industria del cuero, importante desde el siglo anterior. Fueron numerosos los talleres de zapatería en la localidad y muchos los empleados en este oficio en los años 1940 y los años 50. El calzado elaborado en esta localidad gozó de gran prestigio, y sus zapateros, como antes los pañeros, se extendieron por buena parte del país y se exhibieron en las mejores ferias. La historia se repitió y fueron también casi idénticas a las de los paños las causas del fin de la industria del calzado. Y de nuevo la emigración, ahora al País Vasco, Cataluña o a países centroeuropeos. Como consecuencia, los 5514 habitantes de 1950 fueron disminuyendo en rápida progresión hasta finalizar el milenio con solo 3557 almas, incluyendo la pedanía de Valdencín, poblado creado con aquellos esperanzadores planes de regadío y colonización.

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