Torreoncillo Antonio AlvizPocos, muy pocos hasta la fecha, han sido los que han indagado y se han lanzado a adentrarse en el pasado y narrar la historia de Torrejoncillo. De entre esos escasos abnegados, arriesgados y aventureros analistas ninguno ha olvidado incluir en los principios de su relato a las célebres cabritas del Encinejo. Ni a las cinco cabritas, ni a la cabeza sin cuerpo de otra, ni al jinete o guerrero a caballo, representaciones pequeñas todas ellas, fundidas en bronce y descubiertas de forma casual en los principios de los años treinta del ya pasado y aún cercano siglo XX. Desde este torreoncillo, desde donde pretendemos dejar escapar ráfagas dispersas de temas pretéritos de nuestra localidad, no podemos de ningún modo silenciar la existencia y presencia de ese pequeño tesoro, hoy conservado y a la vista de todos en el Museo Provincial de Cáceres.

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Los estudiosos del tema coinciden en que las simpáticas estatuillas son exvotos prerromanos, ofrendas que nuestros antepasados los vetones hacían a sus dioses. Dicen que el pueblo vetón estaba afincado en una amplia zona comprendida entre el río Duero y un poco al sur del Tajo, en la parte occidental de la península. En esa zona nació Torrejoncillo y, que yo sepa, de ahí no se ha movido. Eran los vetones, según los historiadores romanos, un pueblo eminentemente ganadero pero poseedor a la vez de buena técnica en la talla de la piedra (los verracos y toros de piedra así lo demuestran), en la cerámica y en la fundición de hierro y de bronce. Como sus vecinos, vaceos, carpetanos y otros, eran también gentes guerreras, destacando en esta función sus veloces caballos, predecesores de los hoy renombrados caballos lusitanos. Lo de las cabras, caballo y jinete del Encinejo puede tener ahí, en la ganadería, el bronce y la guerra, su justificación.

En el libro “Torrejoncillo, el arte en su parroquia y ermitas” el profesor García Mogollón afirma que estos exvotos “están realizados toscamente por el sistema de fundición “a la cera perdida”, aunque en alguna (de las cabras) se observen ciertos rasgos ejecutados de forma más realista y detallista, como el pelo o la barba”. El hecho de haber sido encontrados dentro de una olla con monedas romanas hace pensar que el lugar donde aparecieron fuera más bien un asentamiento romano que un castro vetón, pero lo lógico es que no hubieran llegado allí desde muy lejos y, por supuesto, lo de la presencia romana en las tierras del Encín está fuera de toda duda. A ver cuando se inicia una investigación en toda regla.

Todo hace pensar a los historiadores que las ofrendas o exvotos vetones iban dirigidos a la diosa Ataecina, diosa de la noche, diosa protectora de un montón de cosas, salvadora de los infiernos y recolectora por ello de un sinfín de ritos funerarios y de una serie de cultos, a los que precisamente estaba ligada la presencia de la cabra. Otra vez la cabra. Algunos antropólogos, basándose en la posterior cristianización de mitos paganos, han querido ver en Ataecina el precedente de la Virgen María. Ni entro ni salgo. Me parece un exceso de visión, pero… doctores tiene la Iglesia. Lo que sí considero una idea descabellada es la de quien, siguiendo el supuesto paralelismo entre Ataecina y María, ha llegado a escribir que el jinete y el caballo del tesoro del Encinejo podrían ser considerados precursores de la Encamisá.

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Curioso e interesante será siempre cualquier estudio serio sobre nuestras figurillas vetonas, aún dentro de la vasija romana. Yo poco más puedo decir, salvo ampliar lo ya expuesto y arriesgarme a entrar en dominios de la fantasía y la imaginación dando a conocer textos y opiniones poco fiables a mi entender. Lo que sí puedo añadir es la narración de cuándo y cómo fueron encontradas y lo que sucedió tras su hallazgo. Esto ya no son hipótesis ni conjeturas, es pura realidad, o, al menos, así consta en una serie de papeles sueltos incluidos en el legajo nº 259 del Archivo Municipal de Torrejoncillo. Sé que ya fueron publicados algunos fragmentos de ellos en una de las revistas del Telar pero no debo prescindir de relatar los hechos a quienes no estén informados.

Tengo ante mí copia del acta instruida por el Comandante de Puesto de la Guardia Civil de Torrejoncillo de fecha 14 de diciembre de 1932. En ella se refleja que “en los trabajos que se efectúan para la construcción de un camino vecinal de este pueblo a Riolobos se habían encontrado monedas y objetos antiguos”. El acta da cuenta de la visita efectuada por el Comandante de Puesto y un número de ese Cuerpo al capataz de la obra, D. José Bermejo, natural de Cañaveral, y domiciliado en Torrejoncillo en la calle Libertad, quien informa que “…hallándose varios obreros el día veintiséis de noviembre último dedicados a sacar tierra para la construcción de un camino en el sitio conocido por arroyo del Encín, frente al Encinejo, enclavado en el término de Torrejoncillo, se encontró el obrero Heliodoro Testón dos objetos y transcurridos diez u once días se encontraron en el mismo sitio los obreros Pedro Bermejo, Taciano Cabello y Leandro Sánchez otros objetos y algunas monedas…”

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Añade el capataz que había guardado, para entregar a la autoridad, lo recogido en el segundo hallazgo pero que no podía hacer lo mismo con lo del primero porque el obrero que encontró dichos objetos “se los había vendido a su convecino Elías Valle, encuentro este que el dicente ignoraba”. El capataz presenta las cabritas de bronce encontradas, todas con algún defecto físico, la cabeza de otra y “nueve monedas, una de tres centímetros de diámetro con una inscripción que dice “Venus”, y otras ilegibles, con un busto por una cara y en la otra una mujer sentada, y las ocho restantes más pequeñas, con diferentes bustos y leyendas ilegibles, más cinco trozos de metal de dos o tres centímetros”

La pareja de civiles se dirige a continuación a la calle Galán y García Hernández, al domicilio de D. Elías López Valle. Éste manifiesta que “hace diez o doce días le brindó su convecino Heliodoro Testón con dos objetos que dijo se había encontrado y él, entonces, por hacerle un favor, puesto que estaba escaso de dinero, le dio diez pesetas por dichas figuras, más bien en concepto de limosna pues ignora el dicente si tienen valor o no “.

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Sorprende bastante esa “generosidad” y un poco la tardanza de una semana, más o menos, en entregar el capataz a las autoridades lo descubierto. Afortunadamente todo el tesorillo fue recuperado al ser incautado, entregado al Sr. Alcalde y posteriormente remitido al Gobierno Civil de la provincia debidamente custodiado por la Guardia Civil, en prevención de que las cabritas, el jinete y el caballo pudieran escaparse. Ya era difícil que lo hicieran, pero pienso que, sin la intervención de la Benemérita, a punto estuvieron de conseguirlo. Ya se sabe, los caballos, a veces se espantan, y las cabras … siempre tiran al monte.

Antonio Alviz Serrano

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